domingo, 6 de septiembre de 2009

Sólo piensa.

Ramiro enciende la laptop y hace crujir sus nudillos, se alista para escribir, para retocar la novela que ha terminado. Pasa largos minutos arrellanado en el sillón, viendo la pantalla de su ordenador en blanco; no tiene ideas, no sabe qué aportar. Sólo piensa.

He adelgazado, se dice, mirándose el abdomen, algo de bueno me dejó enfermarme casi un mes, al menos me deshice de las adiposidades que me conminaban a usar ropa ancha, cual reggaetonero.

Cuando me enfermé, la única persona que estuvo conmigo fue Andrea, soportarme cuando mi existencia se vio reducida a escombros, es una de las grandezas más sublimes que he visto y veré.

Andrea merece a alguien mejor, así como yo merecí enfermarme por ser una mala persona con ella, con ella que es tan buena conmigo.

Ramiro mira en derredor, como buscando ideas: no se me ocurre nada, se amarga, no sé para qué pienso tanto, no sé para que le dedico tanto esfuerzo a una novela que nadie leerá, se frustra.

¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Valdrá la pena haber ninguneado mi bachillerato de la universidad para dedicarme a escribir? Desde que empecé con esto hay algo que no he parado de ganar: críticas desdeñosas, los absurdos de siempre, piensa.

Finalmente, creo que mi motivación es darles la contra a todas las personas que solo saben hablar mal, escribir si ellos no quieren que lo haga; y, si acaso, con alguna fama futura, taparles la boca y reírme de ellos.

Ramiro recuerda cuando, una vez hace tiempo, una amiga suya le alcanzó un cuaderno y le pidió que le dejara un recordatorio con su firma, “para que cuando seas famoso tenga pruebas de que fuiste mi amigo”, le dijo ella. Ambos se rieron, y Ramiro pensó que en la vida aún hay gente que cree en la gente.

Creo que ahora tengo más enemigos que amigos, o más opositores que partidarios, piensa.

Ramiro recuerda al ganapán que le jugó sucio hace unas semanas, haciendo una serie de movimientos pueriles para evitar que su banda toque en un concierto de sábado en la noche. Lo recuerda porque ese sufrido sujeto intentó también hackearle unos correos días atrás, demostrando que no cuenta con una vida muy entretenida. Ramiro sintió pena por aquel hombre con alma de anciano.

Siento una extraña paz en mí, piensa él, la atribuyo a que ya no uso celular.

No me quiero cortar el pelo ni afeitarme la barba, cavila, me gusta esa imagen decadente y lumpen, sibilina y misteriosa; todas esas cosas que no soy.

Hay pizza en la refri, se recuerda, lo mejor de vivir sólo es que las decisiones no se debaten, y si quiero almorzar pizza congelada, pues lo hago y ya.

Ramiro no ha logrado escribir ni un ápice, a veces pasa, suele suceder que uno se encuentre obnubilado. Entonces, obnubilado y con hambre, apaga la laptop y se dirige a la cocina, a ejercer su dictadura.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Los tristes finales.

De lejos, y como es sabido por toda la sociedad bohemia y fiestera, la peor parte de las reuniones, francachelas, saraos o chupetas, es la mañana siguiente, la cual llega acompañada de la temible y famosa resaca: esa nube negra que se posa sobre las cabezas de los trasnochados anegados de alcohol, y que te somete a insufribles dolores y pesares, a ingobernables arcadas y dolores de cabeza, a hacerte jurar que “esta es la última vez que tomo, por Dios”.

Hoy, este domingo gris y feo –como son todos los domingos en esta ciudad–, estoy tirado sobre mi cama, despeinado y ojeroso, desnudo y adolorido; sintiendo que todo me da vueltas, tanto con los ojos cerrados como abiertos, y sólo me sujeto fuerte al colchón y maldigo mi suerte.

Deben ser las tres o cuatro de la tarde, no lo sé ni me importa, sólo tengo en la cabeza la vaga idea de ponerme de pie e ir por algunas pastillas para mitigar mis múltiples dolores; lo lamentable es que esa idea no es muy fuerte, o quizá yo soy muy débil, lo cierto es que no me paro, me quedo tendido en la cama largo rato más.

Reptando, voy al baño y vomito la vida en el pobre inodoro, que cumple con estoicismo la difícil tarea de aguantar todo lo que chupé el día anterior, sólo que procesado y fusionado con bilis. Luego hago algunas abluciones y me echo bastante agua en la cara, mientras el espejo me devuelve la imagen de un joven mediocre de ciudad mediocre de país mediocre; me devuelve la imagen de un joven como tantos en el mundo.

Tengo un pequeño botiquín en el dormitorio, donde almaceno algunas pastillas y remedios que seguramente ya expiraron, pues los traje de la casa de mis padres y en esa casa vivieron desde que tengo uso de razón. Igual, no me queda de otra, agarro una de las pastillas que es para el dolor de cabeza y me la tomo ayudado con un vaso con agua; me da asco la operación.

Recuerdo que alguien me dijo alguna vez, que lo mejor que se puede hacer cuando uno está con resaca, es seguir chupando. Me parece algo descabellado e ilógico, yo, de sólo pensar en más alcohol, se me revuelve el estómago y voy directo al baño con la urgencia de expeler ciertos químicos fermentados y constrictores.

Tomo jugo de naranja bien helado, y al hacerlo siento como todo mi diezmado interior se procura un alivio celestial; se apaga el incendio que llevo dentro por algunos segundos, hasta que sus llamas reviven subyugándome una vez más. Luego prendo la tele y veo Nickelodeon o MTV, tras unos momentos –en el mejor de los casos–, veo todo borroso, luego veo doble y a veces hasta triple, y entonces tomo más jugo de naranja y el círculo se vuelve a repetir.

Detesto la resaca y sé que ese sentir lo comparto con no pocos borrachines que hay en el mundo. ¿Saben cuál es la idea del millón de dólares? Dejar de inventar tanta pastilla para el dolor de cabeza o de barriga o de lo que sea, e inventar una pastilla anti resaca, que sea capaz de solucionar los tristes finales de las noches locas que nos alegran la existencia.

martes, 7 de julio de 2009

Hipocondriac honey moon.

Estoy aburrido, probablemente más que Leonardo; es un sábado aletargado, es de noche y no hay nada prometedor por hacer, sólo seguir sentados sobre esta banca apestosa del parque venido a menos que siempre nos recibe triste y tranquilo, tranquilo y apestoso, como las bancas que hay en él y como sus fortuitos ocupantes.

Leonardo me dice para ir a su casa a escuchar sus discos de aerosmith y prendernos unos tronchos. Yo le digo que no, le recuerdo que es sábado y que lo mejor sería buscar un par de hembritas y hacerla por ahí. Él me dice: llama a Andrea, dile que venga con una amiga. Yo le digo: Huevón, si quisiera ver a Andrea estaría con ella y no contigo.

¿Qué tienes en mente?, me pregunta Leo. No tengo nada en mente, ese es el problema, le respondo. Vamos a la avenida La Marina, ahí hay un culo de discotecas, fácil la hacemos, me dice Leonardo. Estás cagado, esas discotecas apestan a ala, le digo. No se me ocurre nada más, me dice. Hay que comprar un trago mientras pensamos, le digo. Yo creo que mejor es ir de frente a la Marina, pero bueno, compremos el trago, acepta.

Compramos un ron barato, lo combinamos con cocacola, lo llevamos hasta el parque y nos servimos en vasos descartables; lo hacemos sigilosamente, con cuidado, no vaya a ser que pase la tombería y nos arruine el miserable plan que hemos logrado urdir mi amigo y yo.
Conversamos y tomamos por un buen rato, unos largos instantes hasta que al destino se le termina la buena voluntad y arremete malamente contra nuestras aciagas existencias. Un joven de mediana edad, vestido todo de azul y trepado en una bicicleta oxidada se nos acerca por detrás, luego se estaciona junto a la chingana en la que hemos convertido a la pobre banca del parque.

Buenas, buenas, choches, dice el joven oficial, no es un policía es un colaborador del serenazgo; está determinantemente prohibido libar licores con contenido alcohólico en las vías públicas, añade. Leo y yo nos miramos socarrones. Disculpe, oficial, pero estamos acá tranquilos, sin molestar a nadie, le digo. Yo sólo recibo órdenes, choches, los vecinos son los que se han quejado, me dice. Caballero, mi tía Raquelita vive en el edificio de en frente, le miento, yo soy vecino de aquí, del barrio. El joven me mira incrédulo y hasta ofendido.

¿Me estás tomando el pelo, choches?, me pregunta. Claro que no, jefe, le digo, pensando que se soliviantará porque lo he llamado jefe. Para su información yo soy el superintendente del grupo de control de disturbios y sonidos estruendosos en zonas urbanas. Ah, caramba, le digo. Así que, por favor, vayan circulando de este parque de áreas verdes, dice. Leo lo mira divertido y le dice: Maestro, ¿un traguito?, y luego le alcanza un vaso descartable con ron.

¡Al oficial Esneider Huamán nadie lo corrompe!, dice alzando la voz. Leo y yo nos reímos. Nadie lo quiere corromper, oficial, sólo le invitamos un traguito para el frío, le digo. ¿Para el frío?, pregunta Esneider. Claro pues, maestro, con este frío un trago le caería a pelo, le daría fuerzas para seguir patrullando, le digo. ¡Puchicana!, ¿seguro?, duda el oficial. Seguro, Míster, pruebe el trago que está buenazo. El joven acepta el vaso y se toma el ron de un sorbo.

¡Achachay, ta´ fuertototote!, dice. Es el famoso hipocondriac honey moon, le miento; es un trago famoso en USA. Leo se ríe y dice: es que acá el hombre es barman, se hace los mejores tragos de la ciudad. En ese caso sírvanme otrito más, dice el oficial. Con todo gusto, digo mientras lleno el vaso descartable con más ron barato.

El oficial Esneider Huamán se toma uno, dos, tres, y hasta cuatro vasos más con nosotros; se los tomas así, seco y volteado; luego nos devuelve el vaso y dice: Gracias, muchachos, gracias por tantas atenciones con su oficial. Le regalamos el vasito, jefe, lléveselo de recuerdo, le digo, renuente a tocar ese recipiente otra vez. Se agradece, dice el oficial y luego se trepa en su bicicleta y arranca en vilo: Nos vemos, choches, ya será hasta otra oportunidad. Leo y yo le hacemos adiós con las manos y luego soltamos a reírnos de lo ocurrido; y entonces yo siento que en esta ciudad uno no se puede aburrir, porque siempre hay alguien dispuesto a hacerte reír.

domingo, 21 de junio de 2009

Bajezas.

Suena el celular, recibo un mensaje de texto: hola, como estás. No identifico el número remitente, no está en mi agenda; debido a la curiosidad que me invade, violo mi habitual desinterés por contestar los mensajes de texto y escribo: ¿Quién eres? No tarda en responder: Qué mal que lo preguntes, sé que ha pasado tiempo, pero no es motivo para olvidar. Quedo extrañado y ahora con mucha más curiosidad respondo mintiendo: He cambiado de celular, sigo con el mismo número pero mi agenda se borró, por eso no sé quién eres. Un nuevo mensaje llega sucinto: Roxana.

Respiro profundamente, estoy impresionado. No veo a Roxana hace meses, no desde que nuestros destinos se separaran porque le fueron con el chisme de que yo salía con ella mientas tenía enamorada. Ella enfureció conmigo, me habló terriblemente; yo hice lo que suelo hacer cuando me siento vejado: mandar todo a la mierda. Ese mismo día borré su número de la agenda del celular.

Le escribo: ¡A los años!, qué gusto saber de ti, ¿cómo has estado? Ella me escribe: No tan bien como tú; estaba escuchando la canción de 311 que me dedicaste, me acordé de ti, te eché de menos. No recuerdo haberle dedicado una canción, pero a veces uno dice cosas por arrechura de las que no suele acordarse. Rememorando buenos tiempos le escribo: Qué bueno, yo también te echo de menos, ¿podremos volvernos a ver? Ella escribe: ¿Tienes algo que hacer hoy? Animado escribo: Verte, vente al depa. Ella escribe: Salgo para allá en una hora, espérame.

Estoy intranquilo, impera en mí la incertidumbre de volver a ver una antigua pasión, porque lo nuestro fue eso: Pasión. A Roxana y a mí nos unía un vínculo lascivo, sobre todo. Me encantaba la capacidad que tenía para sumergirse a las abyecciones pervertidas que yo le proponía. Eso era lo que más me gustaba de ella.

Roxana llega y nos saludamos con un cariño nervioso, ambos sabemos que las cosas no terminaron bien; es la primera vez, desde entonces, que nuestros orgullos ceden y nos permiten abrazarnos de nuevo. Yo la veo y noto que ha cambiado, pero mantiene ese airecillo altivo de siempre. Ella me dice que estoy mucho más pelucón, que extraña mi cerquillo. Roxana entra a la sala caminando frente a mí, con sus ropas ajustadas que resaltan sus atributos, y entonces recuerdo que es lo que yo extraño de ella.

Nos sentamos a charlar y nos ponemos al tanto de nuestras vidas, y todo va bien hasta que ella revive el infortunado rumor que nos alejó. ¿Por qué no me dijiste que tenías enamorada?, me dice. Porque no tenía, miento; tú sabes que no creo en esa clase de cosas, añado. Pero mis amigos te vieron, te encontraron con la chica, y varias veces, me dice. Tus amigos son una tira de idiotas, le digo. Ellos no me mentirían, me dice. Yo tampoco, pero tú les creíste a ellos, me defiendo. Pero te vieron con la chica, me dice. Era una amiga, no mi enamorada, miento otra vez. ¡Sí, claro!, ironiza.

Me acerco a Roxana y le digo que no tiene caso hablar de ese absurdo, le sugiero que lo olvidemos y que mejor sería celebrar que otra vez estamos juntos. Ella se cruza de brazos y no dice nada, y yo siento que se me ha encendido, nuevamente, todo el deseo por ella. La acaricio, me aproximo algo más, ella me mira fijamente y se deja besar con fruición. Nos besamos y luego revivimos las afiebradas bajezas que nos solían hacer suspirar, e incluso también, en mí, la culpa por estar engañando a las dos una vez más.
Felice giorno, Blog!!!

domingo, 14 de junio de 2009

La maldita tecnología

Una de las cosas por las que creo que mi existencia no carece de sentido, es el hecho de que ya haya terminado mi novela; le estoy dando unos retoques para dejarla mejor. Siempre la guardo en mi incondicional USB, un aparatejo que me resulta muy práctico. Nunca he guardado ni guardo la novela en la laptop, eso porque siempre estoy de un lado a otro, escribiendo itinerante entre la universidad, mi casa y la biblioteca; por comodidad siempre elijo el USB.

No fueron pocas las personas que me recomendaron tomarme un tiempo para guardar mi novela en la computadora o para enviármela en un oportuno e-mail, tomar esa clase de medidas porque “te pueden robar el USB y adiós a tu trabajo”. Pero yo siempre respondía haciéndome el gracioso y decía que, si alguna vez me asaltan, pueden pasar dos cosas: o me trago el USB o me lo meto al culo con tal de que no me lo roben.

A veces pensaba qué pasaría si pierdo mi novela, todo el trabajo al agua, todo el tiempo y el esfuerzo dilapidado malamente, me frustraba un poco y me prometía a mí mismo guardar mi trabajo en un mail o en la laptop lo más pronto posible. Apenas entre a la compu lo hago, me prometía, olvidando que mis promesas valen poco (en el mejor de los casos) o nada.

Entonces así, en uno de estos días grises, me levanto pasada la una y ya, ¡a escribir! Prendo la laptop, meto el USB, y algo extraño sucede: no hay indicios de que haya ingresado el dispositivo. Saco el aparato, le doy unos toques y lo vuelvo a meter. Nada. Empiezo a preocuparme, a escuchar en mi mente las advertencias que tanto me daban algunas personas; obnubilado repito la operación: meto el USB, nada, lo saco, lo soplo, lo golpeo, hago mil cosas y nada de nada.

El maldito USB ya no funciona, se ha ido y se ha llevado mi novela, me ha derrotado. Totalmente en pánico, pienso que debo llevarlo a algún prudente técnico para que trate de salvar el maldito aparato y mi trabajo –sobre todo-, aunque temo que para arreglar el USB deberá hacer algún procedimiento que implique borrar su contenido. No puedo creer mi suerte, no puedo creer que, ni siquiera, haya sido un usual ladrón el que me ha privado de la novela, sino que fue la maldita tecnología y claro, mea culpa, lo remolón que soy.

jueves, 21 de mayo de 2009

El galán que no es.

Ramiro ha esperado este momento, esta noche; está emocionado y bien vestido (lo mejor que pudo), está con sus dos mejores y únicos amigos de la universidad, han entrado a la discoteca de moda de la que tanto han oído y que por fin pisan. El lugar es pródigo, las luces ametrallan la oscuridad e iluminan los rostros sibilinos que pululan por ahí. Ramiro tiene una media sonrisa, le gusta sentir la música y la bulla y el olor a cigarro y a cerveza.

Hay buenas flacas, le ha dicho uno de sus amigos. Todas están ricas acá, le ha dicho el otro; pero Ramiro sabe que sus amigos no actuarán esa noche, son demasiado tímidos e introvertidos; sabe que sólo han venido a mirar.

Los tres compran cervezas, se las venden a un precio exagerado, Ramiro paga su parte con mala cara, gamonal y desprendido no son calificativos para él. Los tres avanzan hacia un rincón de la discoteca bullanguera, se instalan y empiezan a tomar con vehemencia, buscando en el trago el valor que no tuvieron ni tendrán.

Ramiro toma y mueve los pies al ritmo de la música, no puede ocultar sus crecientes ganas por bailar y flirtear; busca con la mirada alguna chica, encuentra varias, pero no se atreve a abordarlas, la introversión de sus amigos ha exacerbado la suya.

Terminan las seis cervezas que compraron y Ramiro manda a uno de sus amigos por más licor. Lo bueno de estos chicos es que me guardan un respeto, piensa, me ven como un líder, como el galán que no soy. Llega el amigo con más cervezas y retoman el sarao; Ramiro no deja de ver a una chica que baila sola a unos pasos, una chica que le recuerda que es un lascivo de temer.

Ramiro no les dice nada a sus amigos, no tiene caso, que vean y aprendan, piensa. Se acerca a la chica y le toca el hombro: ¿bailas?, le pregunta. La chica lo mira, itinerante entre la oscuridad y las luces de colores, son instantes de sumo desconcierto, Ramiro siente ramalazos de temor. ¡Ya!, responde la chica finalmente y se acerca a Ramiro sin mirarlo siquiera.

Ambos bailan confundidos entre la multitud, los amigos de Ramiro parecen verlo más con asombro que con envidia, mientras siguen tomando agazapados. Ramiro siente que baila pésimo, y nota al instante que la chica baila demasiado bien, sabe que debe hablarle para que las cosas no terminen con la canción, que debe empezar la típica conversación de discoteca.

¿Cómo te llamas?, le pregunta él. La chica le responde pero Ramiro no alcanza a escuchar por el descomunal volumen de la música. ¿Perdón?, dice a los gritos. ¡Sofía!, retruca la chica. Siguen bailando, él mirando al piso. ¿Siempre vienes acá?, vuelve él al ataque. Casi, a veces, responde ella, no parece muy entusiasmada. ¿Has venido con tus amigas?, pregunta él. Humjum, gesticula ella. Continúan bailando. Bailas muy bien, dice él. Gracias, responde ella, lacónica. Se hace un silencio entre ambos. Yo no bailo nada, dice él divertido. Me doy cuenta, añade ella.

La canción termina y empieza otra, Ramiro continúa bailando. Ya, este…, ahí nomás, dice la chica, frenando sus pasos. ¡Ah, ya!, dice Ramiro, abochornado, ¡ya, ya, normal!, añade con una sonrisa, tratando de que la situación parezca una despedida y no una choteada.

Ramiro regresa con sus amigos y ellos lo encomian, se han tragado el cuento, creen que Ramiro hizo las de galán, nada más alejado a lo real. Ramiro se ríe y vuelve a tomar, pero se siente gélido por dentro, porque sabe que no puede ser lo que no es, sabe que más bien es como sus amigos, y que hoy no harán nada más que tomar y mirar.







Felice giorno, Lulo

lunes, 4 de mayo de 2009

Niña, chica grande.

Mario me llama al celular, me pregunta si estoy en casa. Yo le digo que sí, que estoy escribiendo. Él me pregunta si puede caerme un rato, dice que está con Claudia, su enamorada, y la prima de Claudia, a quien me quiere presentar; no olvida mencionarme que la prima está buena. Acepto con entusiasmo.

Minutos más tarde tocan el intercomunicador, son Mario, Claudia y su prima, los hago pasar de inmediato. Saludo a Mario con cariño, no nos vemos muy seguido; saludo a Claudia de forma comedida, no me cae; luego veo a la prima, es más joven de lo que creí, tiene aspecto de adolescente, fácil unos dieciséis años. A pesar de eso, es una chica linda, agraciada, noto de inmediato que tiene bonito cuerpo y también bonita sonrisa y bonitos ojos, en ese orden.

Se llama Gretel, me dice Claudia. Qué nombre tan raro, pienso, pero en cambio digo: qué bonito nombre, me gusta. Nos sentamos en la sala, Mario y Claudia juntos en uno de los muebles, Gretel y yo juntos en otro. Mario me enseña una bolsa plástica de color negro, con un bulto dentro, no tardo en adivinar que contiene, ¡un trago!, le digo. ¿Cómo sabías?, me dice. Porque eres un borracho, me es difícil imaginarte sin una botella de licor al lado, digo, las chicas se ríen.

Arrancamos a tomar el ron barato que ha visto a bien traer Mario. Tomamos con una vehemencia exacerbada para ser lunes. Conversamos un par de tonterías. Le pregunto a Gretel cuántos años tiene. Ella me dice que en dos semanas cumplirá diecisiete. Yo sonrío porque adiviné su edad, y porque empecé a paladear la idea de que seré merecedor de la palabra chibolero.

Mario y Claudia empiezan a besarse escandalosamente, el cariz se vuelve un poco incómodo. Voy a poner música, digo. Gretel alarga la mirada, ¿sabes tocar guitarra?, me pregunta, señalando mi guitarra que está tirada por ahí. Sí, algo sé, digo. Mejor toca algo, dice ella. ¿Qué quieres que te toque?, le digo pretencioso, a la vez que cojo la guitarra y me la pongo a cuestas. Gretel se ríe y toma un poco más de ron, Mario y Claudia siguen chapando.

Toco un par de canciones, Gretel las celebra, mi amigo y su enamorada no me hacen caso. El trago, como siempre, ha logrado evaporar los rodeos y las cavilaciones, entramos en la etapa donde decimos lo que se nos antoja. ¿Te puedo dedicar una canción?, le pregunto a Gretel. Ella arquea las cejas, se sorprende. ¡Qué lindo, me encantaría!, dice y da algunas palmadas. Es una canción romántica, la letra es casi tan linda como tú, digo y empiezo a tocar la única canción lenta que sé, y me río por dentro porque ni yo me creo lo que acabo de decir.

Termino la canción y Gretel me aplaude conmovida, y luego se me acerca y me da un abrazo. Yo dejo la guitarra a un lado y le devuelvo el abrazo a Gretel, la huelo un rato, huelo su cabello, huele rico, a fresas; luego la miro y la beso; y entonces siento que mi casa parece el parque del amor, lleno de parejas besuqueándose mañosamente.

El ron de Mario se termina, y yo no quiero que la reunión se termine. Les digo a los chicos que yo tengo una botella de ron a medio tomar, que está en mi cuarto y que la traeré para seguirla. Mario levanta los pulgares, se ve que ya está mareado, igual que Claudia; luego le estampa otro feroz beso a su enamorada. Me pongo de pie y al escudriñar la situación, me doy cuenta de que Gretel y yo ya no necesitamos seguir allí para divertirnos. Entonces, miro a Gretel y le digo: ¿Me haces la taba a traer el ron? Ella se ríe cómplice y no dice nada, sólo se para y me sigue.

Entramos a mi habitación y no hay tiempo para explicar las excusas, Gretel y yo nos besamos con fruición, primero de pie, y luego sobre la cama, ambos nos tocamos con ganas antiguas. La habitación está tenuemente iluminada por la luz de la calle, que se asoma por la ventana. Ayudo a Gretel a desnudarse y luego lo hago yo, siento un deseo endiablado en mí, y a la vez una vocecilla que me recuerda que Gretel es aún una adolecente, tiene dieciséis años. Pero cuando tomo no soy bueno para escuchar, así que no hago caso y sigo con lo mío; pongo a Gretel a horcajadas y pasa lo que ambos queríamos que pase.