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lunes, 15 de mayo de 2017

¡Ay, mamá!


Entro a casa apurado, es la tarde del sábado, estoy apurado por cambiarme y salir. En la sala esta

Irmita, concentrada, hipnotizada por el televisor encendido. Irmita, que me conoce años, que me quiere como un hijo aunque no lo sea, que tal vez lo hace porque mis padres le pagan para que haga las labores de la casa, labores como querer a los miembros de la casa; ella que me conoce tanto, decía, sabe que odio la televisión y al verme da un respingo y "perdone, joven, estaba viendo el show de la Chola Cachuca".

 La contemplo enternecido y me le acerco cómplice, "todo bien, Irmita", le digo mientras me siento a su lado. Sé que mañana domingo es el día de las madres y que ella tiene a sus hijos lejos, en la sierra, trato de consentirla al menos en esa pequeñez: "¿Qué ha pasado en el programa de la Chola Cachuca, Irmita, que veo que todos estan llorando?", le pregunto divertido, al notar que varios panelistas vestidos de manera graciosa lagrimean junto a la anfitriona del programa. "Es el especial del día de la madre pues, joven, la Cholita linda está sorprendiendo a sus invitados poniendo fotos con sus mamis en televisión nacional", me explica entusiasmada.

En efecto, mismo reality, trataban de conmover -sin mucho esfuerzo- a los invitados del programa, pues les ponían a cada uno un acopio de fotos junto a sus señoras madres, fotos que -seguramente- en la intimidad de sus casas les arrancarían hasta una sonrisa, pero que allí en ese alicaído set de televisión los quebraban, los hacían tiritar, sobarse los ojos y finalmente confundirse en un mismo abrazo con la Chola, ante el aplauso de los asistentes y el conmovido equipo técnico del programa.

"Dios te me bendiga, Cholita del alma", rezó en voz alta Irmita. "¿Pero qué de milagroso ha hecho?", le pregunté, "¿acaso esos tipos no verán a sus madres saliendo del programa, o es que han pasado a mejor vida?". "Cállese joven, no diga eso, esas mamitas están vivitas y coleando, solo que en tele es así pues, da ganas de llorar", explicó, mientras me señalaba el televisor ya que un enano vestido de mujer estaba a doble pantalla, junto a varias fotos de él con su mamá. -me causó risa, pero no me reí por Irmita. Las fotos de madre e hijo se terminaron y la camara aplicó un zoom agresivo a la cara del enano que miraba lloroso, desencajado, torcido... hizo un silencio y luego no pudo más, rompió a llorar y a abrazar a la anfitriona diciendo en medio de un suspiro "¡Gracias, Chola!", el público estalló en aplausos en el set y luego el enano, secándose las lágrimas agrego más calmado: "viejita espérame con la comida que ya llego y estoy con un filo..."

Irmita aplaudió divertida. Me le quedé mirando fijamente y noté que tenía los ojos vidriosos, que guardaba ganas de llorar, seguramente por tener a sus hijos lejos, o tal vez porque tenía ganas de salir también en el programa de la Chola Cachuca. Me le acerqué y le di un abrazo, sin poder evitar imaginar que estaba en ese horrible programa, esperando que el publico aplauda tan tierna escena. 


martes, 3 de enero de 2017

La cara de tonto


Tengo cara de tonto, he llegado a esa conclusión. Y no digo que lo sea, sólo que lo aparento porque así lo percibo: quieren timarme en todos lados. 


Me quiere timar el desconocido, sí, pero también el conocido. El que no me conoce, por ejemplo si es alguien con quien platico, quiere tomarme por tonto contándome mil y un historias, fábulas de niños que espera yo -candidamente- crea a ciegas. Y  yo sé que me miente pero finjo que no.


El que me conoce quiere también verme la cara sobre todo cuando en algo me ha fallado, y busca envolverme con falacias, asfixiarme con cuentos, silenciarme con mitos. En un rapto de estupidez producto de la desesperación olvida que me conoce, que sé que puedo advertir que me engaña, e igual trata de engañarme.



Sin embargo en ningún caso antes contado llega a afectarme en lo absoluto, solo me causa una suerte de asombro por la capacidad del otro en creer que uno es tonto.


Una amante quiere verme la cara, una mujer que me quiere desea embaucarme, una cómplice idílica se propone tomarme por tonto y pasa, casi siempre, cuando las arrincono mentalmente a alguna verdad. En casos así, los argumentos son tan sorprendentes que siempre se superan así mismos, baten record, con perplejidad incluso a veces me provoca aplaudir tamañas recreaciones artísticas. 

Sé que todo es mentira, y mientras escucho trato de ver mi reflejo en algún lado al tiempo que pienso "¿acaso es así como luce un tonto?"

usted que me lee o que me escucha tal vez en su mente, me sabrá comprender, pues o bien le ha pasado, es decir, lo han querido tomar por tonto, o tal vez en algún momento trató también de verme la cara cara a mí, en cualquier caso sabe lo que digo. 

viernes, 28 de diciembre de 2012

El Pequeñin


Llegó de la manera más inesperada, de una forma sorprendente, como lo era todo en él. Yo lo conocí casi por casualidad, es decir, vi su nave instalada en medio del bosque, una nave pequeña de punta roja y lucecitas tintineantes. Sentí ganas de huir, sin embargo algo me obligó a no hacerlo, el destino seguramente.

Me acerqué con cuidado, con miedo de él y con miedo a no espantarlo, y de pronto ya estaba escudriñando su nave, y pasando mis manos por ella, intrigado, ansioso, y de pronto, por la ventanita redonda del cohete, apareció su rostro, se asomó un segundo y luego se ocultó reprimiendo una risilla pícara.  

Ese primer contacto me encantó, me dejó atónito, embelesado: su rostro era cándido, sus ojillos resplandecientes, su sonrisa entera, con hoyuelitos a los lados, y el pelo revoloteado, como un arbusto color castaño. Totalmente atraído por el pequeñin, me acerqué a la nave y le di uno toques suaves, pasándole la voz. El pequeñin se volvió a asomar, infló los cachetes y movió la cabeza en señal de un “no”. Luego me sacó la lengua y se escondió nuevamente.

Decidí no molestarlo, no quería hacerlo enfadar, no quería que me guarde rencor. Me alejé un tanto y me apoyé sobre un árbol a descansar. Desde allí, vi como el pequeñín bailoteaba, moviéndose graciosamente, como un pececillo, moviendo los diminutos hombros enfundados en su traje color azul. Cuando terminó de danzar lo aplaudí, pero él no me hizo caso.

Me animé a preguntarle su nombre, y tras insistirle con aquella duda, terminó por señalarme las estrellas. Asumí que me estaba ignorando, que no guardaba interés en mí, pues se veía maravillosamente feliz en su mundo, sin necesidad de nadie más. Me permití una sonrisa a modo de despedida, y volteé para marcharme, sin embargo, su voz me detuvo: Cuidado en el bosque, moradito.

Extrañado, volteé. No sabía mi nombre, me llamaba con cariño por el color de mi suéter. Debo reconocer que lo amé, lo amé de tanta admiración y ternura. El pequeñin estaba apoyado en la ventana de su nave, mirándome, escudriñándome a mí y al bosque. Un conejo pasó retozando, pero no le hice caso, yo estaba expectante a cualquier actuación del pequeño. “¿no te gusta el animalito?”, me preguntó, con una pequeña voz ronca. “No, no es eso, me encanta”, exageré.

El pequeño forastero me observó largo rato más, a veces también perdía su mirada en el cielo. Entonces, recogí del pasto al conejo, y lo alcé en brazos, arrullándolo. El pequeñin, apoyado el mentón sobre las manos, me dijo: “Exagerar es igual a mentir”. Quedé desconcertado, apenado de repente. “Y mentir es herir… ¿no te gusta mucho el animalito, verdad?”, añadió, más comprensivo que acusador.

“No te equivocas”, le dije, y antes de proseguir el forastero tomó la palabra: “Tal vez cuando tu corazón no exagere, podamos ser amigos”, y luego se retiró de la ventanilla, dejándome estupefacto. La nave empezó a hacer ruidos raros. Me preocupé, muchísimo, sentí mucho miedo. Los propulsores se encendieron y la nave se levantó de los suelos. “¡Hey, espera, ¿a dónde vas?, espera!”, me atolondré, entonces el pequeñin apareció de nuevo en la ventana, y me señaló la estrella más grande: “voy de regreso, te enseño donde vivo para que sepas que algún día volveré”.

Casi tenía lágrimas en los ojos, fuera de orgullos realmente añoraba su amistad. Lo último que me dijo me alivió, pero igual no quería resignarme: “¡vuelve, podríamos dar un paseo!”. La nave estaba ya varios metros elevada, y solo detuvo su trance unos instantes para dejarme oír al pequeñin: “Cuidado en el bosque, moradito”. Luego partió dejando una estela brillante. Meditabundo, me abrí paso entre las ramas, regresé al bosque donde todo seguía igual y me perdí entre los árboles con la certeza de que no podría dejar de pensar en él.  

jueves, 4 de octubre de 2012

El Camino


Camino y qué diferente se ve todo si no estás. Soy un tipo simple, me conformo con salir y pasear un rato: por donde sea; lento, fingiendo apuro; sin ningún lugar al que ir, con marcado interés por llegar a cualquier parte. Soy feliz con poco, ese ritual es mi versión de tener vida social.

Trato de pasar desapercibido, sé que es algo que logro sin esfuerzo, pero mi actitud redobladamente narcisista me impide creerme un peatón más, y entonces siempre ando con mohines, con medias sonrisas, intentado emprender una tranquilidad que no tengo, con la que no cuento. No como cuando caminaba junto a ti, entonces sí lograba ser alguien: yo mismo.

Mis últimos destinos suelen ser parques, terminó en ellos y me arrellano en alguna banquita acogedora, y pienso, pienso mucho, pienso sobre todo en qué estarás haciendo, y entonces un ramalazo de melancolía y culpa me invaden, y es allí cuando suelo pensar que no debo pensar más en ti, y también en que no debo escribir sobre lo que significas, pero nada de eso logro concretar, y finalmente termino haciendo todo lo contrario.

Tengo que confesar que lo que me anima a salir y caminar, es el hecho improbable de que alguna vez podamos cruzarnos en el camino. Dado que tú no sabes eso, si alguna vez nos cruzamos, habré sido yo el que irrumpió en tu camino, y no una obra de la tan etérea coincidencia.

Como aquella vez en que, sin que lo sepas, nos topamos de casualidad (una casualidad que podría haber llevado mis intenciones). Yo merodeaba por unas calles cerca a tu casa, admirando con nostalgia algo que alguna vez me fue tan familiar, y mientras cavilaba en eso y trataba de imaginarte por allí, de repente te dibujaste en la acera de en frente, y yo me froté los ojos incrédulo, como si se tratase de un espejismo.

Te vi y dude en presentarme, no era lo correcto, sabía que no debía, pero tú ya sabes cómo soy, a veces tan atolondrado. Así que corrí a cruzar la acera, y luego a seguirte los pasos mientras te veía de espaldas, con tu cabello ensortijado moviéndose de un lado a otro. Caminé cada vez más rápido porque te alejabas, luego volteaste en la esquina, casi corriendo hice lo mismo, pero ya era tarde, habías subido a un taxi y yo solo pude verte apoyada sobre el cristal, pensando seguramente en cualquier cosa, menos en que yo te estaba observando.

Pienso que tal vez salir a dar un paseo no sea algo tan simple después de todo, quizá hay algo más, tal vez no se trata de caminar, sino de caminar hacia ti, de repente no se trata de un paseo, sino del hecho egoísta de buscarte inocentemente. Es una reflexión valida, jamás podré mentirte, no soy un tipo simple, sino más bien uno orgulloso. 

sábado, 14 de mayo de 2011

Pequeños Placeres.

Comer las migas briosas de un pan recién horneado, dejando para los tardones un cascarote medio quemado y sin gracia, eso lo hacía desde niño, es una de las primeras rebeldías que me recuerdo. Ser políticamente de izquierda porque todo el mundo es, y está de moda, ser de derecha, es una de las últimas que se me viene a la mente.

La vida puede ser corta o larga, pero asumo que sólo será buena si nos dejamos llevar por los peligrosos, azarosos, asombrosos e imprecisos caminos de los pequeños placeres que están ahí, en nuestro entorno, en derredor, en dormir con la televisión prendida, en bajarte del colectivo sin pagar, en levantarte cinco minutos más tarde, en sacarle la vuelta a tu enamorada.

Debo decir que, pensándolo bien, los pequeños placeres terminan por ser “los grandes placeres”, y por tanto los que, al final, dictaminan si una vida fue buena o no lo fue.

Recuerdo algo, hace poco conseguí un trabajo, y dejé atrás un largo período de noctambulo escritor y vagabundo diurno, para ser un oficinista de corbata, camisa y oreja sin arete. Ese paso lo asumí como una rebeldía hacia mí mismo, por tanto fue una victoria y un placer esa mudanza de carácter, rutina y vestuarios.

A los pocos meses, ahíto totalmente de toda responsabilidad para con la pujante empresa que contrató mis servicios, decidí darme un nuevo placer (y si acaso uno de los más conspicuos que me recuerdo), y consistió en visitar al jefe en su oficina, discutir sobre cosas mías y cosas suyas, y finalmente decirle cara a cara, de tú a tú, que renunciaba, que gracias por todo, que no, que ahí nomás, que no quiero pensarlo bien.

Siempre encuentro, por ejemplo, un placer sórdido al darle la contra a alguien, a alguna persona, a alguna conversación, a alguna idea, a algún argumento, por más verídico y sustentado que fuese, siempre es rico llevar la contra y jugar a ser abogado del diablo. Me gusta, debo admitir, ver a los demás irritarse, enfurecerse, encolerizarse, sufrir y terminar por explotar, angustiados por no poder convencerme de sus ideas. Es una forma linda de sentirte más listo que el resto.

Es un gratísimo placer hablar de lo que no se sabe. Es grato y muy útil. Siempre encuentro circunstancias, conversaciones, entrevistas, tertulias, donde se habla de no sé qué, de política internacional, o de autos, o de futbol, o cosas por el estilo que no sé o sé muy poco. Pero si hay algo que sé, es que nadie sabe nada, que nadie sabe todo; por eso, siempre intervengo en las discusiones e invento nombres, lugares, acontecimientos, hechos tragicómicos, los mismos que siempre me hacen quedar como un tipo bastante culturizado.

Sabrán disculpar la confidencia, pero sobre placeres debo decir que no hay como hacer el amor sin usar engorrosos-apestosos-malhadados profilácticos; comer muchos chocolates en diferentes horas del día; flirtear y calentarse; hacer muchas visitas al Mc Donalds; acudir a lugares varios en calidad de invitado; dormir cuando el sueño dicte y perder la noción del tiempo; cholear a alguien, negrear a alguien y sentir que eres mejor que algún otro.

Finalmente la conclusión previsible: vivir sintiendo el placer recorriendo nuestros cuerpos, sentir ese vientecillo acogedor cuando gozamos y hay una alegría perversa en nuestro ser, como me sucedió al escribir dos libros, dos nada menos, a los que yo les digo novelas cuando en realidad son catarsis, testimonio, biografía y venganza.

Recuerdo que una vieja enamorada se molestó conmigo porque leyó el manuscrito de mi segunda novela y casi me la tiró en la cara, enfurecida, alegando que en ella hablaba de un romance entre su mejor amiga y yo. Obviamente, indignado, negué todo y reclamé que ponga en tela de juicio mi capacidad creativa, pero en el fondo gocé paladeando que haya advertido todo y que haya conocido más de mi pasado clandestino.

Hay que regalarse un poco de placer, y el momento adecuado es ahora, ahora o nunca, pensemos, pues el mañana siempre será una ruleta rusa. Y, al final, una frase que me encantó y conmovió “hoy puede ser el mejor día de tu vida, si así lo quieres”.

sábado, 12 de marzo de 2011

Hasta el fondo.

“¿Por qué las vidas se complican?, ¡se joden!, ¡se atrofian!, ¿por qué todo, para poder ser, debe ser complicado?”, piensa Ramirito mientras observa alunado la oscuridad de la calle.

-¡Salud, pues, hermanón! –le dice Pichicho-, no me deje usted con la mano extendida –le añade alcanzándole el vaso descartable lleno de capitán.
Ramirito recibe el vaso e intenta terminarlo de un sorbo. No puede, languidece a poco más de la mitad, el capitán está fortísimo.
-Me quieres tumbar, Pichicho, el trago está muy fuerte. Si no te conociera pensaría que me quieres violar.

Ambos se ríen y luego Pichicho se excusa diciendo que la gaseosa quedó chica, que muy cara la cocacola de dos litros, que mejor así, que quiere emborracharse.

Ramirito termina de secar el vaso descartable en medio de aquél parque desolado donde yacen arrellanados y extrañamente cómodos, donde se han dado cita como todos los viernes desde que se conocen.

-Faltan flacas –aventuró Ramirito, algo desolado.

-Lo de siempre, pero sí pues, con este trago podríamos emborrachar al toque a un par de hembritas. Tú sabes cómo se ponen las hembritas con el ron, les da por abrir las piernas.

-No todas –replicó Ramirito-, una vez conocí a una, Vanesa, la llevé al Rendal y le pedí cubalibre tras cubalibre, y la muy zamarra se los bajaba en una, sin roches, tomaba y no caía, recia para el trago.

-Pero, ¿era de avance?, al menos se picó y agarraron rico seguro –dijo Pichicho.

-Las huevas, no te digo que era recia, después de no sé cuántos tragos seguía igual que al comienzo, y sólo sabía hablarme huevadas: que su familia esto, que su trabajo aquello, que su ex era un idiota, que no quería bailar porque estaba con tacos y le dolían los pies.

-Pendeja, esa clase de hembritas sólo le hacen daño al bolsillo de uno –aventuró Pichicho.Ramirito se sirvió un vaso más de trago, lleno, hasta el tope. Pichicho se mató de la risa.-Feliz día, hermanón.

-El 2012 se acerca, hay que chupar rápido –bromeó Ramirito-, chupa, come y tira como loco, Pichicho, que nos queda un año antes de que los conchudos de los mayas tengan razón y nos vayamos derechito a la misma mierda.-Estás creyendo.

-Más vale prevenir, Pichicho, no quiero que el apocalipsis me agarre frio y con la pinga en reposo. Por lo menos, hasta entonces, me voy a levantar a todas las hembritas que pueda, sin discriminar, seré más efectivo que el incomprendido Rochabus.

Pichicho se rió exageradamente, dando algunos aplausos para acompañar la carcajada. Ramirito terminó el trago y le pasó el vaso a su acompañante.

-tú cuándo no –dijo Pichicho-, ¿qué y vas a dejar a la Micaela entonces?

-Ya no estoy con esa imbécil, la terminé el otro día, mucha huevada ya.

-¡Hablas huevadas!, ¿qué de verdad? –preguntó Pichicho.

-Era un hipócrita, se creía la muy bohemia cuando en verdad era una resentida, además la familia me odiaba, el manganzón del papá, la arrecha de la mamá, la cojuda de la hermana, siempre la estaban poniendo en mi contra.

-Ya cuando la familia se mete es una mierda –colaboró Pichicho, haciendo un rictus de asco mientras se metía de un sorbo el trago-, Pero mejor, está bien que la hayas terminado, te he visto con mejores.

-Sí, pero eso me pasa por meterme a jugar al enamorado. De ahora en adelante relaciones libres, cero saliditas al cine, cero agarraditas de la mano, cero “te amo, amorcito, como tú no hay dos” –dijo, obstinado, Ramirito.

-Salud por eso, hermanón –se alegró Pichicho, levantando su vaso descartable-, ya sécate lo que queda de pico nomás, hasta el fondo –añadió para su amigo, señalando la botella casi vacía.

Ambos engulleron el capitán sin dar tregua a descansos. Terminaron y se rieron, y comentaron que qué fuerte estuvo el trago, que las mujeres de mierda cómo lo hacen tomar a uno, que vamos a la licorería de Javier Prado a comprar otro capitán.

En la oscuridad de la noche, Ramirito y Pichicho caminaron en vilo, perdiéndose entre la neblina que difuminaba las casas, preguntándose cómo no encontraban un par de hembritas para chupar mejor.

domingo, 30 de enero de 2011

Kraken.

Es de noche, es de un sábado, ¿y qué más da?
Estoy en un lugar, secuestrado, al cual no pertenezco ni por asomo, mira, ni un poquito. Estoy acá secuestrado, casi desnudo, con un pantaloncillo de algodón y un polo gastado. Me siento un judío en pleno nazismo. Diablos, y estoy algo excitado, no de la manera habitual claro está, sino porque he ingerido cosas proscritas. Diablos. Cosas inmencionables.

Antes de seguir, aclaro y reaclaro que no estoy excitado de la manera habitual (o “in the good way” como diría el gran Julián Marley), es decir con la cabeza caliente, o más bien como un “hot dog”, o sea, un perro caliente. Perdón por el mal chiste. Pero es que hace mil que no me caliento bien bien, ya saben… ¡bien! O mejor dicho, no tengo a nadie que pueda realizarme ese simple trabajillo.

Sí, no tengo a nadie, porque si tienes a alguien pero no te sirve, entonces no tienes a nadie, ¿no? ¿O es acaso que éste, su humilde servidor, miente? ¿es acaso que si uno no siente la pasión que debe sentir, se debe quedar callado?, ¿calladito la boca? No, no, no, eso jamás. Las cosas se dicen y hoy yo digo esto.

Por Dios, pasé por el espejo, me vi, y no pude dejar de pensar: “coño, qué borracho estoy”, y me cagué de la risa la verdad, porque hoy, en esta noche crápula, he hecho muchas maldades (más de todas las maldades juntas que hice en mi vida) y estoy por encima de la culpa, tanto así que me da cero pesar escribir y contar mis ya varios pesares, en este, mi sufrido blog, el cual tiene lectores muy contados y agresores incontables.

By the way. Hoy leí un par de mails que me alegraron el estío. Un mensaje de facebook de un ex amigo. Una llamada de mi padre. Y un mensaje indescifrable (pienso yo que era un virus) de una persona que, intencional o casualmente, siempre está presente en mi famélica vida (aunque sabes que esta vez fue intencional, ¿no? Sabes que hablo de ti y que recibí ese correo espurio de facebook que me mandaste a manera de postal: Chica suave, chica sutil, te admiro y te quiero por eso).

Busco el encendedor y no está. La piedra en mi zapato me lo ha escondido. Malvada, eres como eres, y por eso para mí quererte es una utopía (una que no me interesa cumplir, por cierto). Tengo a mi diestra la botella a medias de Appleton, pero no tengo gaseosa, ni nada para mezclar. Y, Dios, yo no tomo trago solo ni a cojones, yo puedo aparentar ser un bohemio mal pero por dentro soy un niño boy scout de la parroquia Vianney.

Sigo secuestrado, caray, me quiero largar de acá. ¿un taxi a mi casa? ¡Ni cagando, no tengo plata! ¡Ah, ya ves, eso te pasa por no trabajar, eso te pasa por dedicarte a vender libracos! ¡Hey, hey, hey, no arranquemos con lo de los libros, aunque no me creas nada, soy feliz escribiendo de madrugada, publicando libros menores que ni mis allegados leen, y ganando algunos sufridos soles a modo de propina por ser escritor… ¡no me jodas, no me critiques, ya pareces esa gente de mierda que habla de lo que no sabe, tipo el papá de Valeria, que me criticó por dedicar mi tiempo a tratar de ser un novelista.

He hecho un alboroto de la gran puta esta noche. Si escuchan mi nombre en los noticieros, pues, no me quejo, hoy fui un criminal, un bandido, y me encantó. Pero tranquilos, no he matado a nadie, tampoco creo haber dañado o lesionado a alguien, yo no soy así, yo soy paz y amor (y venganza) y soy lo suficientemente sutil como para cobrar mi vuelto sin hacer un show… pero igual, hoy fui un hijo de puta.

Si me da el tiempo te llamaré y colgaré.

Por último, gracias a los amigos que he granjeado desde hace años ya… por haberse alejado de mí y ahora no ser más que un recuerdo graciosón. Gracias a la linda Valeria por ser una energúmena sin gracia. Gracias a Thomas Mann por escribir La Muerte en Venecia. Gracias a esa chica linda que veo de vez en cuando en el supermercado, y a la que le tengo unas ganas endiabladas, y más aún porque ella también me tiene ganas, lo sé, no soy pedante, sólo lo sé. Y gracias a la vida, que me ha dado tanto (aunque hoy: no una escapatoria).

sábado, 10 de abril de 2010

Trovador de recamara.

Carla me llama al celular y me pregunta si estoy disponible para hacer algo. En un principio, la idea de verla me entusiasma demasiado, me emociona. De inmediato le digo que sí, que venga a buscarme para hacer lo que ella quiera –o lo que ella me deje hacerle. Ella me dice que vendrá a verme y, en efecto, a la tarde llega a casa y me sorprende con una botella de ron en la mano. “Para amenizar”, me dice.

El ron que trae Carla es de una marca considerablemente cara, sin embargo, poco me interesa que el suyo sea un trago caro, yo hace tiempo que le agarré alergia al ron: me da asco, me pone pensativo, me da resaca. Sin embargo, no le digo nada a Carla y finjo que disfruto cada vaso de ron con coca-cola que me sirve con hielo y cada cinco minutos.

El ambiente se va poniendo medio cagón: el ron me sabe horrible, siento que me empieza a doler la cabeza y que la libido se me está evaporando, y, además, Carla ha empezado a hablar como una lora, contándome cosas de su carrera y sus clases y sus compañeros y los cursos que está llevando en una casona mal pintada a la que alegremente llama universidad.

Como es predecible, el trago y la plática de Carla me bloquean y me embriagan y me dejan como un reverendo idiota, así, alunado, viendo a la nada. Luego mi acompañante deja de hablar y le sube el volumen al equipo de música y se arranca a bailar y a corear a Tego Calderón, mientras trata de besarme porque ya está borracha, y mientras me azuza a manosearla y desearla, y mientras yo pienso “oye, déjame en paz un toque, que el ron insípido y tu actitud fatua ya me llegaron al pincho”.

Me siento ofuscado, deprimido, ansioso, colérico, melancólico, pensativo, alunado, y todo lo resumo con una mirada perdida y con una postura silente. De pronto atisbo mi guitarra, que está a unos pasos nada más; la veo y siento ganas de tocar, siento ganas de cantar algo, lo que sea, de liberarme con ayuda de la música. Entonces le digo a Carla si quiere que le toque algo. Ella asiente y acepta entusiasmada, o fingiendo entusiasmo, y yo me arranco a tocar algunas de mis menos malas canciones.

Carla me escucha con creciente histrionismo y finge que le gustan mis canciones –ya saben que cuando uno chupa puede ser más hipócrita de lo esperado-, y luego me mete un agarre después de que yo le miento diciendo “esta canción la escribí para ti”, y mientras pienso ¡si las musas inspiradoras cobraran derechos de autor, mi deuda sería inenarrable!

Tras una retahíla importante de temas varios que le toqué a Carla, noto en ella un rictus inescrutable, un mohín algo exhausto, una mueca de “oye, ya cánsate, pues”, y notar eso me enfada y me frustra y me llega profundamente al pincho porque yo estoy tocando lo mejor que puedo y recitando mis letras lo más prolijo que soy capaz. Así que “te la comes”, pienso, y sigo tocando sin importarme sus gestos de chica coquera.

Me arranco a tocar una canción más, la cual tiene un coro que escribe la palabra “olvidar”, y eso fue el detonante de la noche, la oportunidad de Carla y mi declive como trovador de recamara. Carla se acerca a mí y, sin importarle que yo estoy desprevenido tocando mi cancioncita, arremete en mi contra propinándome una dolorosa bofetada, haciéndome, obviamente, dar un brinco y dejar de raspar las cuerdas.

¡¿Qué te pasa?!, le digo, ¡¿estás loca?!, añado. “Loco eres tú, por tocarme una canción del olvido, cuando yo estoy aquí, junto a ti”, alega ella. “¿Qué mierda hablas?, ¿qué tiene que ver la canción con nosotros?”, digo exaltado. “Eres de lo peor, un canalla, un hombre sin sentimientos”, dice ella, ebria, con marcado acento etílico. Y yo entiendo que todo ese espectáculo deplorable lo hace porque, en vez de tirármela, me puse a tocar guitarra y a cantar, y, claro, no encontró mejor manera de callarme que con su despecho.

Le digo a Carla que se largue y que se meta su botella de ron al culo. Ella me dice que soy una mierda, un cagón. Le digo que sí, que soy todo eso y más. Ella se va resentida, odiándome, prometiendo nunca más volver. Y yo regreso a seguir tocando mis canciones, cavilando y deseando encontrar a alguien diferente, alguien con sensibilidad, alguna chica más parecida a mí porque ya estoy harto de las chiquitas puteriles y pizpiretas y universitarias.
Algún día llegará. Lo sé. Una vez llegó y, en el peor acto de mi vida, la dejé ir.

lunes, 15 de marzo de 2010

Tú lo eres todo.

Doy un paso más sobre la autopista angustiosa, sobre el asfalto desolado, sobre esta madrugada incipiente. Miro en derredor y un vacio me angustia, y un vacio me conmueve. Cada paso es más profundo, más significativo, cada paso me aleja de ti y es por eso que cada uno es más intenso que el anterior, porque magnifica tu recuerdo, porque me hace recordar lo maravillosa que eres.

Tus calles, que voy dejando atrás, lucen vacías, no hay autos, no hay personas, no hay vida. Es tarde, lo sé, me lo dijiste antes de partir, por eso tuviste la generosidad de darme dinero para un taxi. ¿Otra prueba de amor?, ¿otra prueba de cariño?, no sé, dímelo tú, yo no tengo palabras para describirlo.

Sigo alejándome y las pinceladas de tu cariño se acentúan sobre el lienzo protervo que es mi alma egoísta; se acentúan y se enhiestan pronto, más y más, hasta impregnarme de tu candidez, dulzura y afecto, hasta erigir mi lienzo vacío en uno desbordante, en uno colorido, en uno que no puede ser el que yo logré por mis propios medios.

Tengo tu sonrisa rondando por mi memoria, tu sonrisa pueril, tu sonrisa que no es una sonrisa común, que es más bien un mohín único, un rictus sin igual que encanta, que me encanta, que te hace encantadora. Tengo esa sonrisa que aventuraste cuando nos despedimos, la que atrapé agazapado, cuidando que no me descubras, me la guardé cuando te inmortalicé con la mirada en un instante, en el instante preciso, cuando tú te reías.

Elevo la vista y atisbo nubes violáceas, cielos azules, rojos, púrpuras; creo estar viendo mi interior. En la mente trato de retrucar por tanta angustia, por tanto sin sabor, por tanta mierda que me conmina. Pero tú sabes, no eres tú, soy yo. Me detesto, me odio, me asqueo por equivaler decepciones, por significar incertidumbre, por sugerir acanallados sentimientos. Y luego la pregunta de siempre, ¿qué diablos hice para merecerte?

Trato de cerrar los ojos y no pensar en nada, estoy aturdido, camino a paso firme como un ciego que se guía por puro instinto y convicción. Cuando todo está oscuro es que algo melifluo me susurra, musita ante mí, es tu voz, la reconozco de inmediato. Me saludas, me pides un beso, te ríes conmigo. Luego me preguntas si te quiero. ¡Claro que te quiero!, te quiero de forma impensada, y sin embargo, no es lo suficiente, no es lo que merece alguien como tú, no lo es ni un poquito.

Un taxi dobla en la esquina y se acerca a mí apuntándome con las luces de sus faros. Lo siento, lo veo, me ciega la luz. A duras penas extiendo una mano y hago frenar al automóvil. Hablo un par de cosas con el conductor, negociamos un poco. Luego me encaramo en el carrito, cierro la puerta y me pego al cristal de la ventana. Veo tus calles pasar rápidamente ante mí y luego tú lo eres todo.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Lo que sé de él.

Sé muchas cosas sobre él, ahora estoy convencido de ello, y en el fondo me da gusto porque no fue una tarea fácil entenderlo y comprenderlo, ambas cosas a la vez, pues Ramiro es un tipo complejo, más de lo que aparenta, mucho más de lo que cualquiera creería. En esta madrugada fría te recuerdo, Ramiro, y te recuerdo porque tengo tus palabras en la mente, tus ideas en mis ideas, tus convicciones en las mías.

Ramiro es un tipo ladino, es un avivado camuflado en el rostro pueril de un tontuelo, un sujeto que advierte las cosas con presteza. Siempre me pareció que vivías en el futuro, que existías minutos adelantado en el tiempo, pues siempre reconocías cada situación que te tocaba y cuando llegaba a ti tenías varias soluciones a la mano. No tardabas nunca en afrontar las cosas como un perito; tu maldita inteligencia, eres más listo de lo que das a entender.

A propósito de la inteligencia, malvado narcisista, siempre te ufanas porque sabes que los demás no te entienden, que los comunes mortales no captamos tu ironía al hablar, que no notamos que nos estás ninguneando con tu sarcasmo agudo y viperino; y tú sólo te ríes cuando los demás te guardan cariño por tu perspicacia, la misma que te sirve para dejarlos despanzurrados en el lodo del oscurantismo.

Hey, Ramiro, querido, Ramiro el hipócrita, Ramiro el mitómano, Ramiro el de los cuentos alucinados; te soy sincero, nunca conocí a un mentiroso tan encomiable, a un urdidor de fabulas tan pero tan perfecto que a uno lo hacías dudar hasta de su propia existencia. Ramiro, no me dejarás mentir, eres un falso de cuidado, pues cada paso que das es una movida de maestro ajedrecista, todo tiene un fin, todo busca algo, y perdona la analogía, se que odias el juego del tablero bicolor.

Recuerdo cuando hablábamos un par de cosas entrada la madrugada, mejor dicho, recuerdo que tú hablabas y yo te escuchaba atónito, maravillado porque se notaba –como tú siempre decías- que habías leído El Príncipe de Maquiavelo varias veces. Conspirador, maquiavélico. Recuerdo que me dijiste que no crees en el amor, pero que a tu enamorada le dices que la amas todos los días. Recuerdo que me contaste que temes publicar tu novela y que nadie te lea. Recuerdo que admitiste que extrañas endiabladamente a tu alma gemela, y lo bien que la pasaban juntos. Recuerdo que dijiste que te causaban gracia las facciones étnicas de los amigos de tu banda cuando tocaban sudorosos. Recuerdo que, conmovido, prometiste cambiar cuando te canté Slumdog, la canción que te escribí.

Ramiro, lascivo, te duele el no encontrar amor en tu alma, te jode no enamorarte de una vez por todas de alguna chica bien parecida, como cualquiera lo haría, como las parejas de telenovela. Pero eso no puede ser para ti, lo sabes, y no hallas enamorarte porque el amor lo tienes racionado en pasiones que duran una noche o un par; o, si acaso, en largos meses si es que el sexo es bueno.

¿Sabes que eres vengativo?, lo eres, tú no perdonas, tú no sabes pasar por alto las felonías, no señor, y sé que no tendrás la frescura de negármelo, ¡a mí no! Y si no recuerda la vez que fuiste con tu chica a aquella discoteca apestosa y, tras varios vasos de cerveza, notaste que ella estaba flirteando agazapada en tus brazos, llena de mohines y miradas. ¿Por qué no la perdonaste, Ramiro?, ¿por qué la engañaste una vez más sacándole la vuelta, haciéndola pagar algo que, quizá, sólo ocurrió en tu imaginación de borracho?

Ramiro, chico listo, chico que escucha Cuando nadie me ve de Alejandro Sanz y la canta a voz en cuello porque también eres otra persona cuando nadie te está viendo, eres todas las personas con las que estás, eres todos y nadie, eres tú pero a veces también eres alguien que no reconocería jamás. Hoy te recuerdo, Ramiro, recuerdo tu prontuario y te saludo con estas líneas que seguramente odiaras cuando estés sobrio y las leas, porque te he desnudado, porque he dicho lo que tú nunca podrás decir.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La búsqueda de la tranquilidad

Cuando llegué hace un par de días, lo hice con temor y dudas, temor porque a un diagnosticado de ansiedad generalizada todo le causa miedo, y con dudas porque yo siempre dudo y porque esa playa era casi un desierto en medio de una provincia silente, un lugar alejado y con menos gente de la que veía en el ostracismo de el bunker en San Borja, del encierro que me causó el mal, de la soledad que me enfermó.

La playa es preciosa y la casa donde estoy queda a unos pasos de la orilla. Duermo escuchando el mar y me levanto aún oyéndolo, aún sintiéndolo, aún susurrándome una calma que pensé no existía más. A propósito del mar, este mar es de aguas impecables, diáfano, de una pulcritud extraña para ser una playa peruana (tipo esas playas sufridas de la Costa Verde, donde hay más basura que gente y donde la gente prácticamente nada en basura, pero bueno, playa es playa y como no hay plata para ir al sur bajemos a la pujante Costa Verde, aunque sea un nido de ratas).

En la casa (que está cerca al mar y a la que me gusta llamar La Jato de la Beach) tengo de todo, tengo una laptop donde puedo escribir y tengo una guitarra con la que puedo tocar, fuera de el resto de cosas, esas dos significan todo para mí: la vida es bella si puedo escribir y tocar. Además, tengo el mar como una sombra bienhechora que me secunda en mis quehaceres amados, lo cual le da a todo un cariz inspirador, tú me entiendes, las ideas fluyen sin rémoras, salen pías, sin las contaminaciones de una vida premurosa.

Entrada la tarde, cojo la guitarra y camino unos pasos cerca al mar, luego me arrellano en la arena y me arranco a tocar y tocar por horas, cerrando los ojos, escuchando que todo fluye, sintiéndome brioso, sintiendo las olas formarse y estallar, sintiendo las gaviotas pululando, sintiendo la guitarra recordando mis canciones, sintiendo que puedo estar fuera de Lima, sintiendo que puedo vivir aquí sin ningún problema, y todo es una experiencia que jamás pensé vivir y que le da sentido a mi existir, es como que el destino urdió las cosas que me pasaron para terminar aquí.

En los conciertos diarios que le ofrezco al mar, me es imposible no interpretar una canción que escribí tiempo atrás y a la que acertadamente titulé Adusto Mohín, la cual habla de los sueños que se nos van, de las ilusiones que se nos desmoronan, es como cantarle a la melancolía, la melancolía de lo que quedó en el hubiera. Entonces todo es un desfogue insigne y liberador, y cuando la canción termina las melodías se van y se llevan mis penas y luego todo está bien, extrañamente bien.

En las noches el cielo es oscuro y estrellado en la playa, el mar sigue cantando para mí y sólo para mí, lo puedo escuchar desde la alcoba, lo escucho con claridad mientras escribo como un orate una novela más, una novela que me sale del alma porque no me interesa publicarla, no me preocupa si alguien la lee o si alguna editorial se fija en ella, sólo me preocupa que refleje lo que quiero contar, lo que quiero decir, por eso me encanta, por eso será mejor que las dos anteriores.

Las cosas aquí son inmejorables, me encantan, no las quiero cambiar. Por eso recomiendo redobladamente la búsqueda de la tranquilidad, sea donde sea, siempre habrá algún rincón destinado para esa noble tarea, la de procurarnos solaz. No te aflijas por no ser famoso, eso nunca trae nada bueno. No pierdas tu tiempo formando una mal llamada banda de rock, tú sabes que esa empresa no pasara de tocar para tus amiguitos, de vender entradas para que te vean tocar, de creerte músico porque tocas en los pujantes pubs de nuestra Lima querida. No te frustres tratando de vender libros y de ser el siguiente Gabo, no te castigues así, no escribas para la fortuna, el truco es escribir sobre lo que la fortuna te propinó alguna vez. Por eso tómalo con calma, anda tranquilo nomás, experimenta hacer música de tu vida para la vida, trata de escribir lo que te plazca sin medirte, sin censurarte, y haz esas cosas que te gustan por ti y para ti que no hay nada mejor que eso.

martes, 10 de noviembre de 2009

Visita al psiquiatra.

Cuando me arrastraba cual reptil herido por los suelos del depa, supe que debía aceptar que necesitaba ayuda, que no era normal verme reducido a escombros tan a menudo, tan seguido y de manera gratuita; porque sin chupar o drogarme, me sentía como si lo hubiera hecho y en exceso, entonces fue por eso que le hice caso a papá y a Valeria y a la psicóloga que me atendió la última vez: debía visitar al psiquiatra.

Como soy un esquilmado convicto y confeso, tuve que dejar que Valeria me preste dinero para costear una consulta en una clínica; ella me llevó a un nosocomio decente y sacó una cita para la tarde y pagó una escandalosa suma de dinero por esa empresa, y la pagó billete tras billete, en one, sin reparos ni tacañerías, la pagó porque me quiere y por ayudarme, y la pagó a pesar de que, yo sé, ella sabe que quizá nunca yo le pague a ella.

En la sala de espera había mucha gente, muchos pacientes esperando impacientes por ser atendidos, ¡cuánto loco, caray, quién lo diría! Todos esperamos a que nos llame el doctor o su enfermera que, a propósito, está bien rica y bien provocativa esa chata, y yo la miro con ganas y luego, cuando miro a otro lado, recuerdo toda la mierda que tengo en la cabeza y entonces sólo encuentro ganas de morir.

La enfermera me llama y yo doy un respingo y camino hasta el cuartito donde está el doctor. Valeria me mira con una sonrisa y me dice “suerte”, y yo la miro con gratitud mientras camino ensombrecido. Una vez adentro, veo al honorable psiquiatra, que es un chino como casi todo en esa clínica, es un hombre pequeño y viejo y parece más alunado que yo, parece un paciente más el muy asiático. Tomo asiento frente a su buró y arrancamos a hablar.

Qué te trae por acá, me pegunta y no me lo pregunta con complicidad, sino más bien como aburrido, como cansado de atender a tanto confundido. Yo le hago un resumen de mi vida, un compendio de mis principales problemas (que no son pocos), y trato de no obviar detalles, confieso todas mis abyecciones como cuando era niño e hice la primera comunión, y contrito le confesé al padre que me gustaba masturbarme.

El psiquiatra no me hace mucho caso, apunta algunos firuletes en una hoja de papel, luego espera a que termine de hablar (y debo resaltar que no se sorprendió de nada de lo que le conté, bien open mind el doc) y me dice: vas a estar bien, los males físicos que sientes son producto de tu mente, de tus nervios. Yo me alegro de saberlo, le digo que es un alivio enterarme de eso. Él me dice que este tema debe tratarse con pastillas, entonces va y rebusca en una vitrina que tiene por ahí y me alcanza dos cajas de medicamentos.

El psiquiatra me dice que debo tomar pastillas en la mañana y en la noche, religiosamente, me explica que son para la depresión y para el sistema nervioso. No me gusta la idea, pero acepto nomás, no me queda de otra, no quiero seguir padeciendo. Mientras el doctor me escribe su diagnostico, yo escudriño en las indicaciones de las tabletas que me ha dado, veo los efectos secundarios, y entre tantos, uno me escandaliza: perdida de la libido.

Entonces imagino lo peor y siento que esas pastillas van a ser un error, porque yo prefiero mil veces estar cagado pero con la pinga enhiesta y ansiosa, que sano pero con la zona urogenital en reposo y a dieta. Entonces, no señor, así no es; le pregunto al doctor si esas pastillas me van a mutilar, y él me dice que no me preocupe, que todos los medicamentos tienen efectos secundarios y que la mayoría son sólo una mínima probabilidad.

Sin que termine de convencerme su respuesta, el doctor sigue arremetiendo contra mí y me dice que el tratamiento durará seis o siete meses, que debo tomar las pastillas todo ese tiempo y que, por siaca, joven, no puede usted tomar licor ni fumar ni drogarse. Yo me rió ladino, como diciendo “buena esa, doc”, pero el doctor no se ríe, sigue serio con su cara de antiguo samurái y yo pienso: putamadre sólo falta que este tío me mande a buscar chamba.

El psiquiatra y yo nos despedimos, me dice que debo verlo mensualmente y me dice una vez más que voy a estar bien. Yo le doy la mano y trato de convencerme de que puedo ser felíz sin todo lo que tengo prohibido, porque mi estragada salud me pide una mano, porque no me quiero extinguir en el corto plazo. Y entonces salgo con las pastillas que deberé tomar cual flaca con sus prudentes anticonceptivos, y pienso “para qué me habré reído y disfrutado de no ser mujer, cuando veía flacas tomando sus pastillitas para no quedar encinta. Es el karma, es el karma”

domingo, 25 de octubre de 2009

Las noches y los cambios.

Leonardo, Diego y yo llegamos a Miraflores entrada la madrugada, pasaban de las tres, los pubs y discotecas ya estaban en muere, había mucha gente por ahí haciendo hora en el parque Kennedy o por la mal llamada calle de las pizzas (que más parece la calle de las putas); parecía que las juventudes que pululaban por esos sitios desolados no querían que la fiesta se termine. Y bien por ellos, mis amigos y yo estábamos en las mismas.

Nosotros nos veníamos de una reunión más o menos nomás, una reu que terminó temprano y de la cual nosotros nos afanamos un ron con coca cola, fieles a nuestro estilo, pero es que el trago no se desperdicia, chicos, y mientras hay trago la noche es joven. Así que le dije a Leonardo que se guardé el trago y él, tan diligente, lo hizo con maestría y concha y por eso ahora estábamos en el Kennedy con un trago y con ganas de seguirla.

Yo, porque me creo enfermo o porque soy un hipocondriaco mal, hace mil años que ya no tomo, trato de no ingerir licores, pienso que si sigo chupando como solía hacerlo terminaré incinerado muy pronto (porque a mí me incineran, ¿ya?, no me entierren), entonces no bebo, pero eso no quiere decir que no me guste parrandear o flirtear o estar con mis amigos; por ello, estoico, salgo de noche y pongo plata para el trago y opino sobre qué trago se debe comprar, pero no tomo, sólo lo hago en un afán de contribuir con la gente y mi juventud.

Leo, Diego y yo nos arrellanamos una de las bancas del Kennedy y ellos se ponen a chupar en vasos descartables, y los tres nos ponemos a atisbar a las hembritas ricas y putonas que salen caminando en vilo de las discotecas de la calle de las pizzas; hembritas que estarán borrachas hasta las manos, pero que están harto comestibles y que nosotros miramos con fruición, porque las muy pendejas se ponen a hueviar por el parque moviendo el culo bien apretadito en sus jeans, listas para los trajines de una aventurilla de una noche, de un choque y fuga como dice por ahí la lumpen.

Vemos desfilar, con creciente atención, a no pocas flacas muy cerca de nosotros; los tres nos animamos a abarcar a algunas o a todas o a las que atraquen o a cualquiera porque la cosa es chupar, agarrar y manosear, siempre y cuando no sean chicas feas, y cuando digo feas me refiero a féminas realmente cero agraciadas, porque para que un pervertido como yo y un par de borrachos como mis amigos digamos que una chica es fea, pues, es porque es realmente un arácnido grotesco, una retropatada en la zona urogenital.

Los chicos urden planes prometedores para abarcar flacas, para florearlas, para decirles que tenemos un trago y que nos acompañen a chuparlo, para decirles para ir a tu depa pues, Marquito, en tu depa la hacemos. Y yo les digo que bacán, que sale. El problema es que mis amigos, en todos los planes que tienen, quieren que sea yo el que les hable a las chicas, el que les haga la invitación, el que pase el roche se podría decir. Yo les digo que no, que lo hagan ellos. Ellos me dicen que si algo bueno tengo es que puedo florear (o sea hablar mierda de manera convincente) y que siempre he sido yo el que abarcaba a las flacas en los tonos, me recomiendan que no olvide esa costumbre. Yo les digo que eso era antes, hace meses, cuando salíamos más seguido. Entonces ellos toman mi actitud con asombro, creen que arrugué, no ven en mí a su amigo de antes y Diego me dice lo más sensato y coherente y cierto y desahuevador que me han dicho en mucho tiempo: Has cambiado, antes eras más avezado.

Mientras mis amigos babeaban viendo a las flacas a las que no se atrevían a hablarles, yo sólo podía pensar en que realmente he cambiado, ya no tomo, ya no lanzo, ya no voy a fiestas, ya no gileo hembritas, ya no hago ninguna de esas cosas a las que extraño en hermético silencio y que me han mudado a ser un pata tranqui nomás, un patín con un historial execrable que ahora se la pasa escribiendo y filosofando de la vida con royos existenciales, y entonces estoy así, pensando y repensando en esa banca del Kennedy, hasta que tres chibolas, ricas para qué, se sientas en la banca continua, y yo les paso la voz a mis amigos y, a la mierda, me paro y les voy a hacer el habla para demostrarme que soy el mismo, que todo sigue igual.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Sólo piensa.

Ramiro enciende la laptop y hace crujir sus nudillos, se alista para escribir, para retocar la novela que ha terminado. Pasa largos minutos arrellanado en el sillón, viendo la pantalla de su ordenador en blanco; no tiene ideas, no sabe qué aportar. Sólo piensa.

He adelgazado, se dice, mirándose el abdomen, algo de bueno me dejó enfermarme casi un mes, al menos me deshice de las adiposidades que me conminaban a usar ropa ancha, cual reggaetonero.

Cuando me enfermé, la única persona que estuvo conmigo fue Andrea, soportarme cuando mi existencia se vio reducida a escombros, es una de las grandezas más sublimes que he visto y veré.

Andrea merece a alguien mejor, así como yo merecí enfermarme por ser una mala persona con ella, con ella que es tan buena conmigo.

Ramiro mira en derredor, como buscando ideas: no se me ocurre nada, se amarga, no sé para qué pienso tanto, no sé para que le dedico tanto esfuerzo a una novela que nadie leerá, se frustra.

¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Valdrá la pena haber ninguneado mi bachillerato de la universidad para dedicarme a escribir? Desde que empecé con esto hay algo que no he parado de ganar: críticas desdeñosas, los absurdos de siempre, piensa.

Finalmente, creo que mi motivación es darles la contra a todas las personas que solo saben hablar mal, escribir si ellos no quieren que lo haga; y, si acaso, con alguna fama futura, taparles la boca y reírme de ellos.

Ramiro recuerda cuando, una vez hace tiempo, una amiga suya le alcanzó un cuaderno y le pidió que le dejara un recordatorio con su firma, “para que cuando seas famoso tenga pruebas de que fuiste mi amigo”, le dijo ella. Ambos se rieron, y Ramiro pensó que en la vida aún hay gente que cree en la gente.

Creo que ahora tengo más enemigos que amigos, o más opositores que partidarios, piensa.

Ramiro recuerda al ganapán que le jugó sucio hace unas semanas, haciendo una serie de movimientos pueriles para evitar que su banda toque en un concierto de sábado en la noche. Lo recuerda porque ese sufrido sujeto intentó también hackearle unos correos días atrás, demostrando que no cuenta con una vida muy entretenida. Ramiro sintió pena por aquel hombre con alma de anciano.

Siento una extraña paz en mí, piensa él, la atribuyo a que ya no uso celular.

No me quiero cortar el pelo ni afeitarme la barba, cavila, me gusta esa imagen decadente y lumpen, sibilina y misteriosa; todas esas cosas que no soy.

Hay pizza en la refri, se recuerda, lo mejor de vivir sólo es que las decisiones no se debaten, y si quiero almorzar pizza congelada, pues lo hago y ya.

Ramiro no ha logrado escribir ni un ápice, a veces pasa, suele suceder que uno se encuentre obnubilado. Entonces, obnubilado y con hambre, apaga la laptop y se dirige a la cocina, a ejercer su dictadura.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Los tristes finales.

De lejos, y como es sabido por toda la sociedad bohemia y fiestera, la peor parte de las reuniones, francachelas, saraos o chupetas, es la mañana siguiente, la cual llega acompañada de la temible y famosa resaca: esa nube negra que se posa sobre las cabezas de los trasnochados anegados de alcohol, y que te somete a insufribles dolores y pesares, a ingobernables arcadas y dolores de cabeza, a hacerte jurar que “esta es la última vez que tomo, por Dios”.

Hoy, este domingo gris y feo –como son todos los domingos en esta ciudad–, estoy tirado sobre mi cama, despeinado y ojeroso, desnudo y adolorido; sintiendo que todo me da vueltas, tanto con los ojos cerrados como abiertos, y sólo me sujeto fuerte al colchón y maldigo mi suerte.

Deben ser las tres o cuatro de la tarde, no lo sé ni me importa, sólo tengo en la cabeza la vaga idea de ponerme de pie e ir por algunas pastillas para mitigar mis múltiples dolores; lo lamentable es que esa idea no es muy fuerte, o quizá yo soy muy débil, lo cierto es que no me paro, me quedo tendido en la cama largo rato más.

Reptando, voy al baño y vomito la vida en el pobre inodoro, que cumple con estoicismo la difícil tarea de aguantar todo lo que chupé el día anterior, sólo que procesado y fusionado con bilis. Luego hago algunas abluciones y me echo bastante agua en la cara, mientras el espejo me devuelve la imagen de un joven mediocre de ciudad mediocre de país mediocre; me devuelve la imagen de un joven como tantos en el mundo.

Tengo un pequeño botiquín en el dormitorio, donde almaceno algunas pastillas y remedios que seguramente ya expiraron, pues los traje de la casa de mis padres y en esa casa vivieron desde que tengo uso de razón. Igual, no me queda de otra, agarro una de las pastillas que es para el dolor de cabeza y me la tomo ayudado con un vaso con agua; me da asco la operación.

Recuerdo que alguien me dijo alguna vez, que lo mejor que se puede hacer cuando uno está con resaca, es seguir chupando. Me parece algo descabellado e ilógico, yo, de sólo pensar en más alcohol, se me revuelve el estómago y voy directo al baño con la urgencia de expeler ciertos químicos fermentados y constrictores.

Tomo jugo de naranja bien helado, y al hacerlo siento como todo mi diezmado interior se procura un alivio celestial; se apaga el incendio que llevo dentro por algunos segundos, hasta que sus llamas reviven subyugándome una vez más. Luego prendo la tele y veo Nickelodeon o MTV, tras unos momentos –en el mejor de los casos–, veo todo borroso, luego veo doble y a veces hasta triple, y entonces tomo más jugo de naranja y el círculo se vuelve a repetir.

Detesto la resaca y sé que ese sentir lo comparto con no pocos borrachines que hay en el mundo. ¿Saben cuál es la idea del millón de dólares? Dejar de inventar tanta pastilla para el dolor de cabeza o de barriga o de lo que sea, e inventar una pastilla anti resaca, que sea capaz de solucionar los tristes finales de las noches locas que nos alegran la existencia.

martes, 17 de marzo de 2009

La chica de internet.

Era una tarde cualquiera; estaba chateando amenamente cuando, de buenas a primeras, se me va el internet. Frustrado porque sin el Messenger y youtube no tengo nada más que hacer a esa hora, decido bajar a la calle y meterme a alguna apretada e incómoda y mouse-melosa, cabina de internet.

Casi llegando a un negocio de cabinas, a unos pasos de mi casa, veo que la dueña, una señora ya entrada en años, y conocida por ser bastante renegona, está conversando con una chica muy agraciada, que viste con ropas bien cortas y provocativas, lo cual me llama aún más la atención. Ambas conversan en la puerta del negocio, yo prefiero no acercarme, me quedo a unos pasos escudriñando a la linda chica; recuerdo haberla visto antes, nos hemos cruzado un par de veces, hoy la veo mejor que nunca.

La señora dueña de las cabinas le dice a la chica: ya pues, hijita, entonces en media horita vengo, me voy volando, por favor, no dejes entrar a nadie. La chica linda asiente con una sonrisa de niña buena y le dice a la señora que no se preocupe.

Ni bien veo a la vieja perderse volteando la esquina, e impelido por esos impulsos concupiscentes que tengo, me acerco al negocio y toco la reja con una moneda, no tarda en aparecer la chica voluptuosa de ropas cortas. Nos saludamos con un afecto extraño. Hola, una cabina por favor, le digo, haciéndome el tonto. No, sorry pero no puedo alquilar nada, la dueña no está, me ha dejado cuidando su negocio; me dice con un mohín demasiado sensual, con una vocecilla demasiado perturbadora. Muevo la cabeza, ¡caray!, le digo. Si fuera por mí te dejo entrar, pero la señora ha dejado cerrado con llave, me ha dejado encerrada acá, me dice ella mirándome a los ojos, invitándome a que la desee. Crispado sólo atino a decir: bueno, en todo caso regreso más tarde.

De regreso en casa, pienso que esa chica es demasiado, que está muy buena, pienso en lo rica que estaba con ese polito que le dejaba ver el ombligo, y ese short corto de jean. Luego pienso que fui un idiota al no haberme quedado en las cabinas haciéndole el habla a la chica. ¡Era mi oportunidad, era mi oportunidad!, pienso; además, esa chica me miraba con ganas, podría jurarlo. Entonces, obnubilado por el deseo, bajo de regreso a las cabinas, poco me importa hacer un papelón.

Llego y toco la reja, la chica linda sale otra vez. ¿Segura que no me puedes alquilar internet ni unos minutitos?, le pregunto. No, de verdad que no, estoy encerrada con llave, responde coquetísima. ¿Y qué pasa si hay un temblor o un incendio, cómo sales?, le digo. La chica se queda pensando un rato, no sabe que decirme. Sólo quiero mandar un mail, le digo, es cosa de unos minutos. La chica se ríe, me dice que está bien, que me hará pasar pero que no me demore, sólo porque pareces un buen chico, dice. Buena estás tú, pienso yo.

Después de hacerme el tonto por unos minutos, frente a una computadora, llamo a la chica –que está sentada a unos pasos-, y le miento diciéndole que no puedo entrar a mi correo. La chica viene y se sienta a mi lado para tratar de ayudarme. ¿Tú eres familiar de la dueña?, le digo, sólo por decir algo. No, vivo por acá, siempre vengo, la señora me tiene confianza, me dice. ¿Cómo te llamas? Pregunto. Melisa, me dice. Te he visto un par de veces por aquí, le digo. Sí, yo también te he visto, confiesa. Conversamos un poco, nos conocemos. Me doy cuenta de que Melisa tiene unos labios muy bonitos, unos ojos encantadores. Eres muy bonita, digo, arriesgándome. Melisa se ríe, juega con su cabello. ¡Qué rico hueles!, digo acercándome a ella.

Intento besarla, pero Melisa voltea la cabeza, mira a la calle a través de la reja de metal; sin embargo, no se opone a que yo continúe al acecho. Me aproximo más y me acerco a su cuello rosándola con los labios, ella no dice nada. Empiezo a lamerla un poco, a bajar algo más, a tratar de incursionar dentro de su escueto polo. ¡Qué rico!, digo musitando. Estoy casi en la gloria, cuando de pronto Melisa grita: ¡La tía! Y yo: ¿qué tía? Y Melisa: La tía, la dueña, ahí viene. Y yo: ¡La putamadre! Y melisa: ¡Vete ahorita, la tía está casi cruzando la pista! Y yo: ¿Estás segura? Y ella: Segurísima, esa vieja es inconfundible. Y yo: Te espero afuera, habla con la tía y sales.

Melisa me promete que saldrá a darme el encuentro; yo, corro a la reja, la abro, veo que la vieja viene caminando distraída, no creo que me haya visto, salgo disparado. Luego avanzo hasta la esquina y me siento sobre un muro a esperar. Unos minutos después, Melisa sale de las cabinas y camina hacia mí con una sonrisilla de chica rebelde, tan linda, tan osada; y yo siento que esa chica es para mí, me alegro de que se me haya ido el internet.

sábado, 24 de enero de 2009

El amigo amado.

Con Renato nos conocíamos algunos años, no muchos como para decir que todo una vida, pero sí un tiempo prolongado. Desde el principio, desde que lo conocí, supe que llegaríamos a ser grandes compañeros, él me cayó bien desde el primer momento, sobre todo porque siempre me seguía la corriente y se reía de las bromas tontas y lamentables que yo prodigaba.

Él era una persona muy afable, atenta, cordial, un chico suave, tópicos raros en estos tiempos; tópicos que con facilidad jugaban con la idea de “extraño para ser un hombre”, tópicos que frisaban con lo afeminado. Por eso, Renato siempre era sometido a bromas de mal gusto que ponían en tela de juicio su hombría, que dudaban de su condición de varón.

Yo no lo defendía; incluso, a veces, también lo molestaba, le jugaba bromas pesadas. Pero no había lío, él y yo éramos de confianza, nos tolerábamos –él más a mí- las bromillas estúpidas y sañosas. Sin embargo, por ello mismo, nuestros demás amigos en común siempre lo molestaban por andar a mi lado, por parar conmigo y no con ellos, le decían que era un rosquete, que era mi hembrita; Renato sólo se reía.

Yo no dudaba de mi amigo, no señor, él era un hombre hecho y derecho, y también un hombre algo atormentado, afligido porque recién había terminado con su enamorada Lucía, con la que había tenido una relación de seis años, nada menos. Él pobre Renato aún la quería, la echaba de menos, varias veces me lo contó, varias veces acudió a mí para narrarme su desdicha, varias veces fingí escucharlo, varias veces simplemente lo alenté a que se consiga a otra y ya.

Cierto día -casi en el epílogo de nuestra amistad, o en los albores de su detrimento-, Renato me llamó al celular, tenía una voz entrecortada, mustia, lo noté mal; dijo que quería hablar conmigo, que necesitaba que lo escuche. Asumí que quería hablarme otra vez de Lucía, que lo que en verdad quería era que Lucía lo escuche, no yo. Reacio y con total frialdad, le dije que no podía hablar, que estaba ocupado en una reunión, que mejor hablamos otro día con más calma. Él colgó resignado.

Olvidé el incidente de la llamada. Pronto pasaron los días y legó el fin de semana, era sábado, lo recuerdo sin temor a equivocarme. Sonó mi celular, era Renato, temía que esté enfadado conmigo, empecé a urdir una mentira para justificar mi actuación de la última vez. Le contesté. Él me saludó con cariño, sentí que todo estaba bien, que no había resentimientos.

Renato me preguntó cómo había estado, me recordó que no nos veíamos hace uff. Yo le dije que me disculpe, que he estado muy ocupado (lo cual nunca es verdad), y que pronto nos reuniríamos para platicar largo rato, le dije que no me gusta verlo mal, decaído. Renato me dijo que ya estaba mejor, que ya había aclarado las cosas en su cabeza, que estos días le fueron útiles, que ya no pensaba en Lucía, incluso, me dijo, ahora estaba tras los pasos de otra persona. Me sorprendieron sus palabras, me sentí aliviado: mi amigo estaba bien; y, además, no perdía el tiempo y tenía a otra chica en la mira.

Felicité a Renato, le dije esa palabra tan falsa que suelo usar: ¡te encomio! Apresurado le pregunté quién era la afortunada, quién era la persona que lo había flechado y lo había hecho olvidar a su otrora enamorada. Tú, me dijo, me he enamorado de ti. Me reí largamente, celebré la broma con entusiasmo, rato después le dije que ya, que no joda y me diga de quién se trata. Él se reafirmó: Tú, no sé cómo explicarlo, pero tú me gustas, me he enamorado de ti, no lo tomes a mal, no me odies por eso. De inmediato me preocupé, ahora Renato ya no parecía estar bromeando. Le dije que no hable huevadas, que me estaba haciendo sentir incómodo. Él me dijo que lo disculpe, que no quería incomodarme. Le dije que ya me había incomodado, que no me venga con esa clase de bromas. Él me dijo que estaba confundido. Aturdido le dije que no me meta a mí en sus cosas, que no joda, que no me llamé. Luego el dijo algo que ha cumplido hasta el día de hoy: No te preocupes, no te llamaré nunca más.