sábado, 12 de marzo de 2011

Hasta el fondo.

“¿Por qué las vidas se complican?, ¡se joden!, ¡se atrofian!, ¿por qué todo, para poder ser, debe ser complicado?”, piensa Ramirito mientras observa alunado la oscuridad de la calle.

-¡Salud, pues, hermanón! –le dice Pichicho-, no me deje usted con la mano extendida –le añade alcanzándole el vaso descartable lleno de capitán.
Ramirito recibe el vaso e intenta terminarlo de un sorbo. No puede, languidece a poco más de la mitad, el capitán está fortísimo.
-Me quieres tumbar, Pichicho, el trago está muy fuerte. Si no te conociera pensaría que me quieres violar.

Ambos se ríen y luego Pichicho se excusa diciendo que la gaseosa quedó chica, que muy cara la cocacola de dos litros, que mejor así, que quiere emborracharse.

Ramirito termina de secar el vaso descartable en medio de aquél parque desolado donde yacen arrellanados y extrañamente cómodos, donde se han dado cita como todos los viernes desde que se conocen.

-Faltan flacas –aventuró Ramirito, algo desolado.

-Lo de siempre, pero sí pues, con este trago podríamos emborrachar al toque a un par de hembritas. Tú sabes cómo se ponen las hembritas con el ron, les da por abrir las piernas.

-No todas –replicó Ramirito-, una vez conocí a una, Vanesa, la llevé al Rendal y le pedí cubalibre tras cubalibre, y la muy zamarra se los bajaba en una, sin roches, tomaba y no caía, recia para el trago.

-Pero, ¿era de avance?, al menos se picó y agarraron rico seguro –dijo Pichicho.

-Las huevas, no te digo que era recia, después de no sé cuántos tragos seguía igual que al comienzo, y sólo sabía hablarme huevadas: que su familia esto, que su trabajo aquello, que su ex era un idiota, que no quería bailar porque estaba con tacos y le dolían los pies.

-Pendeja, esa clase de hembritas sólo le hacen daño al bolsillo de uno –aventuró Pichicho.Ramirito se sirvió un vaso más de trago, lleno, hasta el tope. Pichicho se mató de la risa.-Feliz día, hermanón.

-El 2012 se acerca, hay que chupar rápido –bromeó Ramirito-, chupa, come y tira como loco, Pichicho, que nos queda un año antes de que los conchudos de los mayas tengan razón y nos vayamos derechito a la misma mierda.-Estás creyendo.

-Más vale prevenir, Pichicho, no quiero que el apocalipsis me agarre frio y con la pinga en reposo. Por lo menos, hasta entonces, me voy a levantar a todas las hembritas que pueda, sin discriminar, seré más efectivo que el incomprendido Rochabus.

Pichicho se rió exageradamente, dando algunos aplausos para acompañar la carcajada. Ramirito terminó el trago y le pasó el vaso a su acompañante.

-tú cuándo no –dijo Pichicho-, ¿qué y vas a dejar a la Micaela entonces?

-Ya no estoy con esa imbécil, la terminé el otro día, mucha huevada ya.

-¡Hablas huevadas!, ¿qué de verdad? –preguntó Pichicho.

-Era un hipócrita, se creía la muy bohemia cuando en verdad era una resentida, además la familia me odiaba, el manganzón del papá, la arrecha de la mamá, la cojuda de la hermana, siempre la estaban poniendo en mi contra.

-Ya cuando la familia se mete es una mierda –colaboró Pichicho, haciendo un rictus de asco mientras se metía de un sorbo el trago-, Pero mejor, está bien que la hayas terminado, te he visto con mejores.

-Sí, pero eso me pasa por meterme a jugar al enamorado. De ahora en adelante relaciones libres, cero saliditas al cine, cero agarraditas de la mano, cero “te amo, amorcito, como tú no hay dos” –dijo, obstinado, Ramirito.

-Salud por eso, hermanón –se alegró Pichicho, levantando su vaso descartable-, ya sécate lo que queda de pico nomás, hasta el fondo –añadió para su amigo, señalando la botella casi vacía.

Ambos engulleron el capitán sin dar tregua a descansos. Terminaron y se rieron, y comentaron que qué fuerte estuvo el trago, que las mujeres de mierda cómo lo hacen tomar a uno, que vamos a la licorería de Javier Prado a comprar otro capitán.

En la oscuridad de la noche, Ramirito y Pichicho caminaron en vilo, perdiéndose entre la neblina que difuminaba las casas, preguntándose cómo no encontraban un par de hembritas para chupar mejor.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Lo que es mío.

En agosto del año pasado me sucedió algo que me devolvió la vida como una bocanada de aire le cae en gracia a un desdichado que se asfixia. Publiqué Afiebradas Bajezas, mi primera novela, lo cual fue un aliento para seguir en carrera, un refrescón para la vida de escritor que elegí y que esperaba concretar.

Todo fue bastante personal, no sólo la historia que es altamente identificable con mi vida (y por eso la gente que me conoce, me reconoce en la novela, los que la han leído, claro está), sino en la ardua etapa por publicarla. Cuando tuve el manuscrito me animé a mandarla a dos editoriales a ver si aceptaban publicarme. Una se disculpó y me dijo que no lo haría, la otra me dijo que sí pero me cobraba una fortuna por hacerlo.

He ahí el tema personal en la publicación, todo lo hice cual obrero asiático: sudándola, agenciándome, y apelando a un esfuerzo que realmente no me conocía. Y si al final no me di por vencido en el intento, fue por el apoyo de mi cómplice Valeria, a quién le dediqué el libro como mínima retribución por el apoyo incondicional.

Y bueno, más o menos así vio la luz mi libro, el cual también dejé rondando por internet, gratuitamente, pues jamás busqué ganar plata, simplemente el hecho conspicuo de ser leído.

Días atrás, en un ardid abiertamente narcisista, entré a google e ingresé el nombre de mi novela, es decir Afiebradas Bajezas, y esperé con cierto nerviosismo ver los resultados, si acaso, que pudiesen aparecer. Una a una fueron apareciendo páginas relacionadas a mi novela, algunos foros de literatura, el blog, y cosas por el estilo, y ver eso me significó un pretexto para sentirme reconfortado.

Pero de pronto algo en la búsqueda llamó mi atención. Vi cómo aparecía entre la retahíla de páginas, algunas con el nombre de Jaime Bayly, el escritor y personaje de tv. Así que con creciente curiosidad y confusión entré a una de ellas, exactamente a un Foro Abierto.

Atisbando la página mi asombro cobró nuevos alcances, vi cómo se habían abierto discusiones sobre “el nuevo libro de Jaime Bayly titulado Afiebradas Bajezas”, y de inmediato sentí que algo no marchaba bien.

Abrí una nueva página en google, tecleé en el buscador el nombre de mi novela y el nombre del presentador de tv. Salieron varias páginas, y me llamó de sobremanera la atención ver que hasta wikipedia citaba como la nueva novela, esperada para el 2011, del presentador Bayly, a mi joven novela.

Varios cibernautas, a través de los foros y hasta páginas de facebook relacionadas al tema (es decir a Bayly), dicen estar esperando con ansias Afiebradas Bajezas, el nuevo libro del escritor, y otros hasta se jactan de ya haberla leído por internet. Menudo enredo.

Me causó mucha gracia ver cómo se había generado una confusión tan amañada con respecto a mi libro. Días más tarde, varios conocidos me vinieron con el chisme de lo que yo ya había notado en google, que adjudicaban mi novela a Bayly. Lo tomé con tranquilidad, pero nunca pude ocultar la curiosidad por saber quién era el urdidor de tamaña broma tonta.

Sería inconsecuente pensar que el presentador de tv tiene algo que ver con la confusión, por lo que tengo la cabal seguridad de que el dueño de la infamia es algún sujeto, o muchacha, confundido o irritado, gracioso o mala leche, que tiene la mar de tiempo libre y cuya habilidad más notable es crear zozobra escondido en el anonimato.

Así que, finalmente, si se me permite, en honor a la verdad, y al esfuerzo mío y de la gente que me ayudó, y a la segunda novela que he terminado y voy a publicar, sólo diré una cosa, una zarandaja: Lo que es mío, es mío.

domingo, 30 de enero de 2011

Kraken.

Es de noche, es de un sábado, ¿y qué más da?
Estoy en un lugar, secuestrado, al cual no pertenezco ni por asomo, mira, ni un poquito. Estoy acá secuestrado, casi desnudo, con un pantaloncillo de algodón y un polo gastado. Me siento un judío en pleno nazismo. Diablos, y estoy algo excitado, no de la manera habitual claro está, sino porque he ingerido cosas proscritas. Diablos. Cosas inmencionables.

Antes de seguir, aclaro y reaclaro que no estoy excitado de la manera habitual (o “in the good way” como diría el gran Julián Marley), es decir con la cabeza caliente, o más bien como un “hot dog”, o sea, un perro caliente. Perdón por el mal chiste. Pero es que hace mil que no me caliento bien bien, ya saben… ¡bien! O mejor dicho, no tengo a nadie que pueda realizarme ese simple trabajillo.

Sí, no tengo a nadie, porque si tienes a alguien pero no te sirve, entonces no tienes a nadie, ¿no? ¿O es acaso que éste, su humilde servidor, miente? ¿es acaso que si uno no siente la pasión que debe sentir, se debe quedar callado?, ¿calladito la boca? No, no, no, eso jamás. Las cosas se dicen y hoy yo digo esto.

Por Dios, pasé por el espejo, me vi, y no pude dejar de pensar: “coño, qué borracho estoy”, y me cagué de la risa la verdad, porque hoy, en esta noche crápula, he hecho muchas maldades (más de todas las maldades juntas que hice en mi vida) y estoy por encima de la culpa, tanto así que me da cero pesar escribir y contar mis ya varios pesares, en este, mi sufrido blog, el cual tiene lectores muy contados y agresores incontables.

By the way. Hoy leí un par de mails que me alegraron el estío. Un mensaje de facebook de un ex amigo. Una llamada de mi padre. Y un mensaje indescifrable (pienso yo que era un virus) de una persona que, intencional o casualmente, siempre está presente en mi famélica vida (aunque sabes que esta vez fue intencional, ¿no? Sabes que hablo de ti y que recibí ese correo espurio de facebook que me mandaste a manera de postal: Chica suave, chica sutil, te admiro y te quiero por eso).

Busco el encendedor y no está. La piedra en mi zapato me lo ha escondido. Malvada, eres como eres, y por eso para mí quererte es una utopía (una que no me interesa cumplir, por cierto). Tengo a mi diestra la botella a medias de Appleton, pero no tengo gaseosa, ni nada para mezclar. Y, Dios, yo no tomo trago solo ni a cojones, yo puedo aparentar ser un bohemio mal pero por dentro soy un niño boy scout de la parroquia Vianney.

Sigo secuestrado, caray, me quiero largar de acá. ¿un taxi a mi casa? ¡Ni cagando, no tengo plata! ¡Ah, ya ves, eso te pasa por no trabajar, eso te pasa por dedicarte a vender libracos! ¡Hey, hey, hey, no arranquemos con lo de los libros, aunque no me creas nada, soy feliz escribiendo de madrugada, publicando libros menores que ni mis allegados leen, y ganando algunos sufridos soles a modo de propina por ser escritor… ¡no me jodas, no me critiques, ya pareces esa gente de mierda que habla de lo que no sabe, tipo el papá de Valeria, que me criticó por dedicar mi tiempo a tratar de ser un novelista.

He hecho un alboroto de la gran puta esta noche. Si escuchan mi nombre en los noticieros, pues, no me quejo, hoy fui un criminal, un bandido, y me encantó. Pero tranquilos, no he matado a nadie, tampoco creo haber dañado o lesionado a alguien, yo no soy así, yo soy paz y amor (y venganza) y soy lo suficientemente sutil como para cobrar mi vuelto sin hacer un show… pero igual, hoy fui un hijo de puta.

Si me da el tiempo te llamaré y colgaré.

Por último, gracias a los amigos que he granjeado desde hace años ya… por haberse alejado de mí y ahora no ser más que un recuerdo graciosón. Gracias a la linda Valeria por ser una energúmena sin gracia. Gracias a Thomas Mann por escribir La Muerte en Venecia. Gracias a esa chica linda que veo de vez en cuando en el supermercado, y a la que le tengo unas ganas endiabladas, y más aún porque ella también me tiene ganas, lo sé, no soy pedante, sólo lo sé. Y gracias a la vida, que me ha dado tanto (aunque hoy: no una escapatoria).

martes, 18 de enero de 2011

El loco de la casa.

Uno:
El loco de la casa ha descubierto con redoblado asombro la magnitud de la gracia del estado natural, del existir del mismo modo en que se pre existió siendo un neo nato sin tapujos ni vergüenza, así, en estado intemperantemente sano, exento de los pudores que empiezan cuando a uno le dicen qué debe cubrir y nunca mostrar. Él, ni tan tarde y mejor que nunca, se pasea por cuartos y habitaciones, mostrando con orgullo el cuerpo peludo, el cuerpo de un hombre en proceso a transformación de lobo; y de igual forma los tatuajes de los brazos y la zona urogenital agradecida, sintiéndose briosa por la brisa, menándose agraciada y cuasi viva.

Dos:
Sintió un barullo más arreciado de lo normal. Subió a casa a la carrera, con el corazón en órbita acelerada, y vio a su madre revoloteando todo y fisgoneando en su habitación. Su conducta se mudó a un temor dubitativo. La madre sollozó antes de hablar y tras alargar un gemido le mostró el resultado de su búsqueda, le alargó una bolsita transparente con hierbas verduscas en su interior, las cuales expelían una vaharada considerable. El loco de la casa lo negó todo, y se esforzó por ser lo más cínico e hipócrita que jamás fue. Con argucias contritas y hasta con indignación por el acuso, logró despistar a la cándida e ingenua madre, quien nunca volvió a sospechar de él.

Tres.
Hacía tiempo que no disfrutaba del verano, por eso cuando se relajó en aquel club de playa, sintió una melancolía antigua. Sintió una vez más (aunque esta vez de manera ostentosa), que las lucubraciones lascivas lo acechaban en cada uno de los cuerpos que miraba en derredor. Con algo innegable entre los pantalones, se metió a la piscina para tratar de soslayar lo vergonzoso, sin embargo, ante la presencia de más caras bonitas y cuerpos en bikinis, la pasión lo cegó y no pudo más que sumergir una mano en las celestes aguas y ser lo más discreto posible que puede ser un onanista. Tras largo rato, un suspiro terminó con su padecimiento y luego, sin hacer muchas celebraciones, salió de la piscina dejando sus instintos afiebrados en fluidos que, deseó, no se inoculen en alguna de las nadadoras deliciosas de aquel club.

Cuatro.
Sentado en un malecón, abrazando a su chica, acercó su vaso descartable lleno de whisky barato. Ambos celebraban su versión del año nuevo, como tantos sufridos veraneantes que hormigueaban aquella playa, aquella madrugada. El loco de la casa tomó con vehemencia, tenía razones, muchas (o quizá sólo una, con nombre y apellido, que derivaba en muchas), y se embriagó hasta ver el firmamento lleno de estrellas fugaces. Entonces, en un impulso cómico o trágico, divertido o suicida, bajó del malecón y corrió hacia las aguas, mientras iba lanzando sus ropas como alguien que se deshace de lo que ya no sirve. Así entró al mar oscuro y atemperado, ante la mirada de muchos y muchas, y lo primero que hizo en el año fue ahogar las penas en el mar, como no logró hacerlo con un whisky etiqueta roja.

Cinco.
El loco de la casa siempre vuelve a su círculo vicioso. Inmerso en un triunvirato séptico conformado por él, la noche, y las ganas de escribir. Todos se complementan, se necesitan y se terminan por juntar por las buenas o por las malas, y por eso el loco de la casa es como un vampiro, solo que en vez de alimentarse de sangre lo hace de sucesos truculentos que escribe agazapado. Y siendo ese híbrido vampiro, vive principalmente cuando la luna reina, cuando el sol y la gente y la bulla no están más. Entonces él, con el telón de las estrellas, con un teclado como volante, se sumerge a contar y a inventar y a exagerar (a veces todo junto, a veces sólo lo primero), y por eso mismo vive y vivirá consumiendo barbitúricos para la depresión, en una empresa lamentable. Porque ser loco cuesta, y eso él lo sabe por cuenta propia.

lunes, 3 de enero de 2011

La Reina del Swing.

Cuando ella y yo andábamos juntos, nos gustaba bailar. En las tardes calurosas de un verano áspero, ella y yo bailábamos incansablemente: yo como una marioneta mal maniobrada por un orate, y ella dulcemente lindo, demostrándome lo bien que había aprendido a bailar en sus lecciones de baile.

Bailábamos de todo, incluso ese engorroso merengue bullanguero, el cual detestábamos por su melodía circense, llamado La Reina del Swing, y que tú, al moverte a su veleidoso ritmo, hacías algo mágico que me maravillaba porque era como ver a una ninfa en las nubes, y por eso tú adoptaste ese título, porque simplemente eras la reina del swing.

Seguramente no te extrañará el contarte que, cuando nos dejamos de ver, una de las cosas que más extrañé endiabladamente de ti fue verte bailar esa clásica canción, ese ritmo que en cualquier otra se hubiese tornado un cuadro desagradable y tremebundo.

Por algunas casualidades tontas, como las que sabes me suelen pasar a mí, algunos días atrás escuché esa, tu canción, en el radio de un taxi que me llevaba a Miraflores. Cerré los ojos y te vi, vi a mi reina del swing, del amor, de las caricias, de los remoquetes y de las salidas al cine de Primavera.

Te extrañé y me perturbaste. A decir verdad, tu idea me perturbó, tu imagen flotando en mi magro pensar. Y entre algunas cosas, no me pregunté si te volvería a ver, sino cuándo nos volveríamos a encontrar.

Y la respuesta me alcanzó algunos días después, principiando el año, en una madrugada crápula y díscola, lejos de aquí, en una recóndita e incomprendida playa del sur, entre gente pululando como moscas y alcohol bailoteando como el mar.

Estabas a unos pasos de mí, conversando con tus amigos, o con amigos de tus amigos; con tus sandalitas y tu ropa toda veraniega. Y yo te miré pero no te vi, me di cuenta de tu presencia pero no de la de tu alma o la de tu siempre radiante carisma. Es decir, estabas y no estabas, y esa primera impresión me dio una pena tan profunda, una tristeza que me inoculó incredulidad y me conminó a acercarme a ti y, cara a cara, sin temor a dudas, confirmar o desmentir la pena o el alivio.

Capeando viandantes en plena madrugada, me acerqué a ti por detrás. Tú y tus amigos hablaban como grandes patéticos. Temí lo peor. Di unos pasos más y me paré junto a ti, observando tu cabello, tu rostro, tus gestos, con la prudencia que exigía mi escudriñar.

Tras unos segundos me viste, te sorprendiste o fingiste hacerlo, y con un mohín vacío me saludaste para luego marcharte y desaparecer con tus amigos. Y yo confirmé lo aciago y me sentí inmerso en el funeral de lo que fuiste alguna vez.

Cuando di media vuelta y me marché, degusté tu mal sabor, el sabor de la insignificancia que ya nada es. Porque realmente te convertiste en algo tan ordinario, en algo tan frío y aburrido, que te sintonizaste con las tristes y pobres puticas que merodeaban por allí, o que yacían tiradas en el sucio y frío asfalto, cual ratas.

Así que solo atiné a engullir el regicidio, porque la reina del swing ya no existe más, ni la reina del amor, ni de las caricias, ni de los remoquetes; tan solo el sabor indigesto de un recuerdo diezmado a su pobre mínima expresión.

martes, 28 de diciembre de 2010

Noche Buena.

Valeria me busca entrada la tarde. Ha sido un día bastante agitado, digo, bastante agitado para la gente en las calles, para los afanosos viandantes que corren a comprar regalos –más precisamente chucherías-, y comida –más precisamente pavos horneados a la volada-, y los malditos cohetones –más precisamente esos tremendamente bullangueros con los que tantos niños se han mutilado últimamente-, para pasar sus “noches buenas” con la familia y demás coterráneos.

Le abro la puerta y Valeria me saluda con su amplia sonrisa de siempre, la sonrisa de un ángel, y mientras entramos a mi habitación todo me parece tan raro, tan sacado de algún sueño improbable: ella y yo entrando a mi pequeña, pequeñísima casa nueva, a la que recién me he mudado –contra mi voluntad-, dejando atrás el departamento donde viví los últimos tres años de mi vida; donde aprendí a vivir solo; donde escribí tres preciosas –aunque no sé si buenas- novelas.

Cuando entramos a mi habitación, Valeria me da algunos lindos presentes que traía agazapados en su bolso. Yo, que también le tenía una sorpresa, le entrego un disco majestuoso de los Reds –grupo con el que Valeria se ha sintonizado de una manera alocada, y yo feliz porque ese grupo es, en mi humilde opinión, la más sublime representación de la música de mi tiempo.

Valeria es muy sentimental, muy emotiva, muy franca en sus reacciones, por eso, cuando yo le entrego mis presentes ella rompe a llorar y me lo agradece como una niña visitando Disney, así, con su carita achinada y sus rulos dorados iluminando mi empobrecida casa.

Ella y yo, nostálgicos, emocionados, nos abrazamos y luego hacemos el amor de esa manera tan dulce y salvaje como solo es con ella y conmigo. Y nos entregamos a esa afiebrada pasión por horas, hasta que llega la noche y los sonidos de los cohetones se arrecian y forman una retahíla inenarrable, una retahíla que advierte que la natividad está pronta, muy pronta.

Veo mi celular y son casi las doce, y luego las doce, y luego pasadas las doce; y Valeria y yo pasamos la navidad juntos sobre la cama de mi bunker, alejados de nuestras caóticas familias, del caos de ambas, de la suya infestada de decepción, de la mía infestada de inquinas. Y la pasamos abrazados, escuchando las psicodélicas canciones de los Red hot Chili peppers, y comiendo las ricas galleticas que ella me ha horneado, y yo sujetando la linda versión de La Muerte en Venecia que ella me obsequió, y ella abrazando el peluche de La Rana René que yo le di.

Así pasamos navidad juntos, encerrados a oscuras en mi bunker, hablando y divagando y filosofando sobre la vida que es una mierda en tantos pero tantos aspectos, en todo que está mal, re mal, y en que nada vale la pena más que nosotros dos en ese instante, ella fumando su cigarrito de siempre y yo fumando mi rica weed de toda la vida.

Los cohetones siguen reventando al unisonó, las gentes se abrazan y se aman y cantan alrededor de sus árboles decorados, y yo ahora los comprendo y entiendo, porque Valeria y yo hicimos de nuestra navidad la mejor de las navidades.

viernes, 10 de diciembre de 2010

El incomprendido

Salí de casa entrada la noche, había tenido un día bastante lánguido, más bien aburrido, gastado entre siestas y lecturas anodinas. Me convencí de salir un rato, a donde sea; últimamente ese es un plan contumaz en mí, últimamente lo más divertido de mis días es salir y vagar por donde me plazca, como hoja que baila al viento.

Caminé con las manos en los bolsillos, viendo el caótico tráfico, y la caótica imagen de niños mendigando una propina. Miré a algunas chicas lindas que caminaban por ahí, y miré con mayor atención sus cuerpos preparados para el verano prometedor. Traté de no cruzar miradas con nadie, traté de dar la imagen de un bohemio, de un indiferente, y recordé la magnífica canción de Kevin Johansen, El Incomprendido, con su frase “cree que lo observan, pero nadie lo ve”.

Pronto pasé de soslayo por una galería de arte en San Isidro, se veían varios autos lujosos afuera, gente bien vestida y elegante entrando al lugar, era obvio que algo grande se estaba realizando. Sin nada mejor que hacer, me convencí de ir a fisgonear un rato. Corregí mi postura y caminé hecho un intelectualón con clara pretensión de entrar a la galería, pero pronto un guardián, vestido con un terno gastado, me saltó en frente.

“Joven, su invitación”, me dijo, cortándome el paso. “¿Qué invitación?”, le dije, haciéndome el ofendido, el vejado, el que se amarga porque le hacen roche en la puerta de la galería. “Aquí se entra con invitación, joven”, me dijo el guardia, con claras ganas de no dejarme entrar. Entonces, tratando de no irme derrotado, o al menos no de una manera tan burda, me jugué una última carta.

“Profe, me he olvidado la tarjeta, dejé la invitación en mi casa”, le dije, ya más amigable, tratando de que dejemos todo en un ambiente cordial. “No, no , no, joven, acá con entrada es”, dijo el sujeto, claro en su posición. Odiándolo por dentro, le dije: “profe, mi nombre está en la lista, busca si deseas, me llamo Ramiro”, y luego traté de entrar mientras el guardián parecía confundido. “¿Ramiro qué?”, preguntó mientras ojeaba un folder lleno de hojas. “Ramiro Prialé”, le dije, sólo por decir algo. “!Ramiro Prialé!”, repitió él, “sí, sí, me suena, ah”, dijo amigable, “sí, me suena, pase, pase, joven”, añadió saliendo de mi camino.

Riendo entre dientes, entré a la galería y me puse a atisbar con cuidado los cuadros que se exhibían, sin embargo, pronto me aburrí porque el lugar era un enjambre de viejos y viejas que pululaban y chismoseaban cosas realmente fatuas, presumidas.

Hasta que una de las viejas, que era la esposa del alcalde de San Isidro, madre de un actor famoso en el sufrido Perú, hizo sonar una campanilla y espetó: “a ver, a ver, hora del brindis, ¡a brindar por ésta fabulosa presentación!”, y de inmediato aparecieron en la galería un sinnúmero de mozos bien al terno, con bandejas llenas de copas de vino y champagne.

“¿Caballero, gusta una copa de vino?”, me preguntó uno de los mozos. Detesto el vino, pensé, me cae mal, me emborracha al primer sorbo; sin embargo: vino gratis, era vino gratis. “A ver, una copita”, le dije al sujeto. Él, bastante servicial, me alargó una copa de vino tinto haciendo una reverencia. Así que, entre vista y vista a los cuadritos sibilinos que se exhibían aquella noche, me iba bajando mi copita de vino así, tranquilazo nomás, haciendo un rictus de asco a cada sorbo, pero tratando de guardar la compostura y poniendo cara de “qué rico es ser un intelectual”.

Algunos tragos de vino después, sentí la cabeza tan pesada que pensé me tumbaría al piso rompiéndome el cuello, sentí los pies gráciles y la mirada perdida. Avancé a duras penas por la galería, ganándome algunas miradas de perplejidad por parte de la distinguida asistencia, y luego traté de buscar la salida para zafar rápido, antes de terminar vomitando en plena conferencia de pitucos.

“¿Se va, joven?”, me dijo el guardián de la puerta, al verme saliendo a la carrera. “Ya vengo, he dejado mal estacionado el carro”, le dije a la volada. Caminé medio en vilo, tratando de recomponerme del mal rato y del mal vino, porque, coño, ese vino era algún líquido espurio, alguna versión truculenta del buen vino argentino. Así que caminé y llegué al siempre fresco parque Olivar, que aquella noche lucía terroríficamente inspirador. Ese bosque lucía más oscuro que nunca, con los faroles alumbrándolo apenas, dándole ese toque macabro y hermoso.

Me senté en una de las bancas y me arrellané hasta hallar quietud, hasta que las cosas a mi alrededor dejaran de moverse. La noche estaba tranquila, silente, era el parque, la luna y yo, recostado sobre la banca en busca de algo de paz. De pronto, escucho una retahíla de sonidillos agudos cerca de mí. De inmediato me pongo en alerta, pasmado por esos ruidos extraños.

Pronto entro en cuenta de que parecen ser chirridos, parecen gritillos minúsculos saliendo de algún lugar cerca a mí. Es entonces cuando, tras ver hacia abajo, a mis pies, veo, con terrible perplejidad y miedo y pánico y nauseas, dos ratas negras y gordas, paradas ante mí, con clara intención de atacar.

Las ratas chirriaban y saltaban de atrás para adelante, como nunca había visto actuar a un roedor. Mostraban sus dientecillos afilados y tremebundos, sus colas peludas y sus patas enrojecidas. Mentalmente conté: “1,2,3…” y luego me levanté de la banca de un salto y corrí y corrí, corrí como un enajenado, sin detenerme, sin mirar atrás, sin titubear; pensando que las ratas me seguían, que corrían tras de mí.

Aquella noche terminé corriendo a empellones por los frondosos pastos del Olivar. Azuzado por la presencia imaginaria de las ratas dentro de mis pantalones, de mi suéter, de mi cabello incluso. Y corrí al mismo tiempo que iba sacudiéndome todo, como un psicópata. Imaginando, finalmente, que quizá lo que vi fueron dos ramas secas en el piso, y el vino birlado en la galería me hizo alucinar como un orate, del mismo modo que, ahora, me hacía correr a sacudones, como un incomprendido que cree que lo observan, porque de seguro lo están viendo hacer el ridículo.