
domingo, 11 de mayo de 2014
Luz amarilla

domingo, 21 de abril de 2013
El solo
jueves, 31 de enero de 2013
Los nuevos.
como el entrañable año pasado fue para mi uno sabático, esa lectura le doy, pues logré vivir sin trabajar, sólo de escribir... haciendo, claro, las salvedades de que para mi escribir no es trabajar, y vivir de escribir no significa si quiera tener un sueldo modesto... me entregué al descuido y la veleidad de no pisar peluquería alguna, y dejar que mi cabello crezca a la par de mi entonces buenavida.
sin embargo, como me prometí que haría de este año uno decente, uno que no que me haga distinguido (ya que haber publicado dos libros solo te da una distinción entre las dos o tres personas que leen en tu entorno), y entonces: ¡Bingo!, consigo un puesto de trabajo...
Apenas me hice del puesto me fui a cortar el pelo, porque uno siempre tiene que estar con cara de idiota en un trabajo nuevo, ¿no? Pero, qué suerte la mía, me topo con una peluquera que según me confesó era también nueva en su salón de belleza, y en ese momento fui un redoblado idiota, una bestia peluda, y sin más me puse en manos de aquella aventurera de las tijeras.
paso que daba la estilista, cagada en la que incurría. Yo perplejo, solo oraba en silencio, rogando piedad. La estilista reía, coquetona era, "vas a quedar con tu corte de moda" me decía. Para cuando terminó el espejo me devolvió una imagen terrible, con una cabellera que no le deseo a nadie, o a "nadies" como decía la estilista.
con el folclórico arte de la peluquera plasmada en mi cabello, me dirigí a mi centro de labores, y la aceptación que tuvo fue tal, que perdí todo respeto. Lo sé, o lo intuyo fuertemente al menos. La gente cree que soy un chiquillo tonto, trémulo, nervioso, pueril... cojudo. Y yo no sé cómo demostrar todo lo contrario, pues cualquier acción que haga, bajo el marco de un peluquín en forma de casco, solo me hace terminar más ridículo de lo que parezco.
viernes, 28 de diciembre de 2012
El Pequeñin
lunes, 5 de noviembre de 2012
Barba y pelo crecido.
jueves, 4 de octubre de 2012
El Camino
sábado, 15 de septiembre de 2012
After Office
lunes, 30 de julio de 2012
El gánster y el perro
lunes, 25 de junio de 2012
Equivocada
viernes, 11 de mayo de 2012
El Loco Barrios.
lunes, 23 de abril de 2012
No Debes Extrañarme

Llegué a la academia y antes de entrar al salón peiné un poco mi cabello, el cual cada vez estaba más largo, cada vez me tapaba más los ojos, y siempre tenía que estar peinándolo hacia un lado, y entonces entré en cuenta de que Melanie tenía razón, en verdad parecía un Beatle.
martes, 28 de febrero de 2012
Si supieras lo que crees

Ella se quejó conmigo porque nunca la invité a alguna de mis presentaciones, en los antrillos en los que suelo pararme a crear la ilusión de que canto, acompañado siempre por dos o tres pillarajos como yo, que también crean la ilusión de ser músicos distinguidos y disforzados. En fin. Ella se quejó porque no tuve nunca la delicadeza de invitarla a uno de esos jueguillos llamados shows.
miércoles, 11 de enero de 2012
No culpes a la playa
Solo en el mar, en el océano. Varado en pleno manto de cristales viendo el sol, el poderoso sol, calentándome la piel y coloreando mis hombros de un rojo ardiente, cual cangrejo, como los cangrejos que maté por diversión y desestrés en los peñascos de Asia.Pero voy algo más atrás, al menguante diciembre que me arañaba los sesos con la idea de que se venía el nuevo año y yo ni enterado, bah, mejor dicho, sin ningún plan a la vista, con propuestas terribles alrededor, con la displicencia de los tres o cuatro amigos que poseo por querer pasar un año nuevo tranqui, sin excesos, sin chicas lindas y dispuestas a todo al lado… y yo pensando que, después de todo, no era tan mala la idea de pasar el año nuevo escribiendo con una pizza al lado.
Recuerdo aquél peñasco inmerso en el océano, desafiante, amenazante, ostentoso, y sonrío recordando como lo trepé la primera vez, sintiendo el dolor de las rocas filudas entre mis pies, los erizos endiablados, mis manos sobre las rocas, y luego, al final, desde lo alto, la laguna brava que se extendía metros hacia abajo, intimidando mi corazón por la incertidumbre de la feroz naturaleza, chocando contra las rocas y a la vez recordándome su profundidad y, obvio, mi ineptitud para el nado…
A veces me aparecía por la concurrida piscina. Después de andar en el mar, la piscina era aburrida, sin embargo, era menester relajarse en una tumbona y disfrutar de la explícita sensualidad que se desbordaba por el lugar. Era magnifico tener miles de sueños con cada una de las siluetas a mi alrededor y luego correr a las aguas de la piscina y reírme como un “loco” de todo y de lo azul de mi entorno…
Antes de que caiga la tarde, como haciendo hora para el sunset, me perdía en un extremo de la playa hasta llegar a un malecón inmenso y tenebroso. Aquella edificación debe ser la más extraña y de cuidado que haya visto. Al caminar por aquella pasarela de concreto, el mar se veía muy a lo lejos allá abajo, y yo andaba por ahí, hasta el final, y luego me echaba sobre el asfalto y le arrojaba piedras a los cangrejos grandes y gordos que se paseaban por ahí. Primero por diversión, luego por inquina. Aventaba rocas descomunales a los cangrejos y me encantaba verlos atontados por mi amenazante poder…
Fue un lindo tiempo arrellanado en la arena, solo, bajo una sombrilla blanca, como las casas, como todo; y escuchar música y pensar en la nada que termina siendo mi todo. Recordar a ese grupo de féminas que me preguntaron si les podía tomar una foto en la playa, y a las que les terminé tomando mil y cobrando favores por mi chapucero trabajo. Escuchar a Florence por los audífonos, viendo el manto de diamantes, y sus olas, y la arena.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Amistades peligrosas.
Caminando alunado en la madrugada incipiente. Avancé lejos, hasta el apartado paradero de autobuses de San Isidro, para verte, para responder con mi presencia a tu llamado. Tú sabías que iría, después todo, sabes lo fácil que soy, sobre todo para ti.
Esperé no más de quince minutos, luego pasó la cochambra esa, inmensa y faro-fundida. Me subí, mejor dicho, me trepé, y fue lindo: no había casi nadie, tres o cuatro pasajeros nada más, adormitados y bajo las luces blancas del colectivo; me senté al fondo, pegado a la ventana (como sabes que me gusta) y me sentí tan, cómo decirlo, como en una escena de los noventas, como en un film lumpen y noventero (como sabes que me gusta).
Algo de música me acompañó. Algunos sonidos improbables que reconfortaban al señor chofer y que a mí, por el contrario, me azuzaban la indigesta vista a la gente fea en las calles, a las casas sin gracia, a la melancolía de la ciudad que dormía o trataba de dormir. Así que yo, de pronto indiferente al tercer mundo, de pronto divertido, me tapaba los oídos y trataba de imaginar mi lengua dibujando los contornos de tu cuerpo.
Llegué a tu barrio y “¡bajo, profe, bajo!”, le dije a la carrera al chofer, le aventé unas monedas y me lancé del vehículo apurado por verte, por tocarte, por olerte, por reconocerte de la manera en que a ti y mi nos hacía tanto bien.
La luna seguía intacta, redonda y refulgente; la cosa más bella del cielo, la hermosura del firmamento. Ninguna estrella podría hacerle competencia. Era tan rotunda su belleza, como rotundo era el hecho de que ambos debíamos estar juntos, como dos media luna que se abrazan y hacen una luna llena, que sólo tienen sentido juntas, pues al lado de cualquier estrella, por más bonita que sea, nunca podrá brillar más feliz que desdichadamente.
Tu calle me sembró dudas. Tu calle hizo que mi vehemencia se tome un break y me detenga a pensar en tu vida llena de momentos sin mí. También, desde luego, me hizo pensar en la mía, y en los momentos en que tú ya no estabas. Por eso, respiré una bocanada de aire con olor a mar y, cual droga, como si estuviese aspirando algo de coca, algo de coquirri, me sacudí y tiré hacia atrás los pensamientos del mundo, para solo darle cabida a los del espíritu.
Toqué tu timbre, pensando que me moría por tocarte a ti. Sonó y sonó y mi corazón también lo hizo, agitado, como un redoble protervo de batería. Y luego, antes de que contestases, traté de hallar en mis recuerdos tu voz, y acariciarla y sentirla, para avivar en mí la flama que me consumía de la ansiedad y de la angustia.
De pronto se abrió la puerta, y tú sólo me dijiste “pasa”. Y no lo digo como algo que me decepcionó, sino más bien como algo lindo, algo prudente de tu parte. Porque, seguramente, también pensabas lo mismo que yo, y me necesitabas completo a tu lado, como yo a ti, y por eso evitaste cosas anodinas por el intercomunicador y apresuraste todo para vernos alma con alma.
Te amé. Otra vez te sentí igual a mí, otra vez te sentí tan distinta al resto del mundo, y a sus cosas, y a sus prejuicios, y por todas esas razones te adoré en silencio mientras me pasaba las manos por la cabellera, peinándome, adecentándome para ti… qué va, peinándome para que seas tú la que me despeine. Luego entré, levanté la mirada y todo el fuego de tu infierno se apoderó de mí.
lunes, 12 de septiembre de 2011
La Marcha.
A la marcha, vamos, vamos. No te quedes quieto, nunca, es el peor error. Aunque, claro, a veces por moverte mucho te mueves para el lado equivocado, metes la pata, te embarras, te sumerges en estiércol y luego golpeas la pared pidiéndole a Dios algo de compañía y misericordia.A esta vida, quién la entiende. No sé si alguien, pero yo no. Yo desconozco. Sé simplemente que me gustaría irme de una buena vez a algún lugar lejos de aquí, de esta ciudad, país y región. Yo odio los viajes, pero ahora quisiera hacer uno, uno largo y sin vuelta a la vista. Qué otro sentido tiene andar por las mismas calles, por las mismas iglesias y mercados, ver a tus enemigos tan de cerca y a los amigos tan de lejos. Se trata de moverte. De eso se trata.
Viajar, por ejemplo, tan lejos que ni de cerca podría adivinar la distancia. Viajar a Italia, morir allá, entremezclarme con esos seres y dominar su sibilino idioma, como quién se pasea en el lomo de un toro bravo. Podría vivir trabajando como un asistente de cocinero en algún restorán, como un tercerón, viviendo en un piso alquilado, tocando a la guitarra, haciéndole el amor a muchas lugareñas, y hablando italiano como un insuperable orgulloso. Podría vivir así, y seguramente me gustaría.
Hallaría una vida así, como fabulosa, como extraordinaria, y mandaría al diablo mi encomiable trabajo como periodista, mi sufrida labor de escritor, y demás sueños cumplidos que en suma ahora no me significan gran cosa (menos el sueño de salir en la tele y ser conocido por el pueblo peruano, pues en ese ardid soy un cabal perdedor).
Viajar y escuchar mil veces canciones de kevin Johansen, cantarlas y cantarlas, susurrárselas al viento. Y llevarme conmigo el Poema 20 de Neruda (sólo ese, el único y el que más me gusta) y leerlo y leerlo, sin fin, sin conocer jamás el hartazgo, sintiendo que mis noches son profundas. Y leer también, por millonésima vez, el Puente Sobre el Río del Buho, y sonreír pensando que en cualquier momento despierto y nada de esto ha pasado ni pasará.
Quiero irme porque acá ya hice todo lo que tenía que hacer, y más precisamente porque también hice todo lo que no tenía que hacer. Quiero marcharme porque es tedioso reírte del mismo chiste una y otra vez, y este lugar me significa un chiste repetido, sin gracia, sin sentido, resentido.
Quiero caminar con las manos en los bolsillos, sin mirar atrás, sin mirar a nadie más, simplemente con la creciente sensación de que las canciones, el poema, y los cuentos me esperan al final del camino, bajo la noche profunda y sus luces y su olor.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Pelos del Loco
La ciudad se veía más añeja a las luces de esos pobres faroles. Se veía, cómo decirlo, entre mustia y desangelada. Se sentía, cómo explicarlo, entre humilde y comedida.Avanzó a paso parejo, esquivando cargadores de bultos que guardaban las mercancías, y entre señoras cansadas y gordas, que iban regresando a casa después de haber vendido todo a precios bajísimos, como migajas, a precio de huevo. Nunca había caminado por esa parte del mercado, o al menos tan pocas veces que equivalen a un nunca; y ante tan deprimente cuadro arrecié el paso a buscar una barbería decente, una que aún esté abierta.
¡Carajo!, renegó, ¡cómo iba a saber que las peluquerías cerraban tan temprano! Cuando vi la luz, avancé seducido por la idea de que esa era la única barbería abierta, esa luz fluorescente no podía ser otra cosa que una barbería… de medio pelo, pero barbería al fin. Y como necesitaba cortarme las melenas con urgencia, no había otra opción que someterme a la mano azarosa de un barbero amateur… amateur y mequetrefe, pero barbero al fin y al cabo.
Tan solo al entrar notó que no tenía sentido escapar, por más que vio los espejos mal ubicados, los asientos corroídos, e, incluso, cuadros espurios y estrambóticos adornando las paredes, no era una opción salir corriendo: Mañana; trabajo; ahora eres periodista; no eres más un rockerito de pelo largo; sienta cabeza; agacha la cabeza; deja que te lo corten; mal, pero que te lo corten; mal que bien; si acaso, bien mal.
¡Ah!, hice una venía como saludando a la nada y el único peluquero del salón corrió a mi ritmo. ¡Guapo!, asiento, siéntate, ponte cómodo, lee, ahí tengo periódico y Condorito, diez soles el corte, dulzura. Lo vi de soslayo, sonreí porque soy un hipócrita, me senté en la silla corroída. Él me tapó con un manto blanco dejando solo mi cabeza expuesta. Mirando mi reflejo en el espejo delator, le expliqué qué tipo de trabajo debía hacer: Corto a los lados, que se me vean las orejas; el cerquillo no lo toques; atrás rebajado, en dos niveles. El estilista asintió dando brincos, obediente, entendiendo los pasos que le dieron porque se los explicaron como para bruto.
Los mechones caían uno a uno, en onditas, como la letra c, más y más: cccc.
Te voy a hacer un corte de moda, ahora los chicos andan a la moda, no te creas, bien talqueaditos salen. Córtame un poco más las patillas, que se me noten las orejas. Oye, ¿tú no eres familiar del Loco Barrios?, igualito eres. ¡No!, ¿es de hoy el periódico? No, de ayer, un cliente vino y lo dejó olvidado. Lástima. ¿Qué no te han dicho antes que te pareces al Loco Barrios, a ese grandazo que se ve tan churro con la camiseta bicolor. ¡No me cortes el cerquillo! Hasta hermanos parecen… yo soy su fan. No sé, no lo conozco, cambié de opinión, préstame tu periódico.
Abrió el periódico y se puso a ojearlo de mala gana, el peluquero hacía volar más y más mechones de cabello negro, que caían sin gracia al asfalto. Con tan solo otear el pasquín, se dio cuenta que se trataba de uno de deportes: fotos y fotos del Loco Barrios, el jugador de moda, el peruano querido y admirado. ¡Ahí está!, ¡ahí está!, se desvivió el peluquero señalando el pasquín, ¡ahí está Barrios, míralo!
Aventé el periódico a un lado, y sin poder evitar lo que se venía, el hombre de las tijeras se arrancó a hablar de que el Loco esto, de que el Loco el otro, y entre tanto, sentí que medio que me acariciaba el cabello y me tocaba innecesariamente las orejas. Y entendí de un brinco que había encontrado en mí a un eufemismo de su ídolo, y que corría evidente peligro sentado en esa silla vieja e incómoda.
Ya vengo. ¿A dónde vas? Ya regreso. Loco, quédate. Te vas a la mierda. No te vas a ir así, a medio cortar…, aunque sea devuélveme mi capa, bandido. Te la debo, rosquete. Chau, Loquito, y no dudes en volver cuando gustes, acá estoy para atenderte.
Una vez más en la calle, avanzó raudo hasta hallar algún vidrio donde reflejarse. Cuando lo encontró, buscó su plenipotencia y se alegró de que, a medio cortar, haya quedado mejor de lo que pensaba.
sábado, 14 de mayo de 2011
Pequeños Placeres.
Comer las migas briosas de un pan recién horneado, dejando para los tardones un cascarote medio quemado y sin gracia, eso lo hacía desde niño, es una de las primeras rebeldías que me recuerdo. Ser políticamente de izquierda porque todo el mundo es, y está de moda, ser de derecha, es una de las últimas que se me viene a la mente.La vida puede ser corta o larga, pero asumo que sólo será buena si nos dejamos llevar por los peligrosos, azarosos, asombrosos e imprecisos caminos de los pequeños placeres que están ahí, en nuestro entorno, en derredor, en dormir con la televisión prendida, en bajarte del colectivo sin pagar, en levantarte cinco minutos más tarde, en sacarle la vuelta a tu enamorada.
Debo decir que, pensándolo bien, los pequeños placeres terminan por ser “los grandes placeres”, y por tanto los que, al final, dictaminan si una vida fue buena o no lo fue.
Recuerdo algo, hace poco conseguí un trabajo, y dejé atrás un largo período de noctambulo escritor y vagabundo diurno, para ser un oficinista de corbata, camisa y oreja sin arete. Ese paso lo asumí como una rebeldía hacia mí mismo, por tanto fue una victoria y un placer esa mudanza de carácter, rutina y vestuarios.
A los pocos meses, ahíto totalmente de toda responsabilidad para con la pujante empresa que contrató mis servicios, decidí darme un nuevo placer (y si acaso uno de los más conspicuos que me recuerdo), y consistió en visitar al jefe en su oficina, discutir sobre cosas mías y cosas suyas, y finalmente decirle cara a cara, de tú a tú, que renunciaba, que gracias por todo, que no, que ahí nomás, que no quiero pensarlo bien.
Siempre encuentro, por ejemplo, un placer sórdido al darle la contra a alguien, a alguna persona, a alguna conversación, a alguna idea, a algún argumento, por más verídico y sustentado que fuese, siempre es rico llevar la contra y jugar a ser abogado del diablo. Me gusta, debo admitir, ver a los demás irritarse, enfurecerse, encolerizarse, sufrir y terminar por explotar, angustiados por no poder convencerme de sus ideas. Es una forma linda de sentirte más listo que el resto.
Es un gratísimo placer hablar de lo que no se sabe. Es grato y muy útil. Siempre encuentro circunstancias, conversaciones, entrevistas, tertulias, donde se habla de no sé qué, de política internacional, o de autos, o de futbol, o cosas por el estilo que no sé o sé muy poco. Pero si hay algo que sé, es que nadie sabe nada, que nadie sabe todo; por eso, siempre intervengo en las discusiones e invento nombres, lugares, acontecimientos, hechos tragicómicos, los mismos que siempre me hacen quedar como un tipo bastante culturizado.
Sabrán disculpar la confidencia, pero sobre placeres debo decir que no hay como hacer el amor sin usar engorrosos-apestosos-malhadados profilácticos; comer muchos chocolates en diferentes horas del día; flirtear y calentarse; hacer muchas visitas al Mc Donalds; acudir a lugares varios en calidad de invitado; dormir cuando el sueño dicte y perder la noción del tiempo; cholear a alguien, negrear a alguien y sentir que eres mejor que algún otro.
Finalmente la conclusión previsible: vivir sintiendo el placer recorriendo nuestros cuerpos, sentir ese vientecillo acogedor cuando gozamos y hay una alegría perversa en nuestro ser, como me sucedió al escribir dos libros, dos nada menos, a los que yo les digo novelas cuando en realidad son catarsis, testimonio, biografía y venganza.
Recuerdo que una vieja enamorada se molestó conmigo porque leyó el manuscrito de mi segunda novela y casi me la tiró en la cara, enfurecida, alegando que en ella hablaba de un romance entre su mejor amiga y yo. Obviamente, indignado, negué todo y reclamé que ponga en tela de juicio mi capacidad creativa, pero en el fondo gocé paladeando que haya advertido todo y que haya conocido más de mi pasado clandestino.
Hay que regalarse un poco de placer, y el momento adecuado es ahora, ahora o nunca, pensemos, pues el mañana siempre será una ruleta rusa. Y, al final, una frase que me encantó y conmovió “hoy puede ser el mejor día de tu vida, si así lo quieres”.
jueves, 7 de abril de 2011
Un Minuto Caliente
Estoy en plena fila, seguramente la fila más corta de mi vida. Somos siete u ocho bastardos. Siete u ocho devotos sonrientes, tímidos, nerviosos, expectantes, cagándonos en los pantalones, o (no sé bien si los demás) pero yo estoy así.sábado, 12 de marzo de 2011
Hasta el fondo.
“¿Por qué las vidas se complican?, ¡se joden!, ¡se atrofian!, ¿por qué todo, para poder ser, debe ser complicado?”, piensa Ramirito mientras observa alunado la oscuridad de la calle.martes, 18 de enero de 2011
El loco de la casa.
Dos:
Tres.
Cuatro.
Cinco.









