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martes, 8 de diciembre de 2009

Salsa del recuerdo.

He regresado por algunos días a Lima, vuelvo a una ciudad atrabiliaria, convulsionada, llena de humo, una ciudad deprimente salvo por las consolaciones que te da el tener un Mc Donalds a la mano -tú sabes, uno sólo anda en Lima porque se disfruta de la globalización-, fuera de eso, extraño la lejanía del pueblo donde me desintoxiqué la mente, aquella colina a la que volveré pronto capeando el soroche y escuchando a los reds.

Unos amigos de la universidad me invitan a una fiesta, al cumpleaños de alguna anónima que no me interesa conocer, porque cuando pregunté por ella me dijeron que no pasaba nada, que ni con tragos te convence; pero accedí acudir al tono porque también me dijeron que la susodicha tiene buenas amigas, amigas de la Católica, de la Pacifico, flaquitas bien ricas, Marco, me dijeron, por eso acepté sin titubear.

Al día siguiente me encuentro con mis amigos, nos saludamos con cariño, pues no nos vemos hace mucho. De inmediato nos encaminamos a la fiesta y tomamos un taxi hasta Surco, que es donde queda la casa. La dueña del santo se llama Pilar, y al verla compruebo lo que mis amigos ya me habían adelantado: es fea. Pilar nos invita a pasar a su casa, a disfrutar de la fiesta. Nosotros entramos y veo entonces que la reunión ya ha empezado, que hay chicos y chicas bailando y libando; veo que hay bastante trago en la mesa, trago que no podre probar porque estoy con pastillas para controlar la ansiedad; y veo que hay varias chicas encomiables a las que me gustaría poseer desde ya, porque esas mismas pastillas lejos de quitarme la libido, me la han aumentado a proporciones de cuidado.

Mis amigos no pierden tiempo y empiezan a absorber con alborozo vasos y más vasos de ron y vodka. Yo, a un lado, ensimismado y abstemio, me bajo una cocacolita helada nomás, situación que con los minutos se hace pesada, pues la gente se va emborrachando y acelerando y alocando, todos juntos, todos en ese orden, y yo sigo en el primer nivel, o sea: tranqui, con mi gaseosita negra y jodidamente sobrio.

En esas estoy, cuando de pronto, no puede ser, ¿Carla?, me sobo los ojos como incrédulo, pero sí, es ella, es Carla, una chica con la que salí hace algún tiempo, una “ex” como dicen por ahí las noveleras. Veo a Carla con un grupito de gente, están chupando y riéndose de sabe Dios qué, ella está linda, le sienta bien el color azul, está vestida en escala de azules, siempre le quedó bien ese color.

Me hago el tonto conversando con los tontos de mis amigos, los cuales, a propósito, están ya borrachos y tramando planes para el año nuevo, y espero a que sea Carla quien me reconozca y se acerque. Maldito orgullo, siempre me haces esto. Espero parado un buen rato y ella no parece detectar mi presencia, no nota que la espero, no nota –o finge no notar- que otra vez estoy babeando por ella.

La música empieza a expeler una serie de Salsas cubanas, y yo muevo los pies incitado por esos ritmos que ya me gustaría dominar en la pista de baile. Al mismo tiempo veo de soslayo otra vez a Carla, pues recuerdo que a ella le encanta la Salsa y que a mí me encantaba como la bailaba porque lo hacía con una maestría y una sensualidad que siempre nos hacía terminar en unas clases intensivas en mi cuarto, en el depa.

Carla sale a bailar con un idiota de por ahí, un pavo que la abordó. Veo eso y me llega, veo eso y quiero meterme un trago, veo el trago y recuerdo que no puedo tomar, y eso me encoleriza más aún.

Rato después, Carla regresa con su grupo de amigas, y yo sé que ya me ha visto, que ya advirtió mi presencia en la fiesta, pues ella y sus amigas cuchichean ladinas y me miran agazapadas, y yo me doy cuenta de todo eso porque soy bueno para notar las indirectas, y sólo me hago el loco y tomo mi cocacola flexionando el brazo duramente, resaltando mis bíceps, dándoles algo más que ver a las flaquitas esas, después de todo uno no hace ejercicios por las puras.

De pronto suena una canción que me resulta muy familiar, una canción que exacerba el cariz del momento, una salsa que Carla me dedicó cuando estábamos. Yo la miro y ella me ve, y ambos nos reímos cómplices, entonces me acerco y la saco a bailar, ella acepta con una sonrisa y entonces la noche empieza a cobrar sentido.

Carla y yo hablamos un par de cosas, un cómo has estado, un qué ha sido de ti, mientras tanto, yo disfruto verla bailar, moverse tan rico, tan suave, menear su cuerpo magro y agraciado mientras me canta al oído Ricki ricon, mientras yo le digo con fruición lo que le solía decir cuando estábamos, que puedo ser su Ricki ricon, o el perro Dollar si prefiere.

Carla sonríe divertida y luego pasa sus manos por mi cuello, acerca sus labios a los míos, me besa lentamente, moviendo su lengua por la comisura de mis labios, como sabe que me gusta; yo la acaricio y le pregunto si la puedo acompañar a su casa, ella me dice que sí. Entonces le pregunto si primero ella me puede acompañar a la mía, ella se ríe y me dice que no cambiaré jamás, pero acepta y me toma de la mano, lista para revivir escenas de capítulos anteriores.

jueves, 21 de mayo de 2009

El galán que no es.

Ramiro ha esperado este momento, esta noche; está emocionado y bien vestido (lo mejor que pudo), está con sus dos mejores y únicos amigos de la universidad, han entrado a la discoteca de moda de la que tanto han oído y que por fin pisan. El lugar es pródigo, las luces ametrallan la oscuridad e iluminan los rostros sibilinos que pululan por ahí. Ramiro tiene una media sonrisa, le gusta sentir la música y la bulla y el olor a cigarro y a cerveza.

Hay buenas flacas, le ha dicho uno de sus amigos. Todas están ricas acá, le ha dicho el otro; pero Ramiro sabe que sus amigos no actuarán esa noche, son demasiado tímidos e introvertidos; sabe que sólo han venido a mirar.

Los tres compran cervezas, se las venden a un precio exagerado, Ramiro paga su parte con mala cara, gamonal y desprendido no son calificativos para él. Los tres avanzan hacia un rincón de la discoteca bullanguera, se instalan y empiezan a tomar con vehemencia, buscando en el trago el valor que no tuvieron ni tendrán.

Ramiro toma y mueve los pies al ritmo de la música, no puede ocultar sus crecientes ganas por bailar y flirtear; busca con la mirada alguna chica, encuentra varias, pero no se atreve a abordarlas, la introversión de sus amigos ha exacerbado la suya.

Terminan las seis cervezas que compraron y Ramiro manda a uno de sus amigos por más licor. Lo bueno de estos chicos es que me guardan un respeto, piensa, me ven como un líder, como el galán que no soy. Llega el amigo con más cervezas y retoman el sarao; Ramiro no deja de ver a una chica que baila sola a unos pasos, una chica que le recuerda que es un lascivo de temer.

Ramiro no les dice nada a sus amigos, no tiene caso, que vean y aprendan, piensa. Se acerca a la chica y le toca el hombro: ¿bailas?, le pregunta. La chica lo mira, itinerante entre la oscuridad y las luces de colores, son instantes de sumo desconcierto, Ramiro siente ramalazos de temor. ¡Ya!, responde la chica finalmente y se acerca a Ramiro sin mirarlo siquiera.

Ambos bailan confundidos entre la multitud, los amigos de Ramiro parecen verlo más con asombro que con envidia, mientras siguen tomando agazapados. Ramiro siente que baila pésimo, y nota al instante que la chica baila demasiado bien, sabe que debe hablarle para que las cosas no terminen con la canción, que debe empezar la típica conversación de discoteca.

¿Cómo te llamas?, le pregunta él. La chica le responde pero Ramiro no alcanza a escuchar por el descomunal volumen de la música. ¿Perdón?, dice a los gritos. ¡Sofía!, retruca la chica. Siguen bailando, él mirando al piso. ¿Siempre vienes acá?, vuelve él al ataque. Casi, a veces, responde ella, no parece muy entusiasmada. ¿Has venido con tus amigas?, pregunta él. Humjum, gesticula ella. Continúan bailando. Bailas muy bien, dice él. Gracias, responde ella, lacónica. Se hace un silencio entre ambos. Yo no bailo nada, dice él divertido. Me doy cuenta, añade ella.

La canción termina y empieza otra, Ramiro continúa bailando. Ya, este…, ahí nomás, dice la chica, frenando sus pasos. ¡Ah, ya!, dice Ramiro, abochornado, ¡ya, ya, normal!, añade con una sonrisa, tratando de que la situación parezca una despedida y no una choteada.

Ramiro regresa con sus amigos y ellos lo encomian, se han tragado el cuento, creen que Ramiro hizo las de galán, nada más alejado a lo real. Ramiro se ríe y vuelve a tomar, pero se siente gélido por dentro, porque sabe que no puede ser lo que no es, sabe que más bien es como sus amigos, y que hoy no harán nada más que tomar y mirar.







Felice giorno, Lulo

sábado, 21 de junio de 2008

Fiesta de Monos

¿Has escuchado alguna vez esa horrenda canción q dice : “Estar en la universidad es una cosa de locos, estar en la universidad es una fiesta de monos”? Pues debo decir que pocas veces escuche en la radio una frase tan cierta y memorable y sobre todo que diga por mi lo que pienso de la universidad.
Estudio comunicaciones hace cinco años - siendo este mi ultimo año, lo que se agradece.- y en este tiempo sentí como, quieras o no, formas parte de una institución que no te conoce, que no sabe quien eres, que no sabe como te llamas o en que eres bueno, pero como la ignorancia total no existe hay algo que sí sabe y es cobrarte puntualmente.
Yo trato de no involucrarme en esos duelos interminables por ver cual es la mejor universidad del país, ya que para mi – y a sabiendas que aquí el nivel de la educación es pobrísimo.- todas son igual, todas te venden “conocimiento” y el precio varia de acuerdo al edificio en que quieras estar.
Me ha tocado escuchar –y soportar- a profesores que terminando sus clases en la universidad iban a enseñar a otras universidades, lo que me parece valido por que los sueldos a los maestros no son digamos: humanos, pero que deja dudas sobre si existe diferencias entre una universidad y otra.
En mi universidad pasan las cosas mas locas y extrañas y se que muchos coincidirán conmigo en que fueron cosas locas. ¿Alguna vez haz querido dar un reclamo y te han cobrado por escucharte? – escucharte, no solucionarte el problema.- ¿Alguna vez viste a un guachiman corretear a un alumno por toda la universidad por que quiso entrar a un aula un minuto después de que tocó el timbre?, ¿alguna vez te aumentaron abrumadoramente la pensión por que a tu universidad se le dio la gana de comprar un equipo de fútbol?, ó ¿Alguna vez tu profesora te dijo: debes dar la cuota de 45 soles para que la universidad haga un seminario o quedaras desaprobado del curso? Y así tantas preguntas más que podría seguir planteando y que solo confirmarían que una cosa es lucrar y otra enseñar.