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domingo, 11 de mayo de 2014

Luz amarilla


Caminó en vilo, como pudo, hasta llegar a un parque que aquella mañana lucía virgen. Tenía la camisa mal abotonada y con una de las manos sujetaba una casaca de cuero, la cual dejó caer antes de dar tres últimos pasos más, hasta que ya no pudo consigo mismo y se desplomó en el frío césped del parque solitario, ante la atónita mirada del guachiman, que tras el abrupto se paró de un respingo de su silla austera, pensando si aquél muchacho estaría muerto.


Se convenció de salir de casa entrada la noche, de no repensar aquellos planes mediocres que ultimamente eran lo mejor que podía urdir. Sentía que su vida se había vuelto más que aburrida, absurda, conminado a redactar historias mediocres, trilladas y feas para un diario populoso, con lo que se mal ganaba la vida.


compró una botella de ron barato y unos cigarrillos suaves en una bodega alumbrada por luz amarilla. Una estragada mujer lo atendió, hablaba mal el castellano. A él le encantó ese cuadro, que azuzaba su intención por protagonizar un montaje decadente, quería sentirse así.
Metió todo en una bolsa negra y luego abordó un taxi cerca a una avenida. Le dijo al conductor llévame aquí nomás, profe, al jirón cuzco, un ida y vuelta que quiero hacer una parada técnica. El hombre obedeció, eso sí, subió el volumen de la salsita que venía escuchando antes de meter primera.


Cuando llegaron al desolado lugar el vehículo se estacionó y él bajo parsimonioso. se acercó a un sujeto que esperaba apoyado en una de las paredes. Musitaron algo y chocaron las manos, y luego él regresó al taxi. Nos fuimos, profe, le dijo al chofer dándole una palmada en el hombro. El auto arrancó.


Había un pequeño edificio en medio de la Avenida Arequipa, que tenía unas letras encendidas en luces de neón: HOSTL. la "a" se había fundido. Allí entró.
Su miserable trabajo le permitía al menos tener algún dinero en el bolsillo. Pagó un cuarto de cama redonda de dos plazas, y televisor con cable. Subió y sin perder tiempo acomodó sobre la cama el arsenal que había llevado. a oscuras se desnudó y programó algo de música en su celular. canciones psicodélicas salían del aparato una tras otra, y él bailaba y se meneaba en la penumbra dando sorbos largos a su botella, prendiendo algún cigarrillo, o manchándose la nariz.


sintió pena en un momento, recordándose como un patán, un castigador que en realidad se había castigado a sí mismo alejando a todo el mundo de su lado. Quiso llorar incluso, pero de repente un ramalazo de cosquillas pareció invadirlo, y no paró de reír. sintió que se derretía su soledad.

En otra oportunidad se asomó por la ventana mostrando el pecho descubierto. altivo miró al vació y prestó atención al rumor del viento. ¡Cállate que no escucho!, le gritó a su celular que reproducía la música. Luego esnifó en el umbral de la ventana, y una pareja de enamorados que pasaba por el lugar quedó viéndolo desde la acera de enfrente.


lo último que intentó hacer, sin éxito, fue pararse de cabeza, pues terminó tendido en el piso brindando por no sé quién, mencionando varios nombres hasta que fue presa de un rapto abrupto de sueño que poco  poco volvió todo negro.
Algún rato después parpadeó pesadamente, para finalmente abrir los ojos como dos platos, perdido en una nube de incertidumbre sin tiempo ni espacio, con un único recuerdo claro en la cabeza: el maldito turno que tenía en el diario a primera hora de la mañana.   


sábado, 16 de julio de 2011

Se va, se va, c-v

No voy a seguir corrigiendo la novela. Mi cabeza va a explotar. Hoy mismo saco el blog de mi experiencia laboral de mi currículum. Cuantos jefes me deben haber leído; leído las atrocidades que escribo (y no por malas que sean mis líneas, maldito narcicismo, si no porque quién querría contratar a un orate como yo). Seguro me han leído más jefes de empresas que cibernautas aburridos; podría jurar eso; apostaría el poco dinero que tengo a eso: y seguramente ganaría la apuesta.

Hoy este lugar se libera de su ultimo marido mandón: de la conminación que produce escribir medroso porque la dirección del blog está en mi famoso CV, y por ello empresa a la que postule, empresa que me leerá, y leerá las barbaridades que me mando a escribir y hasta mi novelilla Afiebradas Bajezas, y qué bajeza contratar a alguien así, tan pervertido, tan fuchi, no, ni hablar, next, dirán los contratistas, y por eso nunca me llaman del Comercio y, qué va, ni del pujante diario El Chino.

Pero por eso saco de mi experiencia laboral a este, mi sufrido blog, porque mucho roche, ¿no?, si creo que en mi último trabajo mis jefes llegaron a darse una paseadita por acá, y por eso, las señoras coordinadoras y auxiliares y directoras, cada vez que yo me las cruzaba en los pasillos del centro laboral, me miraban de soslayo y respingando la nariz, como quién dice tremendo pervertido que eres oye, mocosin. Sí, señoras, lo soy, ¿y qué?

De repente peco de megalómano, y, no sé, quizá ni mis superiores laborales han visitado este desolado espacio cibernético. Y entonces yo mismo me hago recordar la canción de Kevin (Johansen of course), esa de El Incomprendido, que dice creen que lo observan, pero nadie lo ve.

Bueno, todos los escritores tenemos un poco de ese complejo, y, mirá vos, me digo a mí mismo escritor y no siento vergüenza, no siento ese friecillo congelante que dice “epa, epa, cuidado ahí, no te metas en una secta a la que no perteneces”, tipo cuando me digo artista (cosa que realmente no soy, porque artistas son solo los que salen en la tele). Bueno, me digo escritor y no me desmayo, porque ya publiqué un libro, una novela, jojolete, pues antes de ello, una vez me dije ESCRITOR y me dijeron si tú no has publicado nada, lo que has escrito solo lo conoce tu laptop, y entonces ahí sí, chicos, sentí que se me venía el mundo encima.
Ahora, largo también este blog de mi Hoja de Vida porque, seamos sinceros, ¿quién coño no tiene un blog a estas alturas de la vida? ¿Quién? Tutto il mondo, caro cuore, tutto. Ya es una moda esto, ya es algo cotidiano. Es como tener tu celular o tu facebook, o algo así. Todo el chucho mundo tiene blog y hablan sandez y media y cuentan su vida y ponen sus fotos y sus canciones y ya, ya son filósofos (obvio que yo no, Darling, yo al menos tengo mi estilacho y mi carisma literario, no me junten al ejercito de escritores aficionados que escriben inspirados en Coelho, Bayly, o su mami, please, un poco más de respeto, digo ¿no?).
Bueno, ¿quién me viera? Estoy hecho un engreído, parezco un gay alucinándose Divo. Pero no, para nada. Y me pongo serio, porque esta es una trinchera para el buen intercambio cultural y la sensibilidad; no como esos blog que te venden algo o te hablan de mi perrito que es bien chévere, primito. No, acá no.
Así que cierro una etapa más en mi ligera vida, donde el blog me acompañó en mi experiencia laboral. Y, no crean, también tuvo sus cosas buenas, sus ¡ah, mira, blog de literatura!, ¿escribes?, ¿y de qué?, ¿de qué hablas?, ¿en qué te inspiras?, ¡caramba, un literario!, ¿literario, no?, ¿así se dice, no?, corrígeme si me equivoco, a pesar de ser el jefe soy humano, no soy perfecto. Y tú por dentro te cagas de risa y tienes una victoria pírrica, porque, por más que al final te contraten o no, ya te regocijaste escuchando a un papanatas que sin dinero no es más que estiércol.
Basta de palabrería entonces, manos a la obra (a la cobra que es mi vida). Hasta nunca Blogdeliteratura, suprimir, chao.

sábado, 12 de marzo de 2011

Hasta el fondo.

“¿Por qué las vidas se complican?, ¡se joden!, ¡se atrofian!, ¿por qué todo, para poder ser, debe ser complicado?”, piensa Ramirito mientras observa alunado la oscuridad de la calle.

-¡Salud, pues, hermanón! –le dice Pichicho-, no me deje usted con la mano extendida –le añade alcanzándole el vaso descartable lleno de capitán.
Ramirito recibe el vaso e intenta terminarlo de un sorbo. No puede, languidece a poco más de la mitad, el capitán está fortísimo.
-Me quieres tumbar, Pichicho, el trago está muy fuerte. Si no te conociera pensaría que me quieres violar.

Ambos se ríen y luego Pichicho se excusa diciendo que la gaseosa quedó chica, que muy cara la cocacola de dos litros, que mejor así, que quiere emborracharse.

Ramirito termina de secar el vaso descartable en medio de aquél parque desolado donde yacen arrellanados y extrañamente cómodos, donde se han dado cita como todos los viernes desde que se conocen.

-Faltan flacas –aventuró Ramirito, algo desolado.

-Lo de siempre, pero sí pues, con este trago podríamos emborrachar al toque a un par de hembritas. Tú sabes cómo se ponen las hembritas con el ron, les da por abrir las piernas.

-No todas –replicó Ramirito-, una vez conocí a una, Vanesa, la llevé al Rendal y le pedí cubalibre tras cubalibre, y la muy zamarra se los bajaba en una, sin roches, tomaba y no caía, recia para el trago.

-Pero, ¿era de avance?, al menos se picó y agarraron rico seguro –dijo Pichicho.

-Las huevas, no te digo que era recia, después de no sé cuántos tragos seguía igual que al comienzo, y sólo sabía hablarme huevadas: que su familia esto, que su trabajo aquello, que su ex era un idiota, que no quería bailar porque estaba con tacos y le dolían los pies.

-Pendeja, esa clase de hembritas sólo le hacen daño al bolsillo de uno –aventuró Pichicho.Ramirito se sirvió un vaso más de trago, lleno, hasta el tope. Pichicho se mató de la risa.-Feliz día, hermanón.

-El 2012 se acerca, hay que chupar rápido –bromeó Ramirito-, chupa, come y tira como loco, Pichicho, que nos queda un año antes de que los conchudos de los mayas tengan razón y nos vayamos derechito a la misma mierda.-Estás creyendo.

-Más vale prevenir, Pichicho, no quiero que el apocalipsis me agarre frio y con la pinga en reposo. Por lo menos, hasta entonces, me voy a levantar a todas las hembritas que pueda, sin discriminar, seré más efectivo que el incomprendido Rochabus.

Pichicho se rió exageradamente, dando algunos aplausos para acompañar la carcajada. Ramirito terminó el trago y le pasó el vaso a su acompañante.

-tú cuándo no –dijo Pichicho-, ¿qué y vas a dejar a la Micaela entonces?

-Ya no estoy con esa imbécil, la terminé el otro día, mucha huevada ya.

-¡Hablas huevadas!, ¿qué de verdad? –preguntó Pichicho.

-Era un hipócrita, se creía la muy bohemia cuando en verdad era una resentida, además la familia me odiaba, el manganzón del papá, la arrecha de la mamá, la cojuda de la hermana, siempre la estaban poniendo en mi contra.

-Ya cuando la familia se mete es una mierda –colaboró Pichicho, haciendo un rictus de asco mientras se metía de un sorbo el trago-, Pero mejor, está bien que la hayas terminado, te he visto con mejores.

-Sí, pero eso me pasa por meterme a jugar al enamorado. De ahora en adelante relaciones libres, cero saliditas al cine, cero agarraditas de la mano, cero “te amo, amorcito, como tú no hay dos” –dijo, obstinado, Ramirito.

-Salud por eso, hermanón –se alegró Pichicho, levantando su vaso descartable-, ya sécate lo que queda de pico nomás, hasta el fondo –añadió para su amigo, señalando la botella casi vacía.

Ambos engulleron el capitán sin dar tregua a descansos. Terminaron y se rieron, y comentaron que qué fuerte estuvo el trago, que las mujeres de mierda cómo lo hacen tomar a uno, que vamos a la licorería de Javier Prado a comprar otro capitán.

En la oscuridad de la noche, Ramirito y Pichicho caminaron en vilo, perdiéndose entre la neblina que difuminaba las casas, preguntándose cómo no encontraban un par de hembritas para chupar mejor.

sábado, 7 de agosto de 2010

Los días contados.

Uno:
Acudo a cubrir un evento somnífero en un hotel cinco estrellas de Miraflores. El salón está lleno de plomazos, de gente aburrida que toma nota mientras escuchan sobre el gas de Camisea. No puedo más, me arranco a la sala de junto, al lobby, y me arrellano en un cómodo sofá de cuero.Minutos más tarde aparece en el mismo lobby una muchacha uniformada arrastrando estoicamente un carrito con comida (evidentemente para el coffe break de los plomazos). Yo la quedo mirando un rato, como quién no quiere la cosa, y luego siento que no pasa nada, que no es mi tipo la flaquita.De pronto, mientras veo las musarañas, siento que alguien me observa, que alguien me vigila, y entonces volteo de un respingo y ¡pum!, la chica de los bocaditos. Ella está a unos metros de mí y se me queda mirando fijamente, con milimétrica atención y con un rictus pícaro, “con roche” como dice la lumpen. Yo, al toque nomás, entiendo el coqueteo y me le acerco a hablarle, a decirle un par de boberías, y ni bien me presenté ante ella con la gran falacia que es decir: soy periodista, ella ya me estaba preguntando el nombre, la edad, el lugar donde vivo, el correo electrónico. Y entonces, asu, flaca, tú sí que eres de avance, pienso, contigo no hay medias tintas. Entonces, sabiéndome ganador, sabiendo que he tenido suerte, entendiendo que hoy debo estar bien peinado o oliendo rico o con jale simplemente; me apuro en darle mis datos a la chica que, para qué, ahora que la veo bien está buena la chola, y en eso: ¡Hey, Mercedes, al piso dos por favor, te necesitan en la sala de conferencias!, dice un sujeto que se apareció de pronto, su supervisor fácil. Así que la chica, Mercedes, se va lanzándome una última mirada, una mirada como diciendo yo soy un bocadillo más del coffe break, y luego se marchó rauda dejándome más que perturbado. No la volví a ver, el evento que fui a cubrir terminó quince minutos después y luego tuve que irme derrotado del hotel.

Dos:
Estoy en la biblioteca leyéndome las “memorias de una pulga”, estoy tranquilo, ensimismado, cuando en esas se me aparece en frente un tipo más bien joven y abrigado como para un otoño en parís. Le echo un vistazo como diciendo ¿sí, compadre?, ¿algún modelito? Y antes de yo decir algo él se arranca a decirme que el libro que estoy leyendo es muy bueno, que él ya lo ha leído. Le digo que qué bien, que lo felicito, pero él no se detiene.Como una ametralladora, me dice varias cosas sobre literatura, cosas banales realmente, hasta que por fin concluye y me dice que tengo pinta de escritor. Yo le digo que, en efecto, eso soy o eso quiero ser. Él me dice que también es escritor, que ya ha publicado un libro. Yo, con real entusiasmo, le digo que lo felicito, que qué chévere. Él me dice que somos escritores, que deberíamos juntarnos a hablar de literatura o política, a hacer tertulia, me dice.Intercambiamos números de celular y correos electrónicos. El joven, que se presentó como Francisco, me invita a tomar un café, a ir a tiendas de libros, a bajarnos un chocolate caliente en el Haití, yo invito, me dice, yo pago, no te preocupes, la cosa es ser amigos, añade él. Perfecto, le digo con una sonrisa (mi media sonrisa de conchudo), quedamos por correo. Días más tarde me encuentro a Francisco en el chat, lo saludo con entusiasmo porque, después de todo, es la única persona que conozco y que es escritor como yo, ese es un feeling fuerte en común. Lo saludo con entusiasmo y tras una conversa fruslera él me dice eres simpático, me gusta tu sonrisa, ¿cuál es tu opción?, yo soy pasivo.

Tres:
Estoy en un paradero, esperando un colectivo hacia mi casa. Es de noche y hace un frió terrible, traigo las manos en los bolsillos. Entre tanta gente, veo venir a una chica que, obviamente, no pasaría desapercibido en ningún lugar. Viene caminando cual modelo, luciendo un cuerpo delicioso resaltado en una vestimenta alucinante. Le clavo la mirada encima (como todos los demás presentes en aquel paradero) y para mi sorpresa la chica linda se detiene a mi lado, cerca de mí, se hace la despistada un rato y luego me mira a los ojos y me pregunta si sé cómo llegar al canal dos. Atónito, embobado, alunado, el canal dos es acá a unas cuadras, mamita, pienso, pero en cambio digo, tienes que tomar unos carros color verde, sabiendo que no existen carros color verde, sabiendo que sólo quiero que no se mueva de mi lado. La chica es lindísima, y mientras espera el carro verde que no existe, ella me hace el habla así, fluido, normal nomás, sin complejos, como diciendo estamos en épocas modernas, Darling, ahora nosotras tomamos la iniciativa. Yo le sigo el juego y conversamos harto ahí en medio de ese paradero desangelado y, entre tanto, inevitablemente, la alucino cabalgándome a horcajadas mientras me dice una vez más: te pareces a Luis Fonsi. Cuando pasa media hora, los pies ya duelen, ya se siente el tiempo parado, la chica (que se llama Silvia), me dice que tomará un taxi al bendito canal dos porque no pasan los carros verdes. Yo le digo para vernos otro día, para salir y hacer algo, le digo que me dé su teléfono. Ella acepta encantada y me pregunta si tengo dónde apuntar. Olvidé mi celular en casa, no tengo una libreta o un papel, entro en pánico. Ella saca un lapicero de su bolso y anota su nombre y su número en la palma de mi mano. Bonito gesto. La amé. Ella se marcha y yo hago lo propio, beso mi mano y celebro mi buena fortuna, ese acontecimiento prometedor. Ni bien llego a casa, extasiado por lo que acaba de pasar, excitado por el recuerdo prominente de Silvia, corro al baño y me hago una paja celestial, y en pleno ardid, mientras recuerdo de pies a cabeza a aquella chica, mientras alucino en todos los ángulos a Silvita-linda-apretadita… ¡putamadre, su número! Me veo la mano y de ella solo me quedaba un recuerdo borroso, unos números incompletos, un recordatorio de lo arrecho que soy.

viernes, 11 de junio de 2010

No robarás.

En una tarde cualquiera, Valeria y yo estamos en un opulento restorán de Miraflores. Nos estamos bajando una fuente alucinante de cebiche y arroz con mariscos. Qué chucha que estén caros los platillos del menú, nosotros estamos con plata porque nos venimos de vender un trofeo de bronce que birlé de la casa de mi madre, y que lo vendimos por ahí en un puesto de baratijas, donde nos pagaron un buen billete por el trofeo, casi doscientos dólares.

Valeria y yo arrasamos con la pantagruélica merienda, y luego de pagar la cuenta y dejar propina al mozo tan afable que nos atendió, salimos del restorán y nos disponemos a vagar por el parque Kennedy (o como le gusta decir a Valeria, nos ponemos a remolonear.)

Minutos más tarde, a pesar del frio abrumador que nos apabulla, se me antoja endiabladamente una gaseosa bien helada. Es así que caminamos preguntando en los quioscos diseminados por el Kennedy a ver si venden gaseosa heladita. Buscamos y buscamos pero nada, nadie vende, y es que “con tanto friote nadies vende gaseosa helada ya, joven”, como me dijo uno de los comerciantes.

Irritado, no me resigno a comprar una gaseosa tibiona, no señor, “tengo plata en el bolsillo, no pocos dólares, joder, pago lo que sea por una gaseosa helada.” Así que, al verme obstinado (y es que para las veleidades soy único), Valeria me dice para latear a Wong, “porque allí de hecho venden gaseosas heladas, Marco”, añade. Yo celebro su idea y caminamos con entusiasmo al supermercado.

Una vez dentro, corro a elegir una gaseosa del congelador, me saco una cocacolita helada y luego avanzo hasta la fila de cajas. Allí me doy cuenta de que las colas para pagar están hacinadas de gente, gente que lleva mil cosas, mil productos, carritos llenos que me hacen presagiar que demoraré media hora antes de poder libar mi bebida. Detesto la situación. Me dan ganas de abrir la gaseosa e ir tomando mientras avanza la cola, pero luego declino, mucha cosa. Dejo a Valeria en la cola con la gaseosa y yo me voy a buscar una caja menos hacinada.

Recorro el jodido establecimiento pero nada, todo igual, todo lleno. Regreso al lado de Valeria y veo que ella (más decidida que yo), abrió la gaseosa y tomó un par de sorbos. La miro, me río, y luego le pido la botella y, a la mierda, me arranco a bajarme la gaseosa. En cuestión de segundos dejo seca la botella y luego Valeria, pizpireta, me quita el embase vacío y lo deja por ahí, tirado en un estante. Yo la encomio y celebro la palomillada, y me cago de risa y la tomo del brazo y le digo “vámonos nomás, la culpa la tiene Wong por tener cajeras tan lentas.”

Valeria y yo zafamos del supermercado, y yo incluso, antes de salir, hago una venia militar y me cago de la risa. Y así estamos, zafando harto conchudos y harto ganadores, cuando de pronto: “!Hey, hey, choches, alto allí!” Valeria y yo nos miramos y yo pienso “la cagada, nos descubrieron.” Volteo para ver quién nos llama y atisbo a dos morenos (uno chato y uno alto), con radios en las manos y pinta de pocos amigos. Ellos nos abordan y nos impiden el paso.

“Me muestras tu tiquez de compra, choches”, me dice uno. “El recibo de la gaseosita que han consumido”, replica el otro. “¿Recibo?, ¿gaseosa?, ¿de qué rayos me está hablando?”, digo, con el mayor cinismo que soy capaz. “No te hagas el tercio, pues, flaco, te hemos visto tomar una gaseosa e irte sin pagar”, dice el más chato. “¿qué gaseosa, oye, de qué me estás hablando?”, continua mi falacia. Estamos discutiendo en plena vía pública, no pocos transeúntes se han detenido a ver qué pasa, por qué tanto escándalo; Valeria me mira atónita, paralizada, medrosa. Yo, entre tanto, no estoy dispuesto a quedar como un ladrón, eso nunca.

Los vigilantes continúan insistiéndome que pague, que los acompañe de vuelta al supermercado y que cancele la gaseosa. Yo insisto en que no sé de qué me hablan y los ametrallo con un poco de floro circunspecto. Uno de los vigilantes me dice: “ya, pues, choches, tu creo que eres extranjero, ¿no?, paga, pues, tú debes tener plata.” Y yo le digo que no pagaré algo que no he consumido, pensando en el fondo que siempre es un halago que te digan extranjero siendo peruano.

La cosa se pone fea, hay un mar de gente rodeándonos y ganándose con el roche, y hay tanta gente que yo creo que ahora si las colas para pagar deben estar vacías, porque todos están acá sapeando y haciéndome sentir como un cómico ambulante en plena plaza Grau. El vigilante más alto me dice que si no pago me va a detener. Yo me río en su cara y le digo que ni en sus sueños podría hacerlo. Luego él saca una insignia de no sé qué y me dice: “oficial Esneider Huamán, oficial PNP.” Y yo le digo “bájame el tono, oye, ganapán.”

Luego los espectadores empiezan a gritar arengas, algunos de mi parte, algunos de parte de los oficiales, seguramente sin entender lo que pasa, sin tener noción del problema, pero bueno, con algo hay que distraerse, ¿no? Entonces yo decido ponerle fin al espectáculo y les aviento un par de soles a los sufridos vigilantes de Wong, y, envalentonado, les grito que los voy a demandar, que se acordarán de mí, que mi papá es juez en no sé dónde, y cojudeces por el estilo que siempre amilanan a la lumpen. La gente comenta musitando mis falsas amenazas.

Sujeto de la mano a Valeria, a Valeria que, sí, allí estaba viendo todo y guardando hermético silencio e incapaz de defenderme y con cara de ay, la cague por azuzar a Marco a tomar la gaseosa, ups. Entonces la agarro y zafamos altivos, dejando atrás un carnaval de la gran puta, mientras yo voy pensando que lo peor es que aún tengo sed… ¿por acá una bodega?

sábado, 10 de abril de 2010

Trovador de recamara.

Carla me llama al celular y me pregunta si estoy disponible para hacer algo. En un principio, la idea de verla me entusiasma demasiado, me emociona. De inmediato le digo que sí, que venga a buscarme para hacer lo que ella quiera –o lo que ella me deje hacerle. Ella me dice que vendrá a verme y, en efecto, a la tarde llega a casa y me sorprende con una botella de ron en la mano. “Para amenizar”, me dice.

El ron que trae Carla es de una marca considerablemente cara, sin embargo, poco me interesa que el suyo sea un trago caro, yo hace tiempo que le agarré alergia al ron: me da asco, me pone pensativo, me da resaca. Sin embargo, no le digo nada a Carla y finjo que disfruto cada vaso de ron con coca-cola que me sirve con hielo y cada cinco minutos.

El ambiente se va poniendo medio cagón: el ron me sabe horrible, siento que me empieza a doler la cabeza y que la libido se me está evaporando, y, además, Carla ha empezado a hablar como una lora, contándome cosas de su carrera y sus clases y sus compañeros y los cursos que está llevando en una casona mal pintada a la que alegremente llama universidad.

Como es predecible, el trago y la plática de Carla me bloquean y me embriagan y me dejan como un reverendo idiota, así, alunado, viendo a la nada. Luego mi acompañante deja de hablar y le sube el volumen al equipo de música y se arranca a bailar y a corear a Tego Calderón, mientras trata de besarme porque ya está borracha, y mientras me azuza a manosearla y desearla, y mientras yo pienso “oye, déjame en paz un toque, que el ron insípido y tu actitud fatua ya me llegaron al pincho”.

Me siento ofuscado, deprimido, ansioso, colérico, melancólico, pensativo, alunado, y todo lo resumo con una mirada perdida y con una postura silente. De pronto atisbo mi guitarra, que está a unos pasos nada más; la veo y siento ganas de tocar, siento ganas de cantar algo, lo que sea, de liberarme con ayuda de la música. Entonces le digo a Carla si quiere que le toque algo. Ella asiente y acepta entusiasmada, o fingiendo entusiasmo, y yo me arranco a tocar algunas de mis menos malas canciones.

Carla me escucha con creciente histrionismo y finge que le gustan mis canciones –ya saben que cuando uno chupa puede ser más hipócrita de lo esperado-, y luego me mete un agarre después de que yo le miento diciendo “esta canción la escribí para ti”, y mientras pienso ¡si las musas inspiradoras cobraran derechos de autor, mi deuda sería inenarrable!

Tras una retahíla importante de temas varios que le toqué a Carla, noto en ella un rictus inescrutable, un mohín algo exhausto, una mueca de “oye, ya cánsate, pues”, y notar eso me enfada y me frustra y me llega profundamente al pincho porque yo estoy tocando lo mejor que puedo y recitando mis letras lo más prolijo que soy capaz. Así que “te la comes”, pienso, y sigo tocando sin importarme sus gestos de chica coquera.

Me arranco a tocar una canción más, la cual tiene un coro que escribe la palabra “olvidar”, y eso fue el detonante de la noche, la oportunidad de Carla y mi declive como trovador de recamara. Carla se acerca a mí y, sin importarle que yo estoy desprevenido tocando mi cancioncita, arremete en mi contra propinándome una dolorosa bofetada, haciéndome, obviamente, dar un brinco y dejar de raspar las cuerdas.

¡¿Qué te pasa?!, le digo, ¡¿estás loca?!, añado. “Loco eres tú, por tocarme una canción del olvido, cuando yo estoy aquí, junto a ti”, alega ella. “¿Qué mierda hablas?, ¿qué tiene que ver la canción con nosotros?”, digo exaltado. “Eres de lo peor, un canalla, un hombre sin sentimientos”, dice ella, ebria, con marcado acento etílico. Y yo entiendo que todo ese espectáculo deplorable lo hace porque, en vez de tirármela, me puse a tocar guitarra y a cantar, y, claro, no encontró mejor manera de callarme que con su despecho.

Le digo a Carla que se largue y que se meta su botella de ron al culo. Ella me dice que soy una mierda, un cagón. Le digo que sí, que soy todo eso y más. Ella se va resentida, odiándome, prometiendo nunca más volver. Y yo regreso a seguir tocando mis canciones, cavilando y deseando encontrar a alguien diferente, alguien con sensibilidad, alguna chica más parecida a mí porque ya estoy harto de las chiquitas puteriles y pizpiretas y universitarias.
Algún día llegará. Lo sé. Una vez llegó y, en el peor acto de mi vida, la dejé ir.

jueves, 25 de marzo de 2010

Casí solo mía.

Alejado por mucho tiempo de los rigores de los horarios y las aulas, mi sensibilidad y predisposición a la vagancia se vieron interrumpidas por un impertinente sobresalto: de pronto, sentí una necesidad asfixiante por retomar clases, clases de lo que sea, sentía que quería estar en un salón lleno de gente más o menos tan desorientada como yo, y que buque más o menos lo mismo que yo, o sea, hacer vida social.

Qué mejor cosa para hacer vida social, que las livianas y remolonas aulas de algún instituto, de esos que abundan en nuestro alegórico régimen educativo, porque, déjenme decirles, uno se divierte igual viendo el chavo del ocho, que pasando cinco años en alguna pujante universidad o instituto. Así que no tenía mucho que pensar, me metí a una academia cagona por San Isidro.

Esta vez tuve la ocurrencia de estudiar italiano, Dios mío, yo y mis arranques. Cuando llega el primer día de clases veo que el salón es una ratonera infesta, llena de gente que balbucea el español pero que tiene todas las ganas de aprender italiano; y ya saben, están todas esas cosas que te hacen pensar: “el perú es el deshueve, la gente se pasa de pendeja”.

Cuando me siento un real idiota por haber gastado plata en dicho instituto del saber, cuando las clases me abruman de aburridas que son y dejo de asistir al curso y voy cuando quiero, o cuando no tengo nada mejor que hacer, o cuando quiero hacer hora dándomelas de ficho en un instituto de medio pelo, es en ese momento, en una clase más a la que fui por si las dudas, que la vi a ella, a Catalina, a la gran y linda Catalina.

Catalina es una chica suave, una chica mundana. Tiene el cabello largo, tan largo como me gusta, y castaño, tan castaño como me enloquece. Tiene la piel blanca, caray, si parece blancanieves. Tiene un cuerpo imperdible, una mirada perturbadora, una sonrisa que contagia, unos labios que te incitan, y tantas cosas que me gustan que casi la siento mía.

Obviamente, me arriesgué y le hablé a Catalina. Obviamente me acerqué a ella con una sonrisa ladina y la traté de envolver. Obviamente fui hacia ella con intenciones nada santas. Obviamente eso de pedirle libro fue una excusa baja y barata para hablarle. Obviamente fui una ladilla y le pedí celular y correo. Obviamente la llené de halagos como si solo viviese para ella. Obviamente ella me atrajo tanto que perdí la cabeza y empecé a ir a todas las clases de italiano habidas y por haber.

Catalina me gustó además, porque tenía mil cosas en común conmigo, como el gusto por la música de Jack Johnson, como La Vida es Bella por película favorita, como la alergia a la mediocridad plañidera, como los comentarios lascivos que van y vienen de vez en cuando, como el odio al pestífero humo del cigarro.

En poco tiempo ella y yo nos hicimos de confianza, de una confianza entrañable, urdidora, atípica.

Ese día, varios días después de habernos conocido, Catalina y yo estábamos sentados al fondo de la clase, ella estaba con un vestido rojo, con una vincha roja, con unas sandalias altas… ¡Por Dios, nunca vi algo tan comestible! Así que acelerado y excitado como estaba, mientras la profesora decía parole, ascolta, ragazzo… cosas así, y mientras uno pensaba: baja un poquito la voz que estoy afanando acá, ¿si? En ese momento, le susurré al oído a Catalina y le dije “¿quieres ir a mi casa terminando la clase?”

Ella sonrió pronta y me miró de soslayo y me clavó una mirada larga e inquisidora. Luego se acercó a mí y me dijo que le encantaría pero no puede. Naturalmente, le pregunté por qué, qué se lo impedía. Y ella me contó que a la tarde iba a verse con Mariana. “¿Quién es Mariana?”, le pregunté, como diciendo ¿qué meritos ha hecho ella para que prevalezca sobre mí? Y Catalina me dijo “Mariana es una amiga, una amiga especial”. “¿Especial en qué sentido?”, pregunté raudo. Y ella: Tú sabes, amigas especiales, amigas con privilegios. Y yo pensé ¡wooow!, ¡take it slow!, ¡qué rico!, ¡lo máximo de solo imaginar!, y luego le pregunté: ¿eres o no eres? Y ella me dice “soy lo que soy, me gustan las chicas, y también los chicos”.

Quedé perplejo, atónico, ya me entienden, ¡crispado! Cuando la clase finalizó, la gente se empezó a retirar y se formó un barullo del carajo y yo permanecía en mi asiento, cavilando, pensando mil cosas (mil cosas que incluían a Catalina). Y Catalina se puso de pie y ¡muak!, me metió un chape hermoso y me dijo que la invitación a mi casa quedaba pendiente, que tenía que irse, que algún día debería conocer a su amiga Mariana, que me caería chévere. Y yo sonreí y deje ir a Catalina, pensando que, a veces, la vida puede ser irresistiblemente prometedora.