domingo, 30 de enero de 2011

Kraken.

Es de noche, es de un sábado, ¿y qué más da?
Estoy en un lugar, secuestrado, al cual no pertenezco ni por asomo, mira, ni un poquito. Estoy acá secuestrado, casi desnudo, con un pantaloncillo de algodón y un polo gastado. Me siento un judío en pleno nazismo. Diablos, y estoy algo excitado, no de la manera habitual claro está, sino porque he ingerido cosas proscritas. Diablos. Cosas inmencionables.

Antes de seguir, aclaro y reaclaro que no estoy excitado de la manera habitual (o “in the good way” como diría el gran Julián Marley), es decir con la cabeza caliente, o más bien como un “hot dog”, o sea, un perro caliente. Perdón por el mal chiste. Pero es que hace mil que no me caliento bien bien, ya saben… ¡bien! O mejor dicho, no tengo a nadie que pueda realizarme ese simple trabajillo.

Sí, no tengo a nadie, porque si tienes a alguien pero no te sirve, entonces no tienes a nadie, ¿no? ¿O es acaso que éste, su humilde servidor, miente? ¿es acaso que si uno no siente la pasión que debe sentir, se debe quedar callado?, ¿calladito la boca? No, no, no, eso jamás. Las cosas se dicen y hoy yo digo esto.

Por Dios, pasé por el espejo, me vi, y no pude dejar de pensar: “coño, qué borracho estoy”, y me cagué de la risa la verdad, porque hoy, en esta noche crápula, he hecho muchas maldades (más de todas las maldades juntas que hice en mi vida) y estoy por encima de la culpa, tanto así que me da cero pesar escribir y contar mis ya varios pesares, en este, mi sufrido blog, el cual tiene lectores muy contados y agresores incontables.

By the way. Hoy leí un par de mails que me alegraron el estío. Un mensaje de facebook de un ex amigo. Una llamada de mi padre. Y un mensaje indescifrable (pienso yo que era un virus) de una persona que, intencional o casualmente, siempre está presente en mi famélica vida (aunque sabes que esta vez fue intencional, ¿no? Sabes que hablo de ti y que recibí ese correo espurio de facebook que me mandaste a manera de postal: Chica suave, chica sutil, te admiro y te quiero por eso).

Busco el encendedor y no está. La piedra en mi zapato me lo ha escondido. Malvada, eres como eres, y por eso para mí quererte es una utopía (una que no me interesa cumplir, por cierto). Tengo a mi diestra la botella a medias de Appleton, pero no tengo gaseosa, ni nada para mezclar. Y, Dios, yo no tomo trago solo ni a cojones, yo puedo aparentar ser un bohemio mal pero por dentro soy un niño boy scout de la parroquia Vianney.

Sigo secuestrado, caray, me quiero largar de acá. ¿un taxi a mi casa? ¡Ni cagando, no tengo plata! ¡Ah, ya ves, eso te pasa por no trabajar, eso te pasa por dedicarte a vender libracos! ¡Hey, hey, hey, no arranquemos con lo de los libros, aunque no me creas nada, soy feliz escribiendo de madrugada, publicando libros menores que ni mis allegados leen, y ganando algunos sufridos soles a modo de propina por ser escritor… ¡no me jodas, no me critiques, ya pareces esa gente de mierda que habla de lo que no sabe, tipo el papá de Valeria, que me criticó por dedicar mi tiempo a tratar de ser un novelista.

He hecho un alboroto de la gran puta esta noche. Si escuchan mi nombre en los noticieros, pues, no me quejo, hoy fui un criminal, un bandido, y me encantó. Pero tranquilos, no he matado a nadie, tampoco creo haber dañado o lesionado a alguien, yo no soy así, yo soy paz y amor (y venganza) y soy lo suficientemente sutil como para cobrar mi vuelto sin hacer un show… pero igual, hoy fui un hijo de puta.

Si me da el tiempo te llamaré y colgaré.

Por último, gracias a los amigos que he granjeado desde hace años ya… por haberse alejado de mí y ahora no ser más que un recuerdo graciosón. Gracias a la linda Valeria por ser una energúmena sin gracia. Gracias a Thomas Mann por escribir La Muerte en Venecia. Gracias a esa chica linda que veo de vez en cuando en el supermercado, y a la que le tengo unas ganas endiabladas, y más aún porque ella también me tiene ganas, lo sé, no soy pedante, sólo lo sé. Y gracias a la vida, que me ha dado tanto (aunque hoy: no una escapatoria).

martes, 18 de enero de 2011

El loco de la casa.

Uno:
El loco de la casa ha descubierto con redoblado asombro la magnitud de la gracia del estado natural, del existir del mismo modo en que se pre existió siendo un neo nato sin tapujos ni vergüenza, así, en estado intemperantemente sano, exento de los pudores que empiezan cuando a uno le dicen qué debe cubrir y nunca mostrar. Él, ni tan tarde y mejor que nunca, se pasea por cuartos y habitaciones, mostrando con orgullo el cuerpo peludo, el cuerpo de un hombre en proceso a transformación de lobo; y de igual forma los tatuajes de los brazos y la zona urogenital agradecida, sintiéndose briosa por la brisa, menándose agraciada y cuasi viva.

Dos:
Sintió un barullo más arreciado de lo normal. Subió a casa a la carrera, con el corazón en órbita acelerada, y vio a su madre revoloteando todo y fisgoneando en su habitación. Su conducta se mudó a un temor dubitativo. La madre sollozó antes de hablar y tras alargar un gemido le mostró el resultado de su búsqueda, le alargó una bolsita transparente con hierbas verduscas en su interior, las cuales expelían una vaharada considerable. El loco de la casa lo negó todo, y se esforzó por ser lo más cínico e hipócrita que jamás fue. Con argucias contritas y hasta con indignación por el acuso, logró despistar a la cándida e ingenua madre, quien nunca volvió a sospechar de él.

Tres.
Hacía tiempo que no disfrutaba del verano, por eso cuando se relajó en aquel club de playa, sintió una melancolía antigua. Sintió una vez más (aunque esta vez de manera ostentosa), que las lucubraciones lascivas lo acechaban en cada uno de los cuerpos que miraba en derredor. Con algo innegable entre los pantalones, se metió a la piscina para tratar de soslayar lo vergonzoso, sin embargo, ante la presencia de más caras bonitas y cuerpos en bikinis, la pasión lo cegó y no pudo más que sumergir una mano en las celestes aguas y ser lo más discreto posible que puede ser un onanista. Tras largo rato, un suspiro terminó con su padecimiento y luego, sin hacer muchas celebraciones, salió de la piscina dejando sus instintos afiebrados en fluidos que, deseó, no se inoculen en alguna de las nadadoras deliciosas de aquel club.

Cuatro.
Sentado en un malecón, abrazando a su chica, acercó su vaso descartable lleno de whisky barato. Ambos celebraban su versión del año nuevo, como tantos sufridos veraneantes que hormigueaban aquella playa, aquella madrugada. El loco de la casa tomó con vehemencia, tenía razones, muchas (o quizá sólo una, con nombre y apellido, que derivaba en muchas), y se embriagó hasta ver el firmamento lleno de estrellas fugaces. Entonces, en un impulso cómico o trágico, divertido o suicida, bajó del malecón y corrió hacia las aguas, mientras iba lanzando sus ropas como alguien que se deshace de lo que ya no sirve. Así entró al mar oscuro y atemperado, ante la mirada de muchos y muchas, y lo primero que hizo en el año fue ahogar las penas en el mar, como no logró hacerlo con un whisky etiqueta roja.

Cinco.
El loco de la casa siempre vuelve a su círculo vicioso. Inmerso en un triunvirato séptico conformado por él, la noche, y las ganas de escribir. Todos se complementan, se necesitan y se terminan por juntar por las buenas o por las malas, y por eso el loco de la casa es como un vampiro, solo que en vez de alimentarse de sangre lo hace de sucesos truculentos que escribe agazapado. Y siendo ese híbrido vampiro, vive principalmente cuando la luna reina, cuando el sol y la gente y la bulla no están más. Entonces él, con el telón de las estrellas, con un teclado como volante, se sumerge a contar y a inventar y a exagerar (a veces todo junto, a veces sólo lo primero), y por eso mismo vive y vivirá consumiendo barbitúricos para la depresión, en una empresa lamentable. Porque ser loco cuesta, y eso él lo sabe por cuenta propia.

lunes, 3 de enero de 2011

La Reina del Swing.

Cuando ella y yo andábamos juntos, nos gustaba bailar. En las tardes calurosas de un verano áspero, ella y yo bailábamos incansablemente: yo como una marioneta mal maniobrada por un orate, y ella dulcemente lindo, demostrándome lo bien que había aprendido a bailar en sus lecciones de baile.

Bailábamos de todo, incluso ese engorroso merengue bullanguero, el cual detestábamos por su melodía circense, llamado La Reina del Swing, y que tú, al moverte a su veleidoso ritmo, hacías algo mágico que me maravillaba porque era como ver a una ninfa en las nubes, y por eso tú adoptaste ese título, porque simplemente eras la reina del swing.

Seguramente no te extrañará el contarte que, cuando nos dejamos de ver, una de las cosas que más extrañé endiabladamente de ti fue verte bailar esa clásica canción, ese ritmo que en cualquier otra se hubiese tornado un cuadro desagradable y tremebundo.

Por algunas casualidades tontas, como las que sabes me suelen pasar a mí, algunos días atrás escuché esa, tu canción, en el radio de un taxi que me llevaba a Miraflores. Cerré los ojos y te vi, vi a mi reina del swing, del amor, de las caricias, de los remoquetes y de las salidas al cine de Primavera.

Te extrañé y me perturbaste. A decir verdad, tu idea me perturbó, tu imagen flotando en mi magro pensar. Y entre algunas cosas, no me pregunté si te volvería a ver, sino cuándo nos volveríamos a encontrar.

Y la respuesta me alcanzó algunos días después, principiando el año, en una madrugada crápula y díscola, lejos de aquí, en una recóndita e incomprendida playa del sur, entre gente pululando como moscas y alcohol bailoteando como el mar.

Estabas a unos pasos de mí, conversando con tus amigos, o con amigos de tus amigos; con tus sandalitas y tu ropa toda veraniega. Y yo te miré pero no te vi, me di cuenta de tu presencia pero no de la de tu alma o la de tu siempre radiante carisma. Es decir, estabas y no estabas, y esa primera impresión me dio una pena tan profunda, una tristeza que me inoculó incredulidad y me conminó a acercarme a ti y, cara a cara, sin temor a dudas, confirmar o desmentir la pena o el alivio.

Capeando viandantes en plena madrugada, me acerqué a ti por detrás. Tú y tus amigos hablaban como grandes patéticos. Temí lo peor. Di unos pasos más y me paré junto a ti, observando tu cabello, tu rostro, tus gestos, con la prudencia que exigía mi escudriñar.

Tras unos segundos me viste, te sorprendiste o fingiste hacerlo, y con un mohín vacío me saludaste para luego marcharte y desaparecer con tus amigos. Y yo confirmé lo aciago y me sentí inmerso en el funeral de lo que fuiste alguna vez.

Cuando di media vuelta y me marché, degusté tu mal sabor, el sabor de la insignificancia que ya nada es. Porque realmente te convertiste en algo tan ordinario, en algo tan frío y aburrido, que te sintonizaste con las tristes y pobres puticas que merodeaban por allí, o que yacían tiradas en el sucio y frío asfalto, cual ratas.

Así que solo atiné a engullir el regicidio, porque la reina del swing ya no existe más, ni la reina del amor, ni de las caricias, ni de los remoquetes; tan solo el sabor indigesto de un recuerdo diezmado a su pobre mínima expresión.

martes, 28 de diciembre de 2010

Noche Buena.

Valeria me busca entrada la tarde. Ha sido un día bastante agitado, digo, bastante agitado para la gente en las calles, para los afanosos viandantes que corren a comprar regalos –más precisamente chucherías-, y comida –más precisamente pavos horneados a la volada-, y los malditos cohetones –más precisamente esos tremendamente bullangueros con los que tantos niños se han mutilado últimamente-, para pasar sus “noches buenas” con la familia y demás coterráneos.

Le abro la puerta y Valeria me saluda con su amplia sonrisa de siempre, la sonrisa de un ángel, y mientras entramos a mi habitación todo me parece tan raro, tan sacado de algún sueño improbable: ella y yo entrando a mi pequeña, pequeñísima casa nueva, a la que recién me he mudado –contra mi voluntad-, dejando atrás el departamento donde viví los últimos tres años de mi vida; donde aprendí a vivir solo; donde escribí tres preciosas –aunque no sé si buenas- novelas.

Cuando entramos a mi habitación, Valeria me da algunos lindos presentes que traía agazapados en su bolso. Yo, que también le tenía una sorpresa, le entrego un disco majestuoso de los Reds –grupo con el que Valeria se ha sintonizado de una manera alocada, y yo feliz porque ese grupo es, en mi humilde opinión, la más sublime representación de la música de mi tiempo.

Valeria es muy sentimental, muy emotiva, muy franca en sus reacciones, por eso, cuando yo le entrego mis presentes ella rompe a llorar y me lo agradece como una niña visitando Disney, así, con su carita achinada y sus rulos dorados iluminando mi empobrecida casa.

Ella y yo, nostálgicos, emocionados, nos abrazamos y luego hacemos el amor de esa manera tan dulce y salvaje como solo es con ella y conmigo. Y nos entregamos a esa afiebrada pasión por horas, hasta que llega la noche y los sonidos de los cohetones se arrecian y forman una retahíla inenarrable, una retahíla que advierte que la natividad está pronta, muy pronta.

Veo mi celular y son casi las doce, y luego las doce, y luego pasadas las doce; y Valeria y yo pasamos la navidad juntos sobre la cama de mi bunker, alejados de nuestras caóticas familias, del caos de ambas, de la suya infestada de decepción, de la mía infestada de inquinas. Y la pasamos abrazados, escuchando las psicodélicas canciones de los Red hot Chili peppers, y comiendo las ricas galleticas que ella me ha horneado, y yo sujetando la linda versión de La Muerte en Venecia que ella me obsequió, y ella abrazando el peluche de La Rana René que yo le di.

Así pasamos navidad juntos, encerrados a oscuras en mi bunker, hablando y divagando y filosofando sobre la vida que es una mierda en tantos pero tantos aspectos, en todo que está mal, re mal, y en que nada vale la pena más que nosotros dos en ese instante, ella fumando su cigarrito de siempre y yo fumando mi rica weed de toda la vida.

Los cohetones siguen reventando al unisonó, las gentes se abrazan y se aman y cantan alrededor de sus árboles decorados, y yo ahora los comprendo y entiendo, porque Valeria y yo hicimos de nuestra navidad la mejor de las navidades.

viernes, 10 de diciembre de 2010

El incomprendido

Salí de casa entrada la noche, había tenido un día bastante lánguido, más bien aburrido, gastado entre siestas y lecturas anodinas. Me convencí de salir un rato, a donde sea; últimamente ese es un plan contumaz en mí, últimamente lo más divertido de mis días es salir y vagar por donde me plazca, como hoja que baila al viento.

Caminé con las manos en los bolsillos, viendo el caótico tráfico, y la caótica imagen de niños mendigando una propina. Miré a algunas chicas lindas que caminaban por ahí, y miré con mayor atención sus cuerpos preparados para el verano prometedor. Traté de no cruzar miradas con nadie, traté de dar la imagen de un bohemio, de un indiferente, y recordé la magnífica canción de Kevin Johansen, El Incomprendido, con su frase “cree que lo observan, pero nadie lo ve”.

Pronto pasé de soslayo por una galería de arte en San Isidro, se veían varios autos lujosos afuera, gente bien vestida y elegante entrando al lugar, era obvio que algo grande se estaba realizando. Sin nada mejor que hacer, me convencí de ir a fisgonear un rato. Corregí mi postura y caminé hecho un intelectualón con clara pretensión de entrar a la galería, pero pronto un guardián, vestido con un terno gastado, me saltó en frente.

“Joven, su invitación”, me dijo, cortándome el paso. “¿Qué invitación?”, le dije, haciéndome el ofendido, el vejado, el que se amarga porque le hacen roche en la puerta de la galería. “Aquí se entra con invitación, joven”, me dijo el guardia, con claras ganas de no dejarme entrar. Entonces, tratando de no irme derrotado, o al menos no de una manera tan burda, me jugué una última carta.

“Profe, me he olvidado la tarjeta, dejé la invitación en mi casa”, le dije, ya más amigable, tratando de que dejemos todo en un ambiente cordial. “No, no , no, joven, acá con entrada es”, dijo el sujeto, claro en su posición. Odiándolo por dentro, le dije: “profe, mi nombre está en la lista, busca si deseas, me llamo Ramiro”, y luego traté de entrar mientras el guardián parecía confundido. “¿Ramiro qué?”, preguntó mientras ojeaba un folder lleno de hojas. “Ramiro Prialé”, le dije, sólo por decir algo. “!Ramiro Prialé!”, repitió él, “sí, sí, me suena, ah”, dijo amigable, “sí, me suena, pase, pase, joven”, añadió saliendo de mi camino.

Riendo entre dientes, entré a la galería y me puse a atisbar con cuidado los cuadros que se exhibían, sin embargo, pronto me aburrí porque el lugar era un enjambre de viejos y viejas que pululaban y chismoseaban cosas realmente fatuas, presumidas.

Hasta que una de las viejas, que era la esposa del alcalde de San Isidro, madre de un actor famoso en el sufrido Perú, hizo sonar una campanilla y espetó: “a ver, a ver, hora del brindis, ¡a brindar por ésta fabulosa presentación!”, y de inmediato aparecieron en la galería un sinnúmero de mozos bien al terno, con bandejas llenas de copas de vino y champagne.

“¿Caballero, gusta una copa de vino?”, me preguntó uno de los mozos. Detesto el vino, pensé, me cae mal, me emborracha al primer sorbo; sin embargo: vino gratis, era vino gratis. “A ver, una copita”, le dije al sujeto. Él, bastante servicial, me alargó una copa de vino tinto haciendo una reverencia. Así que, entre vista y vista a los cuadritos sibilinos que se exhibían aquella noche, me iba bajando mi copita de vino así, tranquilazo nomás, haciendo un rictus de asco a cada sorbo, pero tratando de guardar la compostura y poniendo cara de “qué rico es ser un intelectual”.

Algunos tragos de vino después, sentí la cabeza tan pesada que pensé me tumbaría al piso rompiéndome el cuello, sentí los pies gráciles y la mirada perdida. Avancé a duras penas por la galería, ganándome algunas miradas de perplejidad por parte de la distinguida asistencia, y luego traté de buscar la salida para zafar rápido, antes de terminar vomitando en plena conferencia de pitucos.

“¿Se va, joven?”, me dijo el guardián de la puerta, al verme saliendo a la carrera. “Ya vengo, he dejado mal estacionado el carro”, le dije a la volada. Caminé medio en vilo, tratando de recomponerme del mal rato y del mal vino, porque, coño, ese vino era algún líquido espurio, alguna versión truculenta del buen vino argentino. Así que caminé y llegué al siempre fresco parque Olivar, que aquella noche lucía terroríficamente inspirador. Ese bosque lucía más oscuro que nunca, con los faroles alumbrándolo apenas, dándole ese toque macabro y hermoso.

Me senté en una de las bancas y me arrellané hasta hallar quietud, hasta que las cosas a mi alrededor dejaran de moverse. La noche estaba tranquila, silente, era el parque, la luna y yo, recostado sobre la banca en busca de algo de paz. De pronto, escucho una retahíla de sonidillos agudos cerca de mí. De inmediato me pongo en alerta, pasmado por esos ruidos extraños.

Pronto entro en cuenta de que parecen ser chirridos, parecen gritillos minúsculos saliendo de algún lugar cerca a mí. Es entonces cuando, tras ver hacia abajo, a mis pies, veo, con terrible perplejidad y miedo y pánico y nauseas, dos ratas negras y gordas, paradas ante mí, con clara intención de atacar.

Las ratas chirriaban y saltaban de atrás para adelante, como nunca había visto actuar a un roedor. Mostraban sus dientecillos afilados y tremebundos, sus colas peludas y sus patas enrojecidas. Mentalmente conté: “1,2,3…” y luego me levanté de la banca de un salto y corrí y corrí, corrí como un enajenado, sin detenerme, sin mirar atrás, sin titubear; pensando que las ratas me seguían, que corrían tras de mí.

Aquella noche terminé corriendo a empellones por los frondosos pastos del Olivar. Azuzado por la presencia imaginaria de las ratas dentro de mis pantalones, de mi suéter, de mi cabello incluso. Y corrí al mismo tiempo que iba sacudiéndome todo, como un psicópata. Imaginando, finalmente, que quizá lo que vi fueron dos ramas secas en el piso, y el vino birlado en la galería me hizo alucinar como un orate, del mismo modo que, ahora, me hacía correr a sacudones, como un incomprendido que cree que lo observan, porque de seguro lo están viendo hacer el ridículo.

martes, 30 de noviembre de 2010

Valeria, mi linda Valeria.

Tengo grabado en la mente, con una nitidez y exactitud extrañas en mí, el momento preciso cuando vi por primera vez a mi amada Valeria. Fue en la última noche de un año agonizante, en el pródromo del ingreso de un año nuevo. Ella y yo coincidimos en una reunión improvisada e improbable, organizada por personas que no teníamos mayores planes para pasar el año nuevo. Qué tremebunda me suena ahora la idea de que la haya conocido así, en algo tan casual y endeble, en una reunión a la que casi no voy por quedarme en casa escribiendo y comiendo pizza, recibiendo ensimismado el 2009.

Aquella noche, yo tenía claro que si debía terminar entremezclándome acaloradamente con alguien, esa debía ser ella, Valeria. Largamente Vale era la más linda de esa noche, y de muchas otras noches que yo había vivido.

Pienso que ella también tenía claro que quería pasarla bien conmigo en esa reunión. Ella fue quién me abordó y se sentó a mi lado, y, tan diligente, hizo que mi tarea por abarcarla sea una fruslería, un juego de niños. Así que, en efecto, la abarqué y terminamos besándonos en muchos ambientes recónditos de la casa donde estábamos.

Si algo me preocupaba e interrumpía las encomiables escenas entre ella y yo, era que esa misma noche, la noche de año nuevo, Andrea, mi enamorada, estaba confiada de que yo me había quedado en mi departamento escribiendo sacrilegios y engordando comiendo pizza full meat de Papa John´s (que era la pizza que Andrea siempre me compraba).

Nunca me puse en los zapatos de Valeria, no me interesó demasiado lo que ella pudiese llegar a pensar si se enteraba de que yo tenía enamorada. Y es que lo nuestro era algo en ciernes, algo momentáneo, y seguramente ella también escondía en sus recuerdos a algún novio o amante.

Mientras Valeria y yo nos besábamos acaloradamente, y yo, siempre un pervertido, me aprovechaba minuciosamente de su cuerpo y de su estado alcoholizado por el siempre felón vodka, me era una piedra en el zapato recordar a Andrea y los escombros de la lealtad que yo le había jurado alguna vez.

Mientras Valeria y yo nos besábamos acaloradamente, me era inevitable no cavilar e imaginarme con ella para siempre, para toda la vida. Mientras la besaba e iba recordando el sabor de sus labios, también pensaba en lo lindo que sería estar con ella, hacerla mía, pedirle que esté conmigo para pasarla así de maravilloso todos los días.

Recuerdo que, ya avanzada la noche, con cientos de tragos de vodka agridulce en mi ser y en el de Valeria, ella se recostó en mis piernas y casi llegué a creer que caía rendida en un sueño profundo. No pasó ni cinco minutos de eso, cuando sus amigas detectaron que yo la acariciaba como un orate mientras ella permanecía recostada sobre mí, así que de inmediato las amigas (que eran dos) se llevaron a Valeria y la dejaron durmiendo en uno de los dormitorios de la casa.

Alcoholizado y encabronado, odié en secreto a las infames amigas, pues qué se habían creído para venir a cagarme la diversión, a arruinarme los planes. Luego de bajarme varios vasos más de vodka, entendí que las amigas eran eso: amigas, y que habían hecho lo mejor para Valeria.

De pronto, entre esos flashes de borracho que uno recuerda borrosos a la mañana siguiente, rememoro los instantes cuando –en distintos momentos-, las amigas se me acercaron y me empezaron a hablar no sé qué cuernos, no sé qué banalidades, no sé qué disparates, pero lo que recuerdo de forma más exacta era la cercanía con la que me hablaban, la intrepidez con la que me susurraban al oído, y la clara y abierta predisposición que me mostraban a que yo les meta un intercambio de lenguas bravo.

Al día siguiente mis amigos me contaron que una de las amigas terminó besándome y que la otra no lo hizo por falta de tiempo. Yo, obviamente, no recordaba nada, todo era incierto y confuso, y ni tan siquiera llegaba a recordar el nombre de la linda Valeria, a la que me refería como “la chica riquita a la que me agarré”.

Sin embargo, muchas cosas de ella no me eran esquivas, su rostro, sus besos, el olor de su cabello, esas cosas me marcaron porque las amé desde un principio, porque su sonrisa se tatuó en mí desde aquella noche cuando la vi por primera vez, cuando la vi caminando distraída con su polito verde y sus shorts negros y su carita de ángel, desde esa noche en que entraste a mi vida, Valeria, mi linda Valeria.

domingo, 7 de noviembre de 2010

El sueño americano.

Cuando era muy chico, un niño atontado y silente, y veía por la recién llegada televisión con cable algunos programas estadounidenses, de esos que muestran la vida sosegada y relax y cool de la gente en el norte, como esas series que te susurran que la vida misma en América es una rosada comedia romántica, recuerdo que se anegaba de ilusiones mi mente y volaba en el imaginario de mi inconsciencia a soñar que me gustaría vivir en Estados Unidos.

Más o menos, por esos tiempos, recuerdo que soñaba también con ser actor, por recrear personajes ficticios y vivir en mundos ajenos. Recuerdo que me entusiasmaba la idea.

Con el tiempo –el verdugo de ilusiones-, entendí que mi destino –mediato- está acá y no allá, es decir, que no viviría en Estados Unidos porque acá forjé mi vida, y porque no sé hablar inglés, y porque no tengo visa, y porque terminado el colegio mi padre me obligó a ingresar de inmediato a la universidad (pagando por lo bajo para ingresar sin dar examen de admisión) y entonces, claro, mi camino defirió de mis sueños de niño y me preparé para vivir aquí y no ser actor.

También desde niño, desde que era un primarioso, me apasioné no sólo por los programas de nickelodeon y por ser actor, sino por descubrir, indagar y sumergirme en una exploración desaforada por el sexo y por todas esas prolongaciones del deseo que tanto sentido le dan a la vida como la conocemos.

Mientras pasaba el colegio, me adiestraba cada vez más en el arte de la sexualidad y en el duro pero satisfactorio oficio del autoservicio, analizando al milímetro cantidades de escenas triple equis que veía en los canales de cable estadounidenses, donde me rompía el ojo atisbando californianas sumiéndose en bajezas.

Cuando perpetré mi inauguración en el terreno físico-sexual, o sea, en el choque real cuerpo a cuerpo con una chica, cometí cada paso tal y como había aprendido viendo a los musculosos de las películas porno. Traté de emularlos y, a mis trece años, creo que le dejé una buena impresión a la vecinita que me acompañó aquella tarde de estrenos.

Tres años después ingresé a la universidad, y cinco años después la terminé, y todos esos años estuve secundado por un instinto lascivo de temer, el cual me obligaba a frecuentar encuentros disparatados y efervescentes que contribuían a mi curriculum sexualum . Siempre, a la par, veía agazapado las mal llamadas películas para adultos, sometiéndome a rigurosas escenas onanistas cada noche.

De pronto siento que todo tiene sentido, y que las cosas que uno vive no surgen de la noche a la mañana, sino todo lo contrario, se lucubran en determinados momentos para luego pasar de ser de una gota de agua a un océano inmenso, de una semilla a un árbol frondoso, cosas por el estilo.
Cuando terminé la carrera me dediqué a escribir y me apasioné tanto por ello que queda fuera de lugar y discusión las ideas de mi niñez de ir a Estados Unidos y ser actor.

No tengo la dicha de formar parte de la PEA (población económicamente activa), pero sí de la mucho más exquisita PSA (población sexualmente activa), por lo que me esfuerzo a diario por no dejar de pertenecer a tan selecto grupo. Sin embargo, por más de que con orgullo y placer pertenezco a la PSA, soy también amante fiel de la autoayuda, y no por tener encuentros afiebrados con féminas dejaré de ver videos de californianas sumisas en la web.

Entonces, en las madrugadas, cada vez que culmino suspirando con mis sesiones de videos de gringas esculturales, pienso con nostalgia que mi sueño de niño no es tan descabellado, no es tan utópico. Siempre termino pensando que me encantaría protagonizar aquellos videos y, si acaso, me paguen en dólares por ello. Eso es algo que inevitablemente me viene a la mente tras un orgasmo manual.

Por último, qué irónica me sienta la vida, pensando que los deseos pueriles que invadían mi cabeza en la infancia hoy están más vigentes que nunca: vivir en Estados Unidos y ser actor, ¡claro que sí! Protagonizando ese cine tan sufrido y abnegado que es el triple equis.