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jueves, 21 de octubre de 2010

El árbol.

Me vi los zapatos mal lustrados y viejos mientras buscaba mi sombra en el asfalto. Venía avanzando sin fin, tragado por un viaje sórdido, alocado, ensimismado, pero necesario a la vez; iba en busca de los pensamientos que se encuentran en mi parquecito sosegado de Magdalena, de la horrible Magdalena, el distrito más feo de Lima seguramente, pero al que le guardo mayor cariño y nostalgia, extrañamente.

Avanzo cientos de pasos y por fin se me va haciendo nítida la banquita marrón cerca al gran árbol en forma de araña negra. Es mi banca favorita, mi árbol favorito, y no puede ser de otra forma. Sólo allí puedo soñar placenteramente y tener las pesadilla que necesito tener.

Cuando me dejo caer en el asiento de madera helada, un friecillo me recorre el cuerpo. No por lo gélido de mi estoica banquita, sino más bien porque lo primero que veo es aquel árbol imponente y feroz, ese árbol ramificado que está en posición de ataque, en modo defensivo, y por eso yo lo quedo mirando abriendo bien los ojazos cafés, como pretendiendo hacerme respetar.

Poco a poco, casi sigilosamente, casi sin darme cuenta, los poderes maquiavélicos del árbol se van apoderando de mí. Nubes de mil colores me rodean y me anegan, y yo ya no puedo moverme y me quedo petrificado, mientras la gente que pasa por ahí a esas horas, me ve y segurito que piensan que estoy loco loco, loco mal.

Hay algo que tú no sabes, pero que yo sé bien. El árbol y yo. Cuando las ramificaciones de madera de ese ser inescrupuloso me toman de rehén, cuando me asfixian y me hacen cavilar como si hubiera bebido e ingerido brebajes de brujos más espurios que el mismo hecho de que la magia exista, en esos instantes, atrapado y sin salida, abro los ojazos cafés y apareces frente a mí, allí, clarísimo, te veo y te admiro, y tú no me ves, lo sé.

Cuando te veo, noto que no has cambiado ni un ápice, noto que estás igualita que siempre, o mejor dicho, que estás como te dejé, como la última vez que nos vimos, hace más de tres años ya, y revivo con una sonrisa cada detalle de tu dulce y encantador ser, de las flores y del cielo y de las aguas del mar que te crearon al juntarse, regalándole al mundo oscuro un poco de luz perfumada, de luz que huele dulce.

De repente, otra vez frente a ti, me confundo y me vuelvo un tonto evidente y desgraciado, un molde al que embobas porque tienes ese poder y ese privilegio. Lo sabes, creo y quiero creer que lo sabes, aunque nunca te lo haya preguntado: sabes que sin verme aún me embobas, aún me moldeas a tu gusto eternamente maléfico y hermoso.

Cuando las sombras de mi árbol favorito me protegen, tu sombra vuelve a estar junto a la mía, y tú y yo nos volvemos a sentar en un parque desierto, como tantas veces lo hicimos antes de que te marchases. Te sientas junto a mí, y yo, un poco en broma un poco en serio, un poco avergonzado un poco decidido, te cuento que por fin terminé de escribir la novela que habla de nosotros, de lo nuestro –lo que fuese que sea-, de nuestro tiempo juntos aquel verano de hace tantos veranos atrás.

Los grillos cantan al unísono un coro de perplejidad, los vientos retumban contra las hojas de mi árbol villano y soñador y embrujador, la noche es tan oscura que me queda claro; y yo entre tanto pienso en si tú piensas en mí, si pensaste alguna vez en mí, si algún día lo harás. Y me rio porque esa respuesta me es esquiva y cuánto me temo que me será esquiva hasta la tumba.

Levanto la mirada arqueando las cejas y veo nubes rojas, azules, violáceas, nubes coposas que caminan lento, como un carnaval mal herido, que tanto significa pero que tan poco recibe. Lo veo y siento una angustia tremenda, lo veo y deseo con todo mi ser tener un pedacito de cielo, para no volver más a las sombras de este árbol tremebundo, para no tener más que pensarte sin que sepas lo que siento.

viernes, 1 de octubre de 2010

Golpes Bajos.

Caminando en el espeso bosque del Olivar sucedió. Valeria y yo veníamos de unas oficinas, en San Isidro, donde fui a ver cómo van las ventas de mis libros. Vale me esperó y luego me invitó al Mc donald´s, y se portó de las mil maravillas conmigo, hasta que por desgracia cometí la impertinencia de decirle para ir a caminar por el parque El Olivar, y la impertinencia de decirle un par de cosas más estando allí.

Caminamos tomados de la mano por las espesuras del parque, y en eso aparecieron de la nada dos chiquillas, así, todas gringuitas y puteriles, y entonces yo las quedé viendo embobado, reducido por la fruición que me provocaban, y entonces le solté la mano a Valeria (digamos que para proyectar una imagen más disponible a aquellas féminas), y ella vio a las chicas sonriendo, y me vio a mí babeando, y ¡faltaba más!: me metió una gritada brava y bien sazonada argumentando que era yo un pendejo mal.

Yo, obviamente, me hice el desentendido y “no, amor, me picaba la mano, por eso te solté, para rascarme bien, pues” –le dije, y Valeria, ni tonta, no me creyó nada y a cambio puso cara de querer mandarme de ida y sin retorno a la mierda.

Luego, mientras caminábamos ensimismados, cada uno rumiando cóleras, pasaron por los arbustos del Olivar dos ardillas que retozaban con carisma. Yo me las quedé mirando y, enternecido, porque esos animalillos me procuran ternura, les silbé y les hice quecos y entretanto Valeria me lanzó una mirada inflamada, una mirada de que la explosión era inminente.

Valeria me dijo que yo era un idiota, un imbécil, un hijo de puta. Yo le dije que por qué diablos se molesta conmigo sólo por jugar con aquellos roedores. Ella, siempre memoriosa, siempre al tanto de todo, me dijo que no olvidaba que yo tuve una enamorada a la que cariñosamente le decía ardilla. Yo la quedé viendo desorientado y no supe qué decir, sólo la miré y escuché con paciencia, pues entendí que debía escuchar sus diatribas por tan enredada conclusión que asumió.

Valeria, al ver que no le respondía los insultos, trató de ir más allá, trató de ofenderme con cosas más serías. Así que, sin dejar de lanzarme sus peores miradas, me dijo que era yo un vago, un fumón y un misio. Me jodió escucharle dichos adjetivos (quizá no tan distantes de la realidad). Como venganza sólo atiné a decirle: “amen”.

Ella se ofuscó más, se enfureció. Entonces me dijo que era yo un misio, un bueno para nada, un muerto de hambre. Eso fue un poquito mucho, ¿no?, entonces, irritado, le dije que ella era una mantenida de mierda, una hueca, una bruta. Ella sonrió cínicamente, como si le hubiese dicho cosas falsas, y luego arreció sus injurias.

Valeria me dijo que yo siempre seré misio, que no tengo nada de talento para escribir, que mi libro le da pena, que es un remedo de libro, que me moriré de hambre escribiendo libros tan malos. Ella sabía que eso me dolería como nada, lo sabía y lo dijo, y, en efecto, me dolió.

Yo, a sabiendas de que Valeria venía haciendo una estricta dieta hace días, privándose de comer para bajar de peso, le dije que estaba gorda, que había engordado, que la veía más rechoncha y más panzona. Yo sabía que eso le dolería y acerté, en efecto, le dolió, se puso a llorar.

No por estar llorando dejó de arremeter contra mí.

Me dijo que era yo un pezuñento, que me apestaban los pies. Lo dijo recordando un infausto día en que yo llegué a verla después de jugar un partidito de fútbol, y cuando fui a buscarla y me calateé para hacer el amor, expelí un olor asesino y malhadado; aquel día ambos nos reímos del tema, pero ahora ella le daba una vigencia absoluta calificándome como un perpetuo pezuñento.

Entonces me crispé, porque, coño, pezuñento es una palabra muy fuerte, ¿no? Incluso me hizo rememorar a un ex compañero de banda: el indio Roberto, a quien apodábamos indio no sólo por su aspecto físico, sino por las olorosas humaradas verdes e indigestas que perpetraban sus sufridos pies mientras él alegremente tocaba la guitarra.

Entonces yo, vejado, le dije a Valeria que, acá si alguien apestaba esa era su mamá. Así se lo dije: “acá la que apesta, por lo metiche y jodida y malacara, esa es tu vieja”. Ella rompió a llorar con mayores bríos y me dijo que eso era todo, que terminamos, que ya no quería estar conmigo. Yo le dije que así mejor, que se largue y termine sola y amargada como su mamá. Ella enfureció y entonces ¡pum!, me tiró una patada muy cerca a la zona urogenital. Yo me retorcí de dolor y entretanto ella se marchó llorando, cubriéndose el rostro con las manos.

Arrodillado en el piso, mientras las ardillas revoloteaban a mi alrededor, traté de comprender lo denigrantes que pueden resultar los golpes bajos entre dos personas ofuscadas que dicen quererse.

viernes, 11 de junio de 2010

No robarás.

En una tarde cualquiera, Valeria y yo estamos en un opulento restorán de Miraflores. Nos estamos bajando una fuente alucinante de cebiche y arroz con mariscos. Qué chucha que estén caros los platillos del menú, nosotros estamos con plata porque nos venimos de vender un trofeo de bronce que birlé de la casa de mi madre, y que lo vendimos por ahí en un puesto de baratijas, donde nos pagaron un buen billete por el trofeo, casi doscientos dólares.

Valeria y yo arrasamos con la pantagruélica merienda, y luego de pagar la cuenta y dejar propina al mozo tan afable que nos atendió, salimos del restorán y nos disponemos a vagar por el parque Kennedy (o como le gusta decir a Valeria, nos ponemos a remolonear.)

Minutos más tarde, a pesar del frio abrumador que nos apabulla, se me antoja endiabladamente una gaseosa bien helada. Es así que caminamos preguntando en los quioscos diseminados por el Kennedy a ver si venden gaseosa heladita. Buscamos y buscamos pero nada, nadie vende, y es que “con tanto friote nadies vende gaseosa helada ya, joven”, como me dijo uno de los comerciantes.

Irritado, no me resigno a comprar una gaseosa tibiona, no señor, “tengo plata en el bolsillo, no pocos dólares, joder, pago lo que sea por una gaseosa helada.” Así que, al verme obstinado (y es que para las veleidades soy único), Valeria me dice para latear a Wong, “porque allí de hecho venden gaseosas heladas, Marco”, añade. Yo celebro su idea y caminamos con entusiasmo al supermercado.

Una vez dentro, corro a elegir una gaseosa del congelador, me saco una cocacolita helada y luego avanzo hasta la fila de cajas. Allí me doy cuenta de que las colas para pagar están hacinadas de gente, gente que lleva mil cosas, mil productos, carritos llenos que me hacen presagiar que demoraré media hora antes de poder libar mi bebida. Detesto la situación. Me dan ganas de abrir la gaseosa e ir tomando mientras avanza la cola, pero luego declino, mucha cosa. Dejo a Valeria en la cola con la gaseosa y yo me voy a buscar una caja menos hacinada.

Recorro el jodido establecimiento pero nada, todo igual, todo lleno. Regreso al lado de Valeria y veo que ella (más decidida que yo), abrió la gaseosa y tomó un par de sorbos. La miro, me río, y luego le pido la botella y, a la mierda, me arranco a bajarme la gaseosa. En cuestión de segundos dejo seca la botella y luego Valeria, pizpireta, me quita el embase vacío y lo deja por ahí, tirado en un estante. Yo la encomio y celebro la palomillada, y me cago de risa y la tomo del brazo y le digo “vámonos nomás, la culpa la tiene Wong por tener cajeras tan lentas.”

Valeria y yo zafamos del supermercado, y yo incluso, antes de salir, hago una venia militar y me cago de la risa. Y así estamos, zafando harto conchudos y harto ganadores, cuando de pronto: “!Hey, hey, choches, alto allí!” Valeria y yo nos miramos y yo pienso “la cagada, nos descubrieron.” Volteo para ver quién nos llama y atisbo a dos morenos (uno chato y uno alto), con radios en las manos y pinta de pocos amigos. Ellos nos abordan y nos impiden el paso.

“Me muestras tu tiquez de compra, choches”, me dice uno. “El recibo de la gaseosita que han consumido”, replica el otro. “¿Recibo?, ¿gaseosa?, ¿de qué rayos me está hablando?”, digo, con el mayor cinismo que soy capaz. “No te hagas el tercio, pues, flaco, te hemos visto tomar una gaseosa e irte sin pagar”, dice el más chato. “¿qué gaseosa, oye, de qué me estás hablando?”, continua mi falacia. Estamos discutiendo en plena vía pública, no pocos transeúntes se han detenido a ver qué pasa, por qué tanto escándalo; Valeria me mira atónita, paralizada, medrosa. Yo, entre tanto, no estoy dispuesto a quedar como un ladrón, eso nunca.

Los vigilantes continúan insistiéndome que pague, que los acompañe de vuelta al supermercado y que cancele la gaseosa. Yo insisto en que no sé de qué me hablan y los ametrallo con un poco de floro circunspecto. Uno de los vigilantes me dice: “ya, pues, choches, tu creo que eres extranjero, ¿no?, paga, pues, tú debes tener plata.” Y yo le digo que no pagaré algo que no he consumido, pensando en el fondo que siempre es un halago que te digan extranjero siendo peruano.

La cosa se pone fea, hay un mar de gente rodeándonos y ganándose con el roche, y hay tanta gente que yo creo que ahora si las colas para pagar deben estar vacías, porque todos están acá sapeando y haciéndome sentir como un cómico ambulante en plena plaza Grau. El vigilante más alto me dice que si no pago me va a detener. Yo me río en su cara y le digo que ni en sus sueños podría hacerlo. Luego él saca una insignia de no sé qué y me dice: “oficial Esneider Huamán, oficial PNP.” Y yo le digo “bájame el tono, oye, ganapán.”

Luego los espectadores empiezan a gritar arengas, algunos de mi parte, algunos de parte de los oficiales, seguramente sin entender lo que pasa, sin tener noción del problema, pero bueno, con algo hay que distraerse, ¿no? Entonces yo decido ponerle fin al espectáculo y les aviento un par de soles a los sufridos vigilantes de Wong, y, envalentonado, les grito que los voy a demandar, que se acordarán de mí, que mi papá es juez en no sé dónde, y cojudeces por el estilo que siempre amilanan a la lumpen. La gente comenta musitando mis falsas amenazas.

Sujeto de la mano a Valeria, a Valeria que, sí, allí estaba viendo todo y guardando hermético silencio e incapaz de defenderme y con cara de ay, la cague por azuzar a Marco a tomar la gaseosa, ups. Entonces la agarro y zafamos altivos, dejando atrás un carnaval de la gran puta, mientras yo voy pensando que lo peor es que aún tengo sed… ¿por acá una bodega?

jueves, 25 de marzo de 2010

Casí solo mía.

Alejado por mucho tiempo de los rigores de los horarios y las aulas, mi sensibilidad y predisposición a la vagancia se vieron interrumpidas por un impertinente sobresalto: de pronto, sentí una necesidad asfixiante por retomar clases, clases de lo que sea, sentía que quería estar en un salón lleno de gente más o menos tan desorientada como yo, y que buque más o menos lo mismo que yo, o sea, hacer vida social.

Qué mejor cosa para hacer vida social, que las livianas y remolonas aulas de algún instituto, de esos que abundan en nuestro alegórico régimen educativo, porque, déjenme decirles, uno se divierte igual viendo el chavo del ocho, que pasando cinco años en alguna pujante universidad o instituto. Así que no tenía mucho que pensar, me metí a una academia cagona por San Isidro.

Esta vez tuve la ocurrencia de estudiar italiano, Dios mío, yo y mis arranques. Cuando llega el primer día de clases veo que el salón es una ratonera infesta, llena de gente que balbucea el español pero que tiene todas las ganas de aprender italiano; y ya saben, están todas esas cosas que te hacen pensar: “el perú es el deshueve, la gente se pasa de pendeja”.

Cuando me siento un real idiota por haber gastado plata en dicho instituto del saber, cuando las clases me abruman de aburridas que son y dejo de asistir al curso y voy cuando quiero, o cuando no tengo nada mejor que hacer, o cuando quiero hacer hora dándomelas de ficho en un instituto de medio pelo, es en ese momento, en una clase más a la que fui por si las dudas, que la vi a ella, a Catalina, a la gran y linda Catalina.

Catalina es una chica suave, una chica mundana. Tiene el cabello largo, tan largo como me gusta, y castaño, tan castaño como me enloquece. Tiene la piel blanca, caray, si parece blancanieves. Tiene un cuerpo imperdible, una mirada perturbadora, una sonrisa que contagia, unos labios que te incitan, y tantas cosas que me gustan que casi la siento mía.

Obviamente, me arriesgué y le hablé a Catalina. Obviamente me acerqué a ella con una sonrisa ladina y la traté de envolver. Obviamente fui hacia ella con intenciones nada santas. Obviamente eso de pedirle libro fue una excusa baja y barata para hablarle. Obviamente fui una ladilla y le pedí celular y correo. Obviamente la llené de halagos como si solo viviese para ella. Obviamente ella me atrajo tanto que perdí la cabeza y empecé a ir a todas las clases de italiano habidas y por haber.

Catalina me gustó además, porque tenía mil cosas en común conmigo, como el gusto por la música de Jack Johnson, como La Vida es Bella por película favorita, como la alergia a la mediocridad plañidera, como los comentarios lascivos que van y vienen de vez en cuando, como el odio al pestífero humo del cigarro.

En poco tiempo ella y yo nos hicimos de confianza, de una confianza entrañable, urdidora, atípica.

Ese día, varios días después de habernos conocido, Catalina y yo estábamos sentados al fondo de la clase, ella estaba con un vestido rojo, con una vincha roja, con unas sandalias altas… ¡Por Dios, nunca vi algo tan comestible! Así que acelerado y excitado como estaba, mientras la profesora decía parole, ascolta, ragazzo… cosas así, y mientras uno pensaba: baja un poquito la voz que estoy afanando acá, ¿si? En ese momento, le susurré al oído a Catalina y le dije “¿quieres ir a mi casa terminando la clase?”

Ella sonrió pronta y me miró de soslayo y me clavó una mirada larga e inquisidora. Luego se acercó a mí y me dijo que le encantaría pero no puede. Naturalmente, le pregunté por qué, qué se lo impedía. Y ella me contó que a la tarde iba a verse con Mariana. “¿Quién es Mariana?”, le pregunté, como diciendo ¿qué meritos ha hecho ella para que prevalezca sobre mí? Y Catalina me dijo “Mariana es una amiga, una amiga especial”. “¿Especial en qué sentido?”, pregunté raudo. Y ella: Tú sabes, amigas especiales, amigas con privilegios. Y yo pensé ¡wooow!, ¡take it slow!, ¡qué rico!, ¡lo máximo de solo imaginar!, y luego le pregunté: ¿eres o no eres? Y ella me dice “soy lo que soy, me gustan las chicas, y también los chicos”.

Quedé perplejo, atónico, ya me entienden, ¡crispado! Cuando la clase finalizó, la gente se empezó a retirar y se formó un barullo del carajo y yo permanecía en mi asiento, cavilando, pensando mil cosas (mil cosas que incluían a Catalina). Y Catalina se puso de pie y ¡muak!, me metió un chape hermoso y me dijo que la invitación a mi casa quedaba pendiente, que tenía que irse, que algún día debería conocer a su amiga Mariana, que me caería chévere. Y yo sonreí y deje ir a Catalina, pensando que, a veces, la vida puede ser irresistiblemente prometedora.

sábado, 16 de enero de 2010

Soy un imbécil

Estaba caminando por ahí, perdido en una noche bulliciosa y decadente, regresando de ver a mi ex enamorada, ex porque fue mi enamorada hasta esa noche, porque me venía de su casa donde peleamos y yo por fin me animé a decirle que me llegaba al pincho, que era una loca posesiva, y donde ella me dijo que yo era un imbécil, que sólo la quería para tirar y para que me preste plata de vez en cuando, y todas esa cojudeces que siempre te dicen y que, caramba, nunca dejan de ser verdad.

Entonces estoy caminando así, distraído y a la vez perturbado, perturbado porque no tengo plata como para divertirme en este sábado cagón, hasta que doy a parar a una callejuela atiborrada de discotecas de mala muerte, es una calle llena de bulla y de chicos y de chicas y de ganapanes que te tocan el hombro y te dicen “pasa por acá, flaquito, esta discoteca es la mejor, pasa, pasa”, y uno piensa “a tu mamá dile que pase”.

Camino recorriendo cada antro pobretón, cada seudo discoteca, y les voy tirando un vistazo de soslayo, pensando que, después de todo, no me vendría mal meterme a alguna, no sería tan descabellado pasar, chequear hembritas y por ahí, con algo de suerte, levantarme alguna. Y así estoy, cavilando malamente, hasta que, con pasos decididos, me sumerjo en una de las discotecas truculentas y le sonrió al pobre hombre que me hace una reverencia al entrar y me dice “adelante, flaco, adelante, la barra está al fondo”; y yo pienso “si supieras que sólo he venido a fisgonear no serías tan amable, cabrón”.

Entro a la discoteca, doy un pequeño paseo, como escudriñando el lugar, detecto a una que otra chiquilla agraciada, pero son muy pocas la verdad, la mayoría son chicas que, pienso yo, deberían cobrarle un sueldo a las cervecerías, porque para terminar agarrando con ellas uno debe de bajarse, por lo menos, medio jonca de chelas, así que ¡qué mejor estrategia de ventas!, a esas esforzadas muchachas alguien las tiene que remunerar, digo ¿no?

Luego saco a bailar a una chica que me resulta bastante atractiva y felizmente ella acepta encantada y zafamos a la pista de baile para ganarme un poquito con ella mientras nos movemos pegaditos soliviantados por el reggaetón. La chica me dice que se llama Pilar y que ha venido con un grupo de amigas, a celebrar el cumpleaños de una de ellas, y yo noto que Pilar ha estado celebrando desde hace rato porque huele a trago y porque me mira con fruición y se nota a kilómetros que ha tomado.

Después de bailar incansables minutos, Pilar me invita a su mesa, me dice que la acompañe para seguir conversando, que le he caído bien. Entonces vamos hasta donde están sus amigas y Pilar me presenta y yo noto dos cosas al instante: una, que las amigas de Pilar son de inferior belleza a la de ella; y dos, que tienen varias jarras de cerveza en su mesa, así que ¡a chupar gratis!

Efectivamente, me sirven vasos y vasos llenos de cerveza y yo muestro una sonrisa ladeada, mi cara de niño bueno e inofensivo, y les digo “gracias, chicas, se pasan”, y ellas se ríen y Pilar acerca su silla a la mía y nos acaramelamos un montón, nos tomamos de las manos y todo, y para redondear la noche de una buena vez le digo al oído “me gustas”, y ella me mira ladina y me mete un chape que ¡coño, si quieres puedes dejar algo para después, ah!

Cuando la noche ya menguaba, cuando ya todo lucía en muere, una de las amigas de Pilar se nos acerca –porque nosotros estábamos chapando en un rincón de la discoteca-, y le dice que ya se van, que se despida de mí. Entonces yo le susurro a Pilar diciéndole “quédate, deja que se quiten tus amigas”, y ella “pero luego cómo me voy, ellas me van a llevar a mi casa”, y yo “pero aún no quiero que te vayas”, y ella “entonces les digo que se vayan y tú me llevas a mi casa”, y yo “ya, perfecto, bótalas”. Así que Pilar se va a reunir con sus amigas y les dice un par de cosas y luego regresa y me dice que ya está, que se quedará conmigo, y luego me mete otro agarre endiablado.

El problema fue que Pilar supuso que yo la llevaría a su casa, costeando los respectivos pasajes en taxi, mientras que yo pensé que mi función sería la de un acompañante, no la de un auspiciador, así que, enterada de este disenso de ideas, Pilar se molestó conmigo y me dijo que yo era un imbécil, que ahora no tenía como irse a su casa, a lo que yo respondí “tomamos un taxi y lo pagas en tu casa, pues”. Pero a ella no pareció gustarle mi idea, o que mi compañía esté incluida en ella, así que zafó de la discoteca y me dejó ahí, sentado, pasmado, obnubilado, dándole vueltas a la palabra “imbécil”, que había recaído sobre mí varias veces esa noche.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La búsqueda de la tranquilidad

Cuando llegué hace un par de días, lo hice con temor y dudas, temor porque a un diagnosticado de ansiedad generalizada todo le causa miedo, y con dudas porque yo siempre dudo y porque esa playa era casi un desierto en medio de una provincia silente, un lugar alejado y con menos gente de la que veía en el ostracismo de el bunker en San Borja, del encierro que me causó el mal, de la soledad que me enfermó.

La playa es preciosa y la casa donde estoy queda a unos pasos de la orilla. Duermo escuchando el mar y me levanto aún oyéndolo, aún sintiéndolo, aún susurrándome una calma que pensé no existía más. A propósito del mar, este mar es de aguas impecables, diáfano, de una pulcritud extraña para ser una playa peruana (tipo esas playas sufridas de la Costa Verde, donde hay más basura que gente y donde la gente prácticamente nada en basura, pero bueno, playa es playa y como no hay plata para ir al sur bajemos a la pujante Costa Verde, aunque sea un nido de ratas).

En la casa (que está cerca al mar y a la que me gusta llamar La Jato de la Beach) tengo de todo, tengo una laptop donde puedo escribir y tengo una guitarra con la que puedo tocar, fuera de el resto de cosas, esas dos significan todo para mí: la vida es bella si puedo escribir y tocar. Además, tengo el mar como una sombra bienhechora que me secunda en mis quehaceres amados, lo cual le da a todo un cariz inspirador, tú me entiendes, las ideas fluyen sin rémoras, salen pías, sin las contaminaciones de una vida premurosa.

Entrada la tarde, cojo la guitarra y camino unos pasos cerca al mar, luego me arrellano en la arena y me arranco a tocar y tocar por horas, cerrando los ojos, escuchando que todo fluye, sintiéndome brioso, sintiendo las olas formarse y estallar, sintiendo las gaviotas pululando, sintiendo la guitarra recordando mis canciones, sintiendo que puedo estar fuera de Lima, sintiendo que puedo vivir aquí sin ningún problema, y todo es una experiencia que jamás pensé vivir y que le da sentido a mi existir, es como que el destino urdió las cosas que me pasaron para terminar aquí.

En los conciertos diarios que le ofrezco al mar, me es imposible no interpretar una canción que escribí tiempo atrás y a la que acertadamente titulé Adusto Mohín, la cual habla de los sueños que se nos van, de las ilusiones que se nos desmoronan, es como cantarle a la melancolía, la melancolía de lo que quedó en el hubiera. Entonces todo es un desfogue insigne y liberador, y cuando la canción termina las melodías se van y se llevan mis penas y luego todo está bien, extrañamente bien.

En las noches el cielo es oscuro y estrellado en la playa, el mar sigue cantando para mí y sólo para mí, lo puedo escuchar desde la alcoba, lo escucho con claridad mientras escribo como un orate una novela más, una novela que me sale del alma porque no me interesa publicarla, no me preocupa si alguien la lee o si alguna editorial se fija en ella, sólo me preocupa que refleje lo que quiero contar, lo que quiero decir, por eso me encanta, por eso será mejor que las dos anteriores.

Las cosas aquí son inmejorables, me encantan, no las quiero cambiar. Por eso recomiendo redobladamente la búsqueda de la tranquilidad, sea donde sea, siempre habrá algún rincón destinado para esa noble tarea, la de procurarnos solaz. No te aflijas por no ser famoso, eso nunca trae nada bueno. No pierdas tu tiempo formando una mal llamada banda de rock, tú sabes que esa empresa no pasara de tocar para tus amiguitos, de vender entradas para que te vean tocar, de creerte músico porque tocas en los pujantes pubs de nuestra Lima querida. No te frustres tratando de vender libros y de ser el siguiente Gabo, no te castigues así, no escribas para la fortuna, el truco es escribir sobre lo que la fortuna te propinó alguna vez. Por eso tómalo con calma, anda tranquilo nomás, experimenta hacer música de tu vida para la vida, trata de escribir lo que te plazca sin medirte, sin censurarte, y haz esas cosas que te gustan por ti y para ti que no hay nada mejor que eso.

martes, 10 de noviembre de 2009

Visita al psiquiatra.

Cuando me arrastraba cual reptil herido por los suelos del depa, supe que debía aceptar que necesitaba ayuda, que no era normal verme reducido a escombros tan a menudo, tan seguido y de manera gratuita; porque sin chupar o drogarme, me sentía como si lo hubiera hecho y en exceso, entonces fue por eso que le hice caso a papá y a Valeria y a la psicóloga que me atendió la última vez: debía visitar al psiquiatra.

Como soy un esquilmado convicto y confeso, tuve que dejar que Valeria me preste dinero para costear una consulta en una clínica; ella me llevó a un nosocomio decente y sacó una cita para la tarde y pagó una escandalosa suma de dinero por esa empresa, y la pagó billete tras billete, en one, sin reparos ni tacañerías, la pagó porque me quiere y por ayudarme, y la pagó a pesar de que, yo sé, ella sabe que quizá nunca yo le pague a ella.

En la sala de espera había mucha gente, muchos pacientes esperando impacientes por ser atendidos, ¡cuánto loco, caray, quién lo diría! Todos esperamos a que nos llame el doctor o su enfermera que, a propósito, está bien rica y bien provocativa esa chata, y yo la miro con ganas y luego, cuando miro a otro lado, recuerdo toda la mierda que tengo en la cabeza y entonces sólo encuentro ganas de morir.

La enfermera me llama y yo doy un respingo y camino hasta el cuartito donde está el doctor. Valeria me mira con una sonrisa y me dice “suerte”, y yo la miro con gratitud mientras camino ensombrecido. Una vez adentro, veo al honorable psiquiatra, que es un chino como casi todo en esa clínica, es un hombre pequeño y viejo y parece más alunado que yo, parece un paciente más el muy asiático. Tomo asiento frente a su buró y arrancamos a hablar.

Qué te trae por acá, me pegunta y no me lo pregunta con complicidad, sino más bien como aburrido, como cansado de atender a tanto confundido. Yo le hago un resumen de mi vida, un compendio de mis principales problemas (que no son pocos), y trato de no obviar detalles, confieso todas mis abyecciones como cuando era niño e hice la primera comunión, y contrito le confesé al padre que me gustaba masturbarme.

El psiquiatra no me hace mucho caso, apunta algunos firuletes en una hoja de papel, luego espera a que termine de hablar (y debo resaltar que no se sorprendió de nada de lo que le conté, bien open mind el doc) y me dice: vas a estar bien, los males físicos que sientes son producto de tu mente, de tus nervios. Yo me alegro de saberlo, le digo que es un alivio enterarme de eso. Él me dice que este tema debe tratarse con pastillas, entonces va y rebusca en una vitrina que tiene por ahí y me alcanza dos cajas de medicamentos.

El psiquiatra me dice que debo tomar pastillas en la mañana y en la noche, religiosamente, me explica que son para la depresión y para el sistema nervioso. No me gusta la idea, pero acepto nomás, no me queda de otra, no quiero seguir padeciendo. Mientras el doctor me escribe su diagnostico, yo escudriño en las indicaciones de las tabletas que me ha dado, veo los efectos secundarios, y entre tantos, uno me escandaliza: perdida de la libido.

Entonces imagino lo peor y siento que esas pastillas van a ser un error, porque yo prefiero mil veces estar cagado pero con la pinga enhiesta y ansiosa, que sano pero con la zona urogenital en reposo y a dieta. Entonces, no señor, así no es; le pregunto al doctor si esas pastillas me van a mutilar, y él me dice que no me preocupe, que todos los medicamentos tienen efectos secundarios y que la mayoría son sólo una mínima probabilidad.

Sin que termine de convencerme su respuesta, el doctor sigue arremetiendo contra mí y me dice que el tratamiento durará seis o siete meses, que debo tomar las pastillas todo ese tiempo y que, por siaca, joven, no puede usted tomar licor ni fumar ni drogarse. Yo me rió ladino, como diciendo “buena esa, doc”, pero el doctor no se ríe, sigue serio con su cara de antiguo samurái y yo pienso: putamadre sólo falta que este tío me mande a buscar chamba.

El psiquiatra y yo nos despedimos, me dice que debo verlo mensualmente y me dice una vez más que voy a estar bien. Yo le doy la mano y trato de convencerme de que puedo ser felíz sin todo lo que tengo prohibido, porque mi estragada salud me pide una mano, porque no me quiero extinguir en el corto plazo. Y entonces salgo con las pastillas que deberé tomar cual flaca con sus prudentes anticonceptivos, y pienso “para qué me habré reído y disfrutado de no ser mujer, cuando veía flacas tomando sus pastillitas para no quedar encinta. Es el karma, es el karma”

domingo, 6 de septiembre de 2009

Sólo piensa.

Ramiro enciende la laptop y hace crujir sus nudillos, se alista para escribir, para retocar la novela que ha terminado. Pasa largos minutos arrellanado en el sillón, viendo la pantalla de su ordenador en blanco; no tiene ideas, no sabe qué aportar. Sólo piensa.

He adelgazado, se dice, mirándose el abdomen, algo de bueno me dejó enfermarme casi un mes, al menos me deshice de las adiposidades que me conminaban a usar ropa ancha, cual reggaetonero.

Cuando me enfermé, la única persona que estuvo conmigo fue Andrea, soportarme cuando mi existencia se vio reducida a escombros, es una de las grandezas más sublimes que he visto y veré.

Andrea merece a alguien mejor, así como yo merecí enfermarme por ser una mala persona con ella, con ella que es tan buena conmigo.

Ramiro mira en derredor, como buscando ideas: no se me ocurre nada, se amarga, no sé para qué pienso tanto, no sé para que le dedico tanto esfuerzo a una novela que nadie leerá, se frustra.

¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Valdrá la pena haber ninguneado mi bachillerato de la universidad para dedicarme a escribir? Desde que empecé con esto hay algo que no he parado de ganar: críticas desdeñosas, los absurdos de siempre, piensa.

Finalmente, creo que mi motivación es darles la contra a todas las personas que solo saben hablar mal, escribir si ellos no quieren que lo haga; y, si acaso, con alguna fama futura, taparles la boca y reírme de ellos.

Ramiro recuerda cuando, una vez hace tiempo, una amiga suya le alcanzó un cuaderno y le pidió que le dejara un recordatorio con su firma, “para que cuando seas famoso tenga pruebas de que fuiste mi amigo”, le dijo ella. Ambos se rieron, y Ramiro pensó que en la vida aún hay gente que cree en la gente.

Creo que ahora tengo más enemigos que amigos, o más opositores que partidarios, piensa.

Ramiro recuerda al ganapán que le jugó sucio hace unas semanas, haciendo una serie de movimientos pueriles para evitar que su banda toque en un concierto de sábado en la noche. Lo recuerda porque ese sufrido sujeto intentó también hackearle unos correos días atrás, demostrando que no cuenta con una vida muy entretenida. Ramiro sintió pena por aquel hombre con alma de anciano.

Siento una extraña paz en mí, piensa él, la atribuyo a que ya no uso celular.

No me quiero cortar el pelo ni afeitarme la barba, cavila, me gusta esa imagen decadente y lumpen, sibilina y misteriosa; todas esas cosas que no soy.

Hay pizza en la refri, se recuerda, lo mejor de vivir sólo es que las decisiones no se debaten, y si quiero almorzar pizza congelada, pues lo hago y ya.

Ramiro no ha logrado escribir ni un ápice, a veces pasa, suele suceder que uno se encuentre obnubilado. Entonces, obnubilado y con hambre, apaga la laptop y se dirige a la cocina, a ejercer su dictadura.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Los tristes finales.

De lejos, y como es sabido por toda la sociedad bohemia y fiestera, la peor parte de las reuniones, francachelas, saraos o chupetas, es la mañana siguiente, la cual llega acompañada de la temible y famosa resaca: esa nube negra que se posa sobre las cabezas de los trasnochados anegados de alcohol, y que te somete a insufribles dolores y pesares, a ingobernables arcadas y dolores de cabeza, a hacerte jurar que “esta es la última vez que tomo, por Dios”.

Hoy, este domingo gris y feo –como son todos los domingos en esta ciudad–, estoy tirado sobre mi cama, despeinado y ojeroso, desnudo y adolorido; sintiendo que todo me da vueltas, tanto con los ojos cerrados como abiertos, y sólo me sujeto fuerte al colchón y maldigo mi suerte.

Deben ser las tres o cuatro de la tarde, no lo sé ni me importa, sólo tengo en la cabeza la vaga idea de ponerme de pie e ir por algunas pastillas para mitigar mis múltiples dolores; lo lamentable es que esa idea no es muy fuerte, o quizá yo soy muy débil, lo cierto es que no me paro, me quedo tendido en la cama largo rato más.

Reptando, voy al baño y vomito la vida en el pobre inodoro, que cumple con estoicismo la difícil tarea de aguantar todo lo que chupé el día anterior, sólo que procesado y fusionado con bilis. Luego hago algunas abluciones y me echo bastante agua en la cara, mientras el espejo me devuelve la imagen de un joven mediocre de ciudad mediocre de país mediocre; me devuelve la imagen de un joven como tantos en el mundo.

Tengo un pequeño botiquín en el dormitorio, donde almaceno algunas pastillas y remedios que seguramente ya expiraron, pues los traje de la casa de mis padres y en esa casa vivieron desde que tengo uso de razón. Igual, no me queda de otra, agarro una de las pastillas que es para el dolor de cabeza y me la tomo ayudado con un vaso con agua; me da asco la operación.

Recuerdo que alguien me dijo alguna vez, que lo mejor que se puede hacer cuando uno está con resaca, es seguir chupando. Me parece algo descabellado e ilógico, yo, de sólo pensar en más alcohol, se me revuelve el estómago y voy directo al baño con la urgencia de expeler ciertos químicos fermentados y constrictores.

Tomo jugo de naranja bien helado, y al hacerlo siento como todo mi diezmado interior se procura un alivio celestial; se apaga el incendio que llevo dentro por algunos segundos, hasta que sus llamas reviven subyugándome una vez más. Luego prendo la tele y veo Nickelodeon o MTV, tras unos momentos –en el mejor de los casos–, veo todo borroso, luego veo doble y a veces hasta triple, y entonces tomo más jugo de naranja y el círculo se vuelve a repetir.

Detesto la resaca y sé que ese sentir lo comparto con no pocos borrachines que hay en el mundo. ¿Saben cuál es la idea del millón de dólares? Dejar de inventar tanta pastilla para el dolor de cabeza o de barriga o de lo que sea, e inventar una pastilla anti resaca, que sea capaz de solucionar los tristes finales de las noches locas que nos alegran la existencia.

lunes, 20 de abril de 2009

¿Ser o no ser?

Hay una duda sañosa que tengo, y que cada vez se acrecienta más y me confunde un poco. Lo que sucede es que no sé qué diablos es un artista, o más precisamente, qué es un artista en el Perú. La pregunta puede sonar odiosa, pero tengo bases que la sustentan como duda intemperante.

El otro día, departiendo con unos amigos, dije sin mucho meditar una cosa casi impertinente, comenté algo así como que yo era un artista porque me dedico a la literatura y a la pintura. La mayoría de mis acompañantes se sonrieron, murmuraron, dijeron “tss, ¡tranquilo!”, y el más avezado me dijo: ¡No, eso no es ser artista!

Hace largo rato veo en la TV, precisamente en canales de señal abierta, en los alegóricos programas nacionales, cómo se les cataloga de “artistas” a estoicos propiciadores de la risa en zonas urbanas (cómicos ambulantes), a abnegadas y rollizas y zigzagueantes señoritas que danzan (vedettes), y a famélicos y sin-sangre-en-la-cara sujetos pseudo famosos (esposos pegalones de las veddettes, mujeres esposas de los cómicos ambulantes, figuretis varios); y entonces la pregunta cae por su propio peso: ¿Eso es un artista?

También escuché, con unas fuertes arcadas, cómo se mencionaba la frase “El ambiente artístico”, para englobar la farándula local, llámese bailarinas de lontananza, caballeros oportunistas haciendo de actores, generadores de escándalo y riñas públicas, panelistas de talkshow que se matan por unos soles, peluqueros bullangueros, personajes chicha, y la cuenta podría seguir.

Por ejemplo: una persona que se dedica a crear, a interpretar el mundo con sus mejores maneras, a romper parámetros y a hacer un camino y dar así nuevos aires a este mundo, a esa clase de personas se les hace referencia como “vago”, “ese no hace nada”, “ese para hueviando”. Pero un sujeto que se ganó portadas de diarios de a cincuenta céntimos, con actos de barriada, con golpes a los demás, con broncas lenguaraces, esos, por acá, si son Artistas y viven inmersos en el Ambiente artístico.

Está un poco raro todo, la duda se me marca cada día más. En realidad no busco llegar a una respuesta que me dé la razón y me sindicalice como un Artista. Para nada, eso no me interesa. No busco ese título; prefiero aceptar la acepción de la más media peruana y seguir siendo sólo un escritor.

jueves, 15 de enero de 2009

Verano al norte.

Estoy a punto de viajar a Trujillo, me parece una manera adecuada de saldar la cuenta por haber estado los últimos meses metido en el departamento escribiendo como un loco la novela, lucubrando tropelías, mientras el resto de mis amigos veraneaba en las playas del sur. Estoy viajando por vía terrestre, en un autobús que me cobro una suma importante de dinero por el pasaje, lo que me dio la certeza de que sería un viaje seguro. Subo al vehículo y me dejo caer en el asiento doce, para mi buena suerte, el ocupante del asiento once no llega, el carro parte y yo voy echado ocupando los dos asientos, privilegiado y cómodo, ganándome la envidia de los demás pasajeros.

Llego a Trujillo y me hospedo en casa de mis abuelos, una casa grande, en medio de un barrio sosegado donde el tiempo parece transcurrir en vilo, agonizante. Se siente un cariz extraño, que, a diferencia de Lima, hace de esta ciudad un lugar sin apuros, sin complicaciones, donde hay una tranquilidad desmesurada que acaricia al residente y asfixia al visitante, por lo que pronto me siento aburrido y, qué va, arrepentido de estar aquí.

Mis abuelos, tan amorosos, tan afables, me atienden de maravilla, me consienten, me preparan comidas típicas y pantagruélicas; las mismas que no como porque odio, me disgustan, extraño el Mc donald.

Mi Laptop no logra entrar internet, no tiene señal; me siento incomunicado, apartado del mundo, varado en un lugar donde no conozco a nadie; de no ser porque no veía a mis abuelos hace casi tres años me sentiría un idiota por estar aquí.

Ha pasado un día, dos primos míos llegan a casa de mis abuelos, son jóvenes, sólo un poco mayores que yo; me dicen para salir, para ir a la playa; acepto de inmediato, aunque sé que, dentro de unas horas, rojo de la quemadura y salado por el agua, me voy a arrepentir. Safamos rápido a una de las playas más conspicuas de Trujillo: el mar es tranquilo y limpio; el cielo despejado; no pierdo el tiempo y logro otear a las no pocas chicas lindas en bikini. De pronto los bríos vuelven a mí, me pongo como loco por tantas chicas lindas. Mis primos no parecen tan crispados como yo, ellos están jugándose bromas tontas, contándose chismes familiares, ajenos a mi deseo por abordar a las muchachas en trajes escuetos.

Tres chicas opulentas en atributos y bastante agraciadas se instalan a unos pasos de nosotros, tiran sus toallas y luego se echan a tomar sol; lo que me derrota en mi intento por mantener la calma y la cordura. Les digo a mis primos para ir a hablares; me dicen que no, que son chibolas, me recomiendan que no sea tan loco. Pero a veces no puedo evitar ser así de loco con chicas así de lindas.

Sin importarme nada más, me paro y voy hacia las chicas, no sé que les diré, no sé cómo reaccionarán, sólo avanzo hacia ellas con mi traje de baño de los red hot chili peppers y mis grandes lentes oscuros. Hola chicas, cómo están, por casualidad tendrán hora, fue lo que se me ocurre decirles. Las chicas me miran incrédulas, los veraneantes me miran pensando que soy un idiota, mis primos me miran pensando que soy aventado después de todo, y yo sólo espero a que las chicas en bikini se rían de mi pobre intento por hablarles.

Pero no se ríen, me miran llenas de mohines, yo temo lo peor, una de ellas saca su celular de un bolso y me dice la hora; me siento algo aliviado. Luego me pregunta a quemarropa: ¿de verdad sólo te acercaste hasta acá para preguntarnos la hora? Obnubilado divago un poco, pienso mi respuesta, pienso en que estas chicas sí que están buenas y menos mal que no se dan cuenta que las estoy viendo con fruición porque estoy con lentes oscuros; finalmente les digo: ¡no! Sólo lo inventé para acercarme y hablar un poco, para conocerlas, yo no conozco a nadie aquí, soy de Lima. Luego me sentí un tonto, debí haberles dicho algo más halagador. Otra de las chicas, una de bikini anaranjado, seguramente la más bonita, me dice que bacan, que por qué no me siento a tomar sol con ellas. Yo acepto encantado, me dejo caer en la arena a su lado, mis primos me miran atónitos, los veraneantes me miran envidiosos, y yo sé que ya no me aburriré más en Trujillo.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Habla, ¿vas?

Esperé un viejo y destartalado colectivo rumbo a mi vieja y destartalada universidad. Lo tomé en un paradero cualquiera, lo vi venir zigzagueando, echando bocanadas de humo negro por todos lados, extendí el brazo mostrando dos dedos –como alguna vez aprendí que se deben tomar los taxis- y el prístino vehículo se estacionó bruscamente, haciendo dar un brinco a todos sus pasajeros. El cobrador, un hombre pequeño y sucio, vociferaba malamente los no pocos destinos que recorrería su línea urbana, tenía una voz chillona, ensordecedora. Subí apresuradamente, no por voluntad propia, sino más bien por la premura con la que se ven obligados a transitar los colectivos en Lima, me tropecé y me cogí rápidamente de la baranda-de metal-apestosa-cochina del colectivo. Habían unos cuantos asientos libres, caminé hacia el fondo –confieso que siempre busco sentarme al fondo, odio tener que pararme y ceder el asiento-, alguna gente dormía arrellanada en sus butacas oxidadas, dale, dale, dale, gritó el cobrador y el chofer avanzó a toda máquina. El vehículo no era grande, estaba mal pintado, olía fuerte, tenía pocos asientos y muchas calcomanías con mensajes para los pasajeros como: Pague con sencillo, al cobrador se le respeta y no fumar…solo, era el deshueve esa carcocha. Saqué mi reproductor de música y ya estaba listo para desconectarme del mercado con ruedas en el que estaba y transportarme a los recónditos y arcanos lugares donde sólo la música me podía llevar. El carro frenó intempestivamente en un paradero y recogió a una ventena de pasajeros, que se encaramaban a empellones en el colectivo pugnando por un asiento acogedor, de los cuales ya no quedaban muchos. Ahora el vehículo estaba lleno de gente, gente como yo –cómodamente sentada- y gente parada –que tenían que encoger la cabeza para caber en el auto, cada frenada y acelerada del vehículo era un martirio para esa estoica gente. Mi reproductor tocó Love Generation y me preparé para bailar en mi mente, de pronto, el cobrador no me deja cavilar porque está delante de mí diciendo: A ver, a ver, pasajes, pasajes. Saco un sol y sin mirarlo le muestro mi carné universitario, medio, le digo. El cobrador hace sonar su peculio de monedas pequeñas y me dice: medio es un sol veinte, chino. Pensé que me quería timar, el medio es un sol, le dije. Eso era antes pe chino, ahora el medio está un sol veinte. Hice un mohín de sorpresa, de incredulidad, y el pasaje normal cuánto está, le pregunté. Un sol veinte chino. Me parece una real estupidez tu tarifario, le dije indignado. Así es pues chino, anda quéjate al gobierno, sentenció. Continué escuchando música –terapia ideal contra el estrés- y oteé por la ventana las calles cochinas de la ciudad, en eso estoy cuando de pronto el colectivo se estaciona y veo delante del mismo una camioneta patrullero de la pundonorosa policía nacional. Se acercó a la ventana del conductor un moreno representante de la PNP y conminó al sudoroso chofer a que le muestre papeles y a que soplara un aparatejo que dizque mide el nivel de alcohol. Vi al pobre hombre soplar y soplar ese aparato que cuánta saliva tendrá en su haber, mientras el policía movía la cabeza en un gesto reprobatorio al ver los papeles del automóvil. La gente se empezaba a impacientar, agazapados le espetaban de todo al chofer: Apura pues cholo, se me hace tarde para llegar a mi trabajo, apura pues compadrito, apura paga tu peaje, bien hecho que te hayan parado usurero. Entonces, para simplificar las cosas y no azuzar más a la multitud iracunda, el cobrador se acerca al chofer con un adminículo: un billete de diez soles, en la mano. El chofer toma el billete y baja a negociar con el efectivo policial, dile que es para su gaseosa, alcanzó a decirle el cobrador. Los dos hombres, el policía y el chofer, llevaron a cabo una tertulia de varios minutos y que parecía no conocer fin, los pasajeros –incluyéndome- no aguantamos más y nos bajamos –ordenadamente- del trasgresor e intemperante colectivo. Una vez en tierra, las personas que estábamos allí, escuchamos como el intachable guardia policial, con una media sonrisa le decía al chofer: Pero dame alguito más, acuérdate que aún no tomo desayuno, es eso o te meto a la carceleta por faltoso y tacaño. Así es pues choche, y si no te gusta anda quéjate al gobierno.

miércoles, 25 de junio de 2008

Made in Perú

Debo confesar, ahora que puedo, que aun no me resigno a vivir en el Perú, por no decir que discrepo ásperamente con el destino que me conmino a nacer en este país que es mi país.
Claro que mi diatriba, considerada así por algunos, tiene un fundamento contundente – e irrevocable.- pues nadie me quita lo vivido y lo sentido, los regalos no muy gratos de este país a mi persona.
Este lugar tan desangelado te somete, te reduce , rompe sueños, te limita, se ríe de ti y no contigo, te azuza a una vida envanecida o a morir en el intento, a buscar un empleo chapucero y a aprender a conformarte, pero sobre todo , esta claro, que si naciste para el arte nunca debiste nacer en el Perú.
Me gusta la literatura, amo la pintura, me declaro fiel amante de la música e incansable enemigo de este país que mira con desdén mis más profundas pasiones, que relega el espíritu vehemente y triunfalista, que otea a sus hijos desde lo alto y a los ajenos desde los suburbios de la alineación, manejado cómodamente por gente con aires leguleyos indiferentes a la miseria y a las almas anegadas de ignorancia.
¿Cuántos caminos podemos elegir? Solo uno y el mío no tiene cabida en esta ciudad,- me atrevo a decir que ni siquiera es una alternativa - las cartas ya están jugadas, las cosas son como son, no las voy a cambiar yo, tampoco me interesa cambiarlas, por que creo que aquí no hay solución, por que aquí nos preparan para seguir y no para guiar y esa mentalidad esta dentro de muchos y se propaga inmensurablemente/groseramente y traspasará nuestras generaciones, para eso nacimos y de eso moriremos.