
domingo, 11 de mayo de 2014
Luz amarilla

sábado, 16 de julio de 2011
Se va, se va, c-v
No voy a seguir corrigiendo la novela. Mi cabeza va a explotar. Hoy mismo saco el blog de mi experiencia laboral de mi currículum. Cuantos jefes me deben haber leído; leído las atrocidades que escribo (y no por malas que sean mis líneas, maldito narcicismo, si no porque quién querría contratar a un orate como yo). Seguro me han leído más jefes de empresas que cibernautas aburridos; podría jurar eso; apostaría el poco dinero que tengo a eso: y seguramente ganaría la apuesta. Hoy este lugar se libera de su ultimo marido mandón: de la conminación que produce escribir medroso porque la dirección del blog está en mi famoso CV, y por ello empresa a la que postule, empresa que me leerá, y leerá las barbaridades que me mando a escribir y hasta mi novelilla Afiebradas Bajezas, y qué bajeza contratar a alguien así, tan pervertido, tan fuchi, no, ni hablar, next, dirán los contratistas, y por eso nunca me llaman del Comercio y, qué va, ni del pujante diario El Chino.
Pero por eso saco de mi experiencia laboral a este, mi sufrido blog, porque mucho roche, ¿no?, si creo que en mi último trabajo mis jefes llegaron a darse una paseadita por acá, y por eso, las señoras coordinadoras y auxiliares y directoras, cada vez que yo me las cruzaba en los pasillos del centro laboral, me miraban de soslayo y respingando la nariz, como quién dice tremendo pervertido que eres oye, mocosin. Sí, señoras, lo soy, ¿y qué?
De repente peco de megalómano, y, no sé, quizá ni mis superiores laborales han visitado este desolado espacio cibernético. Y entonces yo mismo me hago recordar la canción de Kevin (Johansen of course), esa de El Incomprendido, que dice creen que lo observan, pero nadie lo ve.
sábado, 12 de marzo de 2011
Hasta el fondo.
“¿Por qué las vidas se complican?, ¡se joden!, ¡se atrofian!, ¿por qué todo, para poder ser, debe ser complicado?”, piensa Ramirito mientras observa alunado la oscuridad de la calle.sábado, 7 de agosto de 2010
Los días contados.
Dos:
Tres:
viernes, 11 de junio de 2010
No robarás.
En una tarde cualquiera, Valeria y yo estamos en un opulento restorán de Miraflores. Nos estamos bajando una fuente alucinante de cebiche y arroz con mariscos. Qué chucha que estén caros los platillos del menú, nosotros estamos con plata porque nos venimos de vender un trofeo de bronce que birlé de la casa de mi madre, y que lo vendimos por ahí en un puesto de baratijas, donde nos pagaron un buen billete por el trofeo, casi doscientos dólares. Valeria y yo arrasamos con la pantagruélica merienda, y luego de pagar la cuenta y dejar propina al mozo tan afable que nos atendió, salimos del restorán y nos disponemos a vagar por el parque Kennedy (o como le gusta decir a Valeria, nos ponemos a remolonear.)
Minutos más tarde, a pesar del frio abrumador que nos apabulla, se me antoja endiabladamente una gaseosa bien helada. Es así que caminamos preguntando en los quioscos diseminados por el Kennedy a ver si venden gaseosa heladita. Buscamos y buscamos pero nada, nadie vende, y es que “con tanto friote nadies vende gaseosa helada ya, joven”, como me dijo uno de los comerciantes.
Irritado, no me resigno a comprar una gaseosa tibiona, no señor, “tengo plata en el bolsillo, no pocos dólares, joder, pago lo que sea por una gaseosa helada.” Así que, al verme obstinado (y es que para las veleidades soy único), Valeria me dice para latear a Wong, “porque allí de hecho venden gaseosas heladas, Marco”, añade. Yo celebro su idea y caminamos con entusiasmo al supermercado.
Una vez dentro, corro a elegir una gaseosa del congelador, me saco una cocacolita helada y luego avanzo hasta la fila de cajas. Allí me doy cuenta de que las colas para pagar están hacinadas de gente, gente que lleva mil cosas, mil productos, carritos llenos que me hacen presagiar que demoraré media hora antes de poder libar mi bebida. Detesto la situación. Me dan ganas de abrir la gaseosa e ir tomando mientras avanza la cola, pero luego declino, mucha cosa. Dejo a Valeria en la cola con la gaseosa y yo me voy a buscar una caja menos hacinada.
Recorro el jodido establecimiento pero nada, todo igual, todo lleno. Regreso al lado de Valeria y veo que ella (más decidida que yo), abrió la gaseosa y tomó un par de sorbos. La miro, me río, y luego le pido la botella y, a la mierda, me arranco a bajarme la gaseosa. En cuestión de segundos dejo seca la botella y luego Valeria, pizpireta, me quita el embase vacío y lo deja por ahí, tirado en un estante. Yo la encomio y celebro la palomillada, y me cago de risa y la tomo del brazo y le digo “vámonos nomás, la culpa la tiene Wong por tener cajeras tan lentas.”
Valeria y yo zafamos del supermercado, y yo incluso, antes de salir, hago una venia militar y me cago de la risa. Y así estamos, zafando harto conchudos y harto ganadores, cuando de pronto: “!Hey, hey, choches, alto allí!” Valeria y yo nos miramos y yo pienso “la cagada, nos descubrieron.” Volteo para ver quién nos llama y atisbo a dos morenos (uno chato y uno alto), con radios en las manos y pinta de pocos amigos. Ellos nos abordan y nos impiden el paso.
“Me muestras tu tiquez de compra, choches”, me dice uno. “El recibo de la gaseosita que han consumido”, replica el otro. “¿Recibo?, ¿gaseosa?, ¿de qué rayos me está hablando?”, digo, con el mayor cinismo que soy capaz. “No te hagas el tercio, pues, flaco, te hemos visto tomar una gaseosa e irte sin pagar”, dice el más chato. “¿qué gaseosa, oye, de qué me estás hablando?”, continua mi falacia. Estamos discutiendo en plena vía pública, no pocos transeúntes se han detenido a ver qué pasa, por qué tanto escándalo; Valeria me mira atónita, paralizada, medrosa. Yo, entre tanto, no estoy dispuesto a quedar como un ladrón, eso nunca.
Los vigilantes continúan insistiéndome que pague, que los acompañe de vuelta al supermercado y que cancele la gaseosa. Yo insisto en que no sé de qué me hablan y los ametrallo con un poco de floro circunspecto. Uno de los vigilantes me dice: “ya, pues, choches, tu creo que eres extranjero, ¿no?, paga, pues, tú debes tener plata.” Y yo le digo que no pagaré algo que no he consumido, pensando en el fondo que siempre es un halago que te digan extranjero siendo peruano.
La cosa se pone fea, hay un mar de gente rodeándonos y ganándose con el roche, y hay tanta gente que yo creo que ahora si las colas para pagar deben estar vacías, porque todos están acá sapeando y haciéndome sentir como un cómico ambulante en plena plaza Grau. El vigilante más alto me dice que si no pago me va a detener. Yo me río en su cara y le digo que ni en sus sueños podría hacerlo. Luego él saca una insignia de no sé qué y me dice: “oficial Esneider Huamán, oficial PNP.” Y yo le digo “bájame el tono, oye, ganapán.”
Luego los espectadores empiezan a gritar arengas, algunos de mi parte, algunos de parte de los oficiales, seguramente sin entender lo que pasa, sin tener noción del problema, pero bueno, con algo hay que distraerse, ¿no? Entonces yo decido ponerle fin al espectáculo y les aviento un par de soles a los sufridos vigilantes de Wong, y, envalentonado, les grito que los voy a demandar, que se acordarán de mí, que mi papá es juez en no sé dónde, y cojudeces por el estilo que siempre amilanan a la lumpen. La gente comenta musitando mis falsas amenazas.
Sujeto de la mano a Valeria, a Valeria que, sí, allí estaba viendo todo y guardando hermético silencio e incapaz de defenderme y con cara de ay, la cague por azuzar a Marco a tomar la gaseosa, ups. Entonces la agarro y zafamos altivos, dejando atrás un carnaval de la gran puta, mientras yo voy pensando que lo peor es que aún tengo sed… ¿por acá una bodega?
sábado, 10 de abril de 2010
Trovador de recamara.
Carla me llama al celular y me pregunta si estoy disponible para hacer algo. En un principio, la idea de verla me entusiasma demasiado, me emociona. De inmediato le digo que sí, que venga a buscarme para hacer lo que ella quiera –o lo que ella me deje hacerle. Ella me dice que vendrá a verme y, en efecto, a la tarde llega a casa y me sorprende con una botella de ron en la mano. “Para amenizar”, me dice. El ron que trae Carla es de una marca considerablemente cara, sin embargo, poco me interesa que el suyo sea un trago caro, yo hace tiempo que le agarré alergia al ron: me da asco, me pone pensativo, me da resaca. Sin embargo, no le digo nada a Carla y finjo que disfruto cada vaso de ron con coca-cola que me sirve con hielo y cada cinco minutos.
El ambiente se va poniendo medio cagón: el ron me sabe horrible, siento que me empieza a doler la cabeza y que la libido se me está evaporando, y, además, Carla ha empezado a hablar como una lora, contándome cosas de su carrera y sus clases y sus compañeros y los cursos que está llevando en una casona mal pintada a la que alegremente llama universidad.
Como es predecible, el trago y la plática de Carla me bloquean y me embriagan y me dejan como un reverendo idiota, así, alunado, viendo a la nada. Luego mi acompañante deja de hablar y le sube el volumen al equipo de música y se arranca a bailar y a corear a Tego Calderón, mientras trata de besarme porque ya está borracha, y mientras me azuza a manosearla y desearla, y mientras yo pienso “oye, déjame en paz un toque, que el ron insípido y tu actitud fatua ya me llegaron al pincho”.
Me siento ofuscado, deprimido, ansioso, colérico, melancólico, pensativo, alunado, y todo lo resumo con una mirada perdida y con una postura silente. De pronto atisbo mi guitarra, que está a unos pasos nada más; la veo y siento ganas de tocar, siento ganas de cantar algo, lo que sea, de liberarme con ayuda de la música. Entonces le digo a Carla si quiere que le toque algo. Ella asiente y acepta entusiasmada, o fingiendo entusiasmo, y yo me arranco a tocar algunas de mis menos malas canciones.
Carla me escucha con creciente histrionismo y finge que le gustan mis canciones –ya saben que cuando uno chupa puede ser más hipócrita de lo esperado-, y luego me mete un agarre después de que yo le miento diciendo “esta canción la escribí para ti”, y mientras pienso ¡si las musas inspiradoras cobraran derechos de autor, mi deuda sería inenarrable!
Tras una retahíla importante de temas varios que le toqué a Carla, noto en ella un rictus inescrutable, un mohín algo exhausto, una mueca de “oye, ya cánsate, pues”, y notar eso me enfada y me frustra y me llega profundamente al pincho porque yo estoy tocando lo mejor que puedo y recitando mis letras lo más prolijo que soy capaz. Así que “te la comes”, pienso, y sigo tocando sin importarme sus gestos de chica coquera.
Me arranco a tocar una canción más, la cual tiene un coro que escribe la palabra “olvidar”, y eso fue el detonante de la noche, la oportunidad de Carla y mi declive como trovador de recamara. Carla se acerca a mí y, sin importarle que yo estoy desprevenido tocando mi cancioncita, arremete en mi contra propinándome una dolorosa bofetada, haciéndome, obviamente, dar un brinco y dejar de raspar las cuerdas.
¡¿Qué te pasa?!, le digo, ¡¿estás loca?!, añado. “Loco eres tú, por tocarme una canción del olvido, cuando yo estoy aquí, junto a ti”, alega ella. “¿Qué mierda hablas?, ¿qué tiene que ver la canción con nosotros?”, digo exaltado. “Eres de lo peor, un canalla, un hombre sin sentimientos”, dice ella, ebria, con marcado acento etílico. Y yo entiendo que todo ese espectáculo deplorable lo hace porque, en vez de tirármela, me puse a tocar guitarra y a cantar, y, claro, no encontró mejor manera de callarme que con su despecho.
Le digo a Carla que se largue y que se meta su botella de ron al culo. Ella me dice que soy una mierda, un cagón. Le digo que sí, que soy todo eso y más. Ella se va resentida, odiándome, prometiendo nunca más volver. Y yo regreso a seguir tocando mis canciones, cavilando y deseando encontrar a alguien diferente, alguien con sensibilidad, alguna chica más parecida a mí porque ya estoy harto de las chiquitas puteriles y pizpiretas y universitarias.
jueves, 25 de marzo de 2010
Casí solo mía.
Alejado por mucho tiempo de los rigores de los horarios y las aulas, mi sensibilidad y predisposición a la vagancia se vieron interrumpidas por un impertinente sobresalto: de pronto, sentí una necesidad asfixiante por retomar clases, clases de lo que sea, sentía que quería estar en un salón lleno de gente más o menos tan desorientada como yo, y que buque más o menos lo mismo que yo, o sea, hacer vida social. Qué mejor cosa para hacer vida social, que las livianas y remolonas aulas de algún instituto, de esos que abundan en nuestro alegórico régimen educativo, porque, déjenme decirles, uno se divierte igual viendo el chavo del ocho, que pasando cinco años en alguna pujante universidad o instituto. Así que no tenía mucho que pensar, me metí a una academia cagona por San Isidro.
Esta vez tuve la ocurrencia de estudiar italiano, Dios mío, yo y mis arranques. Cuando llega el primer día de clases veo que el salón es una ratonera infesta, llena de gente que balbucea el español pero que tiene todas las ganas de aprender italiano; y ya saben, están todas esas cosas que te hacen pensar: “el perú es el deshueve, la gente se pasa de pendeja”.
Cuando me siento un real idiota por haber gastado plata en dicho instituto del saber, cuando las clases me abruman de aburridas que son y dejo de asistir al curso y voy cuando quiero, o cuando no tengo nada mejor que hacer, o cuando quiero hacer hora dándomelas de ficho en un instituto de medio pelo, es en ese momento, en una clase más a la que fui por si las dudas, que la vi a ella, a Catalina, a la gran y linda Catalina.
Catalina es una chica suave, una chica mundana. Tiene el cabello largo, tan largo como me gusta, y castaño, tan castaño como me enloquece. Tiene la piel blanca, caray, si parece blancanieves. Tiene un cuerpo imperdible, una mirada perturbadora, una sonrisa que contagia, unos labios que te incitan, y tantas cosas que me gustan que casi la siento mía.
Obviamente, me arriesgué y le hablé a Catalina. Obviamente me acerqué a ella con una sonrisa ladina y la traté de envolver. Obviamente fui hacia ella con intenciones nada santas. Obviamente eso de pedirle libro fue una excusa baja y barata para hablarle. Obviamente fui una ladilla y le pedí celular y correo. Obviamente la llené de halagos como si solo viviese para ella. Obviamente ella me atrajo tanto que perdí la cabeza y empecé a ir a todas las clases de italiano habidas y por haber.
Catalina me gustó además, porque tenía mil cosas en común conmigo, como el gusto por la música de Jack Johnson, como La Vida es Bella por película favorita, como la alergia a la mediocridad plañidera, como los comentarios lascivos que van y vienen de vez en cuando, como el odio al pestífero humo del cigarro.
En poco tiempo ella y yo nos hicimos de confianza, de una confianza entrañable, urdidora, atípica.
Ese día, varios días después de habernos conocido, Catalina y yo estábamos sentados al fondo de la clase, ella estaba con un vestido rojo, con una vincha roja, con unas sandalias altas… ¡Por Dios, nunca vi algo tan comestible! Así que acelerado y excitado como estaba, mientras la profesora decía parole, ascolta, ragazzo… cosas así, y mientras uno pensaba: baja un poquito la voz que estoy afanando acá, ¿si? En ese momento, le susurré al oído a Catalina y le dije “¿quieres ir a mi casa terminando la clase?”
Ella sonrió pronta y me miró de soslayo y me clavó una mirada larga e inquisidora. Luego se acercó a mí y me dijo que le encantaría pero no puede. Naturalmente, le pregunté por qué, qué se lo impedía. Y ella me contó que a la tarde iba a verse con Mariana. “¿Quién es Mariana?”, le pregunté, como diciendo ¿qué meritos ha hecho ella para que prevalezca sobre mí? Y Catalina me dijo “Mariana es una amiga, una amiga especial”. “¿Especial en qué sentido?”, pregunté raudo. Y ella: Tú sabes, amigas especiales, amigas con privilegios. Y yo pensé ¡wooow!, ¡take it slow!, ¡qué rico!, ¡lo máximo de solo imaginar!, y luego le pregunté: ¿eres o no eres? Y ella me dice “soy lo que soy, me gustan las chicas, y también los chicos”.
Quedé perplejo, atónico, ya me entienden, ¡crispado! Cuando la clase finalizó, la gente se empezó a retirar y se formó un barullo del carajo y yo permanecía en mi asiento, cavilando, pensando mil cosas (mil cosas que incluían a Catalina). Y Catalina se puso de pie y ¡muak!, me metió un chape hermoso y me dijo que la invitación a mi casa quedaba pendiente, que tenía que irse, que algún día debería conocer a su amiga Mariana, que me caería chévere. Y yo sonreí y deje ir a Catalina, pensando que, a veces, la vida puede ser irresistiblemente prometedora.

