jueves, 21 de octubre de 2010

El árbol.

Me vi los zapatos mal lustrados y viejos mientras buscaba mi sombra en el asfalto. Venía avanzando sin fin, tragado por un viaje sórdido, alocado, ensimismado, pero necesario a la vez; iba en busca de los pensamientos que se encuentran en mi parquecito sosegado de Magdalena, de la horrible Magdalena, el distrito más feo de Lima seguramente, pero al que le guardo mayor cariño y nostalgia, extrañamente.

Avanzo cientos de pasos y por fin se me va haciendo nítida la banquita marrón cerca al gran árbol en forma de araña negra. Es mi banca favorita, mi árbol favorito, y no puede ser de otra forma. Sólo allí puedo soñar placenteramente y tener las pesadilla que necesito tener.

Cuando me dejo caer en el asiento de madera helada, un friecillo me recorre el cuerpo. No por lo gélido de mi estoica banquita, sino más bien porque lo primero que veo es aquel árbol imponente y feroz, ese árbol ramificado que está en posición de ataque, en modo defensivo, y por eso yo lo quedo mirando abriendo bien los ojazos cafés, como pretendiendo hacerme respetar.

Poco a poco, casi sigilosamente, casi sin darme cuenta, los poderes maquiavélicos del árbol se van apoderando de mí. Nubes de mil colores me rodean y me anegan, y yo ya no puedo moverme y me quedo petrificado, mientras la gente que pasa por ahí a esas horas, me ve y segurito que piensan que estoy loco loco, loco mal.

Hay algo que tú no sabes, pero que yo sé bien. El árbol y yo. Cuando las ramificaciones de madera de ese ser inescrupuloso me toman de rehén, cuando me asfixian y me hacen cavilar como si hubiera bebido e ingerido brebajes de brujos más espurios que el mismo hecho de que la magia exista, en esos instantes, atrapado y sin salida, abro los ojazos cafés y apareces frente a mí, allí, clarísimo, te veo y te admiro, y tú no me ves, lo sé.

Cuando te veo, noto que no has cambiado ni un ápice, noto que estás igualita que siempre, o mejor dicho, que estás como te dejé, como la última vez que nos vimos, hace más de tres años ya, y revivo con una sonrisa cada detalle de tu dulce y encantador ser, de las flores y del cielo y de las aguas del mar que te crearon al juntarse, regalándole al mundo oscuro un poco de luz perfumada, de luz que huele dulce.

De repente, otra vez frente a ti, me confundo y me vuelvo un tonto evidente y desgraciado, un molde al que embobas porque tienes ese poder y ese privilegio. Lo sabes, creo y quiero creer que lo sabes, aunque nunca te lo haya preguntado: sabes que sin verme aún me embobas, aún me moldeas a tu gusto eternamente maléfico y hermoso.

Cuando las sombras de mi árbol favorito me protegen, tu sombra vuelve a estar junto a la mía, y tú y yo nos volvemos a sentar en un parque desierto, como tantas veces lo hicimos antes de que te marchases. Te sientas junto a mí, y yo, un poco en broma un poco en serio, un poco avergonzado un poco decidido, te cuento que por fin terminé de escribir la novela que habla de nosotros, de lo nuestro –lo que fuese que sea-, de nuestro tiempo juntos aquel verano de hace tantos veranos atrás.

Los grillos cantan al unísono un coro de perplejidad, los vientos retumban contra las hojas de mi árbol villano y soñador y embrujador, la noche es tan oscura que me queda claro; y yo entre tanto pienso en si tú piensas en mí, si pensaste alguna vez en mí, si algún día lo harás. Y me rio porque esa respuesta me es esquiva y cuánto me temo que me será esquiva hasta la tumba.

Levanto la mirada arqueando las cejas y veo nubes rojas, azules, violáceas, nubes coposas que caminan lento, como un carnaval mal herido, que tanto significa pero que tan poco recibe. Lo veo y siento una angustia tremenda, lo veo y deseo con todo mi ser tener un pedacito de cielo, para no volver más a las sombras de este árbol tremebundo, para no tener más que pensarte sin que sepas lo que siento.

viernes, 1 de octubre de 2010

Golpes Bajos.

Caminando en el espeso bosque del Olivar sucedió. Valeria y yo veníamos de unas oficinas, en San Isidro, donde fui a ver cómo van las ventas de mis libros. Vale me esperó y luego me invitó al Mc donald´s, y se portó de las mil maravillas conmigo, hasta que por desgracia cometí la impertinencia de decirle para ir a caminar por el parque El Olivar, y la impertinencia de decirle un par de cosas más estando allí.

Caminamos tomados de la mano por las espesuras del parque, y en eso aparecieron de la nada dos chiquillas, así, todas gringuitas y puteriles, y entonces yo las quedé viendo embobado, reducido por la fruición que me provocaban, y entonces le solté la mano a Valeria (digamos que para proyectar una imagen más disponible a aquellas féminas), y ella vio a las chicas sonriendo, y me vio a mí babeando, y ¡faltaba más!: me metió una gritada brava y bien sazonada argumentando que era yo un pendejo mal.

Yo, obviamente, me hice el desentendido y “no, amor, me picaba la mano, por eso te solté, para rascarme bien, pues” –le dije, y Valeria, ni tonta, no me creyó nada y a cambio puso cara de querer mandarme de ida y sin retorno a la mierda.

Luego, mientras caminábamos ensimismados, cada uno rumiando cóleras, pasaron por los arbustos del Olivar dos ardillas que retozaban con carisma. Yo me las quedé mirando y, enternecido, porque esos animalillos me procuran ternura, les silbé y les hice quecos y entretanto Valeria me lanzó una mirada inflamada, una mirada de que la explosión era inminente.

Valeria me dijo que yo era un idiota, un imbécil, un hijo de puta. Yo le dije que por qué diablos se molesta conmigo sólo por jugar con aquellos roedores. Ella, siempre memoriosa, siempre al tanto de todo, me dijo que no olvidaba que yo tuve una enamorada a la que cariñosamente le decía ardilla. Yo la quedé viendo desorientado y no supe qué decir, sólo la miré y escuché con paciencia, pues entendí que debía escuchar sus diatribas por tan enredada conclusión que asumió.

Valeria, al ver que no le respondía los insultos, trató de ir más allá, trató de ofenderme con cosas más serías. Así que, sin dejar de lanzarme sus peores miradas, me dijo que era yo un vago, un fumón y un misio. Me jodió escucharle dichos adjetivos (quizá no tan distantes de la realidad). Como venganza sólo atiné a decirle: “amen”.

Ella se ofuscó más, se enfureció. Entonces me dijo que era yo un misio, un bueno para nada, un muerto de hambre. Eso fue un poquito mucho, ¿no?, entonces, irritado, le dije que ella era una mantenida de mierda, una hueca, una bruta. Ella sonrió cínicamente, como si le hubiese dicho cosas falsas, y luego arreció sus injurias.

Valeria me dijo que yo siempre seré misio, que no tengo nada de talento para escribir, que mi libro le da pena, que es un remedo de libro, que me moriré de hambre escribiendo libros tan malos. Ella sabía que eso me dolería como nada, lo sabía y lo dijo, y, en efecto, me dolió.

Yo, a sabiendas de que Valeria venía haciendo una estricta dieta hace días, privándose de comer para bajar de peso, le dije que estaba gorda, que había engordado, que la veía más rechoncha y más panzona. Yo sabía que eso le dolería y acerté, en efecto, le dolió, se puso a llorar.

No por estar llorando dejó de arremeter contra mí.

Me dijo que era yo un pezuñento, que me apestaban los pies. Lo dijo recordando un infausto día en que yo llegué a verla después de jugar un partidito de fútbol, y cuando fui a buscarla y me calateé para hacer el amor, expelí un olor asesino y malhadado; aquel día ambos nos reímos del tema, pero ahora ella le daba una vigencia absoluta calificándome como un perpetuo pezuñento.

Entonces me crispé, porque, coño, pezuñento es una palabra muy fuerte, ¿no? Incluso me hizo rememorar a un ex compañero de banda: el indio Roberto, a quien apodábamos indio no sólo por su aspecto físico, sino por las olorosas humaradas verdes e indigestas que perpetraban sus sufridos pies mientras él alegremente tocaba la guitarra.

Entonces yo, vejado, le dije a Valeria que, acá si alguien apestaba esa era su mamá. Así se lo dije: “acá la que apesta, por lo metiche y jodida y malacara, esa es tu vieja”. Ella rompió a llorar con mayores bríos y me dijo que eso era todo, que terminamos, que ya no quería estar conmigo. Yo le dije que así mejor, que se largue y termine sola y amargada como su mamá. Ella enfureció y entonces ¡pum!, me tiró una patada muy cerca a la zona urogenital. Yo me retorcí de dolor y entretanto ella se marchó llorando, cubriéndose el rostro con las manos.

Arrodillado en el piso, mientras las ardillas revoloteaban a mi alrededor, traté de comprender lo denigrantes que pueden resultar los golpes bajos entre dos personas ofuscadas que dicen quererse.

martes, 21 de septiembre de 2010

Aquella Viejecilla.

Una vez fui a un asilo de ancianos. Un amigo mío acudía allí regularmente, porque hacía voluntariado de caridad o algo por el estilo, y un día el puta me llevó con engaños, me llevó diciéndome “vamos, Marco, las chicas del voluntariado están buenazas”, y yo hecho un cabal idiota le creí y bajé al asilo un viernes a la tarde y al entrar, al toque nomás, me di cuenta de que mi amigo me había mentido, porque en una me saltaron al frente cinco o seis viejitos, midiéndose a bastonazos por ver quién me contaba un cuento primero.

¡Coño, qué viernes para más mierda aquel!, sin embargo, ese día conocí a una viejecilla que me llamó la atención. Era una mujer extraña, diferente a las otras viejas. Esta era una mujer encorvada y arrugada y narizona, y hasta ahí ustedes me dirán “¿qué te has fumado, oye, si todos los viejos son así?”, pero es que la diferencia estaba no en el aspecto, sino en que esta vieja era acomplejada, solitaria, casi autista, y paraba en un rincón con una postura expectante, y te lanzaba miradas como de odio y a la vez de tristeza.

Así que más por curioso que por buena gente, me acerqué a hablarle a la dama esta, y me presenté todo formal, todo caballeroso yo, diciéndole “buenas tardes, señora, cómo está”, y la señora en cuestión me lanza una mirada de confirmada reprobación y solo arquea las cejas, como diciendo “hola, renacuajo”. Entonces yo decido poner primera y arrancar, pero la señora me corta el paso y me dice “cómo te llamas, hijo”, y lo dice con una voz añeja, una voz ronca y sepulcral, con un sonsonete inefable que no sabes si es de un amigo o un enemigo.

“Me llamo Marco, señora”, le digo. Ella me mira como escudriñándome, “¿y qué haces por la vida tú, Marcos? –me pregunta-, “¡seguro que no haces nada por eso vienes a hueviar acá!”, añade. Me causan gracia sus palabras. “Soy escritor”, le digo. “¿escritor?”, pregunta ella, como desconfiando. “Sí, escritor”, le digo. “¿Y cuántas horas al día escribes, ah, tienes tu horario me imagino?”, retruca ella, amenazante otra vez. Yo me asombro un tanto y tomándome mi tiempo, entendiendo que es una viejecilla sola y amargada, le digo “bueno sí, tengo horario, es un horario nocturno”. La señora me mira entrecerrando un ojo.

“¿Usted cómo se llama, seño?, no sé su nombre”, le digo amablemente. La viejecilla levanta la cabeza, encumbrando su quijada, apuntando hacia el cielo su nariz tumefacta, y dice “yo me llamo Felicia Herrera del Campo”, y deja notar un claro tonillo de exacerbado orgullo por su nombre. “Bonito nombre”, le miento, “muy sofisticado”. La señora Felicia me lanza una mirada fortalecida y luego sonríe victoriosa y dice “nombre de reina, yo soy una reina”. Ahogo una sonrisa, fuera del histrionismo de la viejecilla hay algo en ella que me causa pena, tristeza.

La señora Felicia se me queda viendo buen rato, como si estuviese leyendo las líneas de mi cara. Luego esboza una sonrisa y me dice “eres un buen mozo, un galán”. Y entonces me siento enternecido y, que va, siento que me he ganado el cariño de esa viejecilla, de esa pobre mujer que se nota que sólo le falta un poco de compañía; y entonces le digo “gracias, es usted muy amable”. Y luego la señora me mira el pelo, el pelo largo y suelto, y le cambia el mohín y “oye, tú no serás fumón, ¿no?”. Y yo, sorprendido: “no, claro que no”. Y ella: “¿alguna vez has fumado marihuana, marco?”. Y yo me río y no le digo nada, no quiero mentirle. Y ella: “Muchachito de miércoles, ahí, para eso sí eres bueno, ¿no?”.

Noto entonces que aquella señora tiene un grave problema de bipolaridad o algo por el estilo: en un momento está hablándote de lo más bien, y al otro te está insultando y hablando mal y poniendo cara de bruja de las películas animadas de Disney.

“¿tienes enamorada, Marquito?, ¿alguna de las cuchuflecas que atienden acá es tu pareja?”, me pregunta la señora Felicia, con repentino aire cómplice. “No, seño; tengo enamorada pero no trabaja acá”, le respondo. “!Ah, qué bonito!” –dice enternecida-, “¿y qué le vas a regalar hoy?”, añade. Me quedo confundido: “¿a regalar por qué?”, le pregunto. Ella me mira y casi a los gritos dice: “!cómo que por qué!, ¿acaso eres un salvaje tú?, ¿qué no sabes que a las mujeres se les trata como el pétalo de una rosa?”. Y yo pienso: “coño, esta vieja ya quemó”, pero digo: “lo sé, lo sé, doña Felicia, pero no por eso le voy a dar regalos a mi enamorada todos los días, ¿no cree?”.

Entonces la viejecilla abre bien los ojos, como si estuviese ante un pecador, y retruca: “!salvaje, eres un salvaje!, ¿acaso no sabes que las mujeres somos débiles, que necesitamos regalos y regalos?”. Y yo me quedo medio palteado porque todos los demás viejos se han volteado a vernos, entre tanto Felicia continúa: “Tu enamorada se debe hacer respetar, cómo puede ser que seas tan cruel con ella… ¡no me parece!, ¡no me parece!”. Algunas enfermeras se acercan a Felicia e intentan calmarla, le engullen unas pastillas. “!Salvaje!”, me grita Felicia, tratando de liberarse de las enfermeras.

“Puta que vieja para más loca”, pienso, “con razón está sola, debe haber tenido una vida bien cagada”. Felicia lucha contra las enfermeras a los gritos de: “suéltenme, bandidas, suéltenme que soy una reina”. Entonces yo me doy cuenta que la cosa se está poniendo fea, así que me dispongo a zafar no sin antes decir: “hasta luego, señora Felicia, cuídese”. Y la viejecilla, mientras se batía a empellones: “Ya, listo, buen mozo, cuídate un montón, y vuelve otro día que me encantó conocerte”, dijo, con desbordante cariño, y luego soltó una risa siniestra, embrujada, absolutamente impredecible.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

AFIEBRADAS BAJEZAS

Extracto de la primera novela de Julio Fernández M.

Llego a casa tras un largo día en la universidad. Me saco las gafas oscuras que siempre me acompañan a todos lados y las pongo en la mesa del comedor junto con las llaves y mi billetera. Trato de despojarme de todo, incluso hasta de la ropa, es la ventaja de vivir solo: puedes andar calato por toda la casa. Entro a la cocina y me sirvo un bocadillo a la volada, unos emparedados de jamón y queso, los cuales serán mi almuerzo: es lo malo de vivir solo y no saber cocinar, comes mal, pasas hambre.

Veo un poco de televisión y mientras paso los canales, agradezco al cielo por tener cable y poder capear la infame televisión peruana que sólo me recuerda la miseria de esta ciudad, su oscurantismo, el cual, como siempre, me hace terminar renegando de vivir aquí.

Pongo Los Simpson y me quedo viéndolos un rato, riéndome de las situaciones hilarantes y satíricas que anegan la serie, y distrayéndome un poco del día cagón y aburrido que tuve hoy en la universidad.

Rato después, camino hacia la sala y me arrellano en el sillón, prendo la laptop que me regalaron el año pasado, cuando cumplí veintitrés, y me dispongo a continuar escribiendo la novela que empecé meses atrás, cuando me convencí de que podía ser un escritor a pesar de todo -a pesar de las críticas, de los comentarios reprobatorios, de la probable vida austera que esto acarree, a pesar de que estoy estudiando para dedicarme a otra cosa-, y me aventuré a hacer un relato alegórico que ahora le da sentido a mi vida.

Estoy así, recostado sobre el sillón de cuero, escribiendo como un orate, tecleando fervientemente, cuando de pronto distingo voces y risotadas que vienen desde la calle, son murmullos de mujeres, de féminas jóvenes y con bonita voz, lo cual me hace pararme de un respingo.

Me asomo por la ventana, estoy en el cuarto piso de un edificio con vista a un parque, parque que ahora alberga a tres chicas lindas que se ríen y conversan sentadas en una de las bancas. Puedo verlas claramente, puedo oírlas con nitidez, la banca donde están sentadas está casi bajo mi edificio. Me agazapo entre las cortinas y voy escudriñando a las chicas una por una, milimétricamente, haciéndoles una inspección minuciosa, detectando sus mejores atributos, pervirtiéndome con lo mejor de cada una.

Las chicas lindas de la banca no advierten que están siendo fisgoneadas por un palomilla de ventana, no se dan cuenta que las miro y que las deseo, o al menos no lo hacen los primeros cinco minutos, hasta que una de ellas, una que está vestida toda de azul y lleva una minifalda de infarto, vuelve la mirada y se encuentra con mis ojos acezantes y deseosos.

Al verme descubierto, me retraigo y me escondo íntegramente tras las cortinas, esperando que las chicas comenten lo sucedido y se marchen a toda prisa. Sin embargo, no escucho alboroto, no oigo que la chica de azul les haya ido con el chisme a sus amigas. Quizá no me vio, pienso, quizá fue una idea mía. Así que, nuevamente, me agazapo entre las cortinas y vuelvo a otearlas. Esta vez, noto que la joven de azul dirige la mirada varias veces hacia mi ventana, pero claro, yo ahora me he asegurado de camuflarme bien, por lo que ella sólo debe estar viendo una cortina azul un poco arrugada.

Mientras le devuelvo la mirada, noto que ella está sonriendo, que mira a mi ventana y coquetea y hace mohines pícaros. Eso me excita, eso hace que se me pare.

La chica de azul juega con su cabello, se acomoda los pechos generosos y redondos escondidos en su suéter color cielo, y luego atisba mi ventana con un rictus provocador, sabiendo que alguien la observa y encantada por eso mismo. Y mientras tanto yo me estoy haciendo una paja con su linda cara, con su inmejorable actitud.

Minutos después, las tres se ponen de pie, hablan un par de cosas y se marchan, abandonan la banca junto a mi edificio y la chica de azul lanza una última mirada a mi casa, justo antes de doblar en una esquina. Yo las veo perderse y luego caigo rendido en el sillón de cuero con una sonrisa ladina, con la clara idea de que en esta ciudad puede ser muy difícil ser un escritor, pero es muy fácil ser un pervertido.
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www.lulu.com/content/9269052

sábado, 7 de agosto de 2010

Los días contados.

Uno:
Acudo a cubrir un evento somnífero en un hotel cinco estrellas de Miraflores. El salón está lleno de plomazos, de gente aburrida que toma nota mientras escuchan sobre el gas de Camisea. No puedo más, me arranco a la sala de junto, al lobby, y me arrellano en un cómodo sofá de cuero.Minutos más tarde aparece en el mismo lobby una muchacha uniformada arrastrando estoicamente un carrito con comida (evidentemente para el coffe break de los plomazos). Yo la quedo mirando un rato, como quién no quiere la cosa, y luego siento que no pasa nada, que no es mi tipo la flaquita.De pronto, mientras veo las musarañas, siento que alguien me observa, que alguien me vigila, y entonces volteo de un respingo y ¡pum!, la chica de los bocaditos. Ella está a unos metros de mí y se me queda mirando fijamente, con milimétrica atención y con un rictus pícaro, “con roche” como dice la lumpen. Yo, al toque nomás, entiendo el coqueteo y me le acerco a hablarle, a decirle un par de boberías, y ni bien me presenté ante ella con la gran falacia que es decir: soy periodista, ella ya me estaba preguntando el nombre, la edad, el lugar donde vivo, el correo electrónico. Y entonces, asu, flaca, tú sí que eres de avance, pienso, contigo no hay medias tintas. Entonces, sabiéndome ganador, sabiendo que he tenido suerte, entendiendo que hoy debo estar bien peinado o oliendo rico o con jale simplemente; me apuro en darle mis datos a la chica que, para qué, ahora que la veo bien está buena la chola, y en eso: ¡Hey, Mercedes, al piso dos por favor, te necesitan en la sala de conferencias!, dice un sujeto que se apareció de pronto, su supervisor fácil. Así que la chica, Mercedes, se va lanzándome una última mirada, una mirada como diciendo yo soy un bocadillo más del coffe break, y luego se marchó rauda dejándome más que perturbado. No la volví a ver, el evento que fui a cubrir terminó quince minutos después y luego tuve que irme derrotado del hotel.

Dos:
Estoy en la biblioteca leyéndome las “memorias de una pulga”, estoy tranquilo, ensimismado, cuando en esas se me aparece en frente un tipo más bien joven y abrigado como para un otoño en parís. Le echo un vistazo como diciendo ¿sí, compadre?, ¿algún modelito? Y antes de yo decir algo él se arranca a decirme que el libro que estoy leyendo es muy bueno, que él ya lo ha leído. Le digo que qué bien, que lo felicito, pero él no se detiene.Como una ametralladora, me dice varias cosas sobre literatura, cosas banales realmente, hasta que por fin concluye y me dice que tengo pinta de escritor. Yo le digo que, en efecto, eso soy o eso quiero ser. Él me dice que también es escritor, que ya ha publicado un libro. Yo, con real entusiasmo, le digo que lo felicito, que qué chévere. Él me dice que somos escritores, que deberíamos juntarnos a hablar de literatura o política, a hacer tertulia, me dice.Intercambiamos números de celular y correos electrónicos. El joven, que se presentó como Francisco, me invita a tomar un café, a ir a tiendas de libros, a bajarnos un chocolate caliente en el Haití, yo invito, me dice, yo pago, no te preocupes, la cosa es ser amigos, añade él. Perfecto, le digo con una sonrisa (mi media sonrisa de conchudo), quedamos por correo. Días más tarde me encuentro a Francisco en el chat, lo saludo con entusiasmo porque, después de todo, es la única persona que conozco y que es escritor como yo, ese es un feeling fuerte en común. Lo saludo con entusiasmo y tras una conversa fruslera él me dice eres simpático, me gusta tu sonrisa, ¿cuál es tu opción?, yo soy pasivo.

Tres:
Estoy en un paradero, esperando un colectivo hacia mi casa. Es de noche y hace un frió terrible, traigo las manos en los bolsillos. Entre tanta gente, veo venir a una chica que, obviamente, no pasaría desapercibido en ningún lugar. Viene caminando cual modelo, luciendo un cuerpo delicioso resaltado en una vestimenta alucinante. Le clavo la mirada encima (como todos los demás presentes en aquel paradero) y para mi sorpresa la chica linda se detiene a mi lado, cerca de mí, se hace la despistada un rato y luego me mira a los ojos y me pregunta si sé cómo llegar al canal dos. Atónito, embobado, alunado, el canal dos es acá a unas cuadras, mamita, pienso, pero en cambio digo, tienes que tomar unos carros color verde, sabiendo que no existen carros color verde, sabiendo que sólo quiero que no se mueva de mi lado. La chica es lindísima, y mientras espera el carro verde que no existe, ella me hace el habla así, fluido, normal nomás, sin complejos, como diciendo estamos en épocas modernas, Darling, ahora nosotras tomamos la iniciativa. Yo le sigo el juego y conversamos harto ahí en medio de ese paradero desangelado y, entre tanto, inevitablemente, la alucino cabalgándome a horcajadas mientras me dice una vez más: te pareces a Luis Fonsi. Cuando pasa media hora, los pies ya duelen, ya se siente el tiempo parado, la chica (que se llama Silvia), me dice que tomará un taxi al bendito canal dos porque no pasan los carros verdes. Yo le digo para vernos otro día, para salir y hacer algo, le digo que me dé su teléfono. Ella acepta encantada y me pregunta si tengo dónde apuntar. Olvidé mi celular en casa, no tengo una libreta o un papel, entro en pánico. Ella saca un lapicero de su bolso y anota su nombre y su número en la palma de mi mano. Bonito gesto. La amé. Ella se marcha y yo hago lo propio, beso mi mano y celebro mi buena fortuna, ese acontecimiento prometedor. Ni bien llego a casa, extasiado por lo que acaba de pasar, excitado por el recuerdo prominente de Silvia, corro al baño y me hago una paja celestial, y en pleno ardid, mientras recuerdo de pies a cabeza a aquella chica, mientras alucino en todos los ángulos a Silvita-linda-apretadita… ¡putamadre, su número! Me veo la mano y de ella solo me quedaba un recuerdo borroso, unos números incompletos, un recordatorio de lo arrecho que soy.

sábado, 10 de julio de 2010

That it´s all in your head.

Hoy voy a caminar. Es un largo trayecto, kilómetros, si acaso, y la noche está fría y desangelada, pero qué más da, hoy no quiero subirme a un micro pulgoso del transporte público, tampoco quiero tomar un taxi y que un chofer trasnochado me hable del mundial, esta noche prefiero caminar y hacer el recorrido de la vida hasta mi casa y entre tanto pensar tranquilo.

Barranco es horrible, y peor un viernes. No sé, la gente pululando, la disque bohemia limeña, las discotecas venidas a menos, las callejuelas oscuras y llenas de pirañitas e indigentes tirados en el piso, un cuadro decadente.Paso por el puente de los suspiros y pienso en lo huachafo que suena decir “puente de los suspiros”, me río cavilando y luego veo de reojo el vacío, estoy a gran altura, a varios metros del suelo. Me gustaría tirarme, dejarme caer y morirme. Sin embargo, no tengo la valentía para hacerlo, ni pensarlo, nunca me atrevería.

Pienso una vez más en el suicidio, o dicho de una manera más bonita, pienso en que mi vida debe terminar porque no tengo nada que hacer aquí, en este lugar, en este tiempo. Si tuviese un arma en la mano me la pondría apuntando a la cabeza o quizá adentro de la boca para no fallar y luego quedar penosamente lisiado. Pondría mi dedo en el gatillo y pensaría muchas cosas, muchas, pero menos en disparar, ya lo dije, soy cobarde, no me atrevería.
Se me ocurre una genial idea para llevar a cabo un disparo con una pistola frisándome la lengua, meterme una orgía de marihuana y coca, y meterme tanto de todo hasta estar bien alunado y alucinado e idiotizado, que livianamente tomaría el arma y la dispararía risueño nomás, con la misma cara de tonto que tuve en mis mejores épocas.

No siempre pienso en matarme o cosas así, hoy he pensado en todo eso porque, no sé, algo vi o algo escuché que me frustró mal. Rumié angustias, que en este país es difícil ser talentoso y valer la pena, no importa cuanto escriba porque nadie me va a leer, no tengo el trabajo que me gustaría tener, no estoy ni cerca del camino hacia cumplir los sueños de toda mi vida. Carajo, quizá deba chuparle la pinga a alguien para lograr mis metas. La gente que triunfa es la que chupa las pingas adecuadas. Qué asco con este país.

Un detalle importante, si hay algo que cae sobre mis hombros cual roca inconmensurable, es que sé que nunca seré famoso, lo sé y para un narcisista saber eso es igual a saberse con sida, ¿me dejo entender? Sé que no lograré fama porque el circo que es el arte en Perú es un circo de asentamiento humano, donde los artistas son gente improvisada-chupa-pinga-correcta, que así como salen en la tele también pudieran estar vendiendo golosinas en los carros.

Voy llegando a Miraflores, el cariz cambia un poquito. Se me antojan unas chelas, un roncito con los amigos, un vodkita con mis carnales, pero, ¡coño!, sí pues, no puedo chupar hasta tiempo indefinido porque otra vez me estoy drogando con antidepresivos que me hacen mierda por dentro y que me dopan y me hacen soñar, cada noche, que es el fin del mundo. Maldito psiquiatra, en el fondo sé que me mientes, en el fondo sé que lo mío no tiene cura.

Camino como un zombie con pasos errantes, perdido entre la multitud, triste porque mis esperanzas ya han languidecido, triste porque ni la música ni la literatura pudieron salvarme, triste porque no quiero ver a nadie ni hablar con nadie, y menos con mi familia que no tienen idea de en qué estoy. Y de repente, ¡chucha, las once, hora de tomar el Clonazepam!

viernes, 11 de junio de 2010

No robarás.

En una tarde cualquiera, Valeria y yo estamos en un opulento restorán de Miraflores. Nos estamos bajando una fuente alucinante de cebiche y arroz con mariscos. Qué chucha que estén caros los platillos del menú, nosotros estamos con plata porque nos venimos de vender un trofeo de bronce que birlé de la casa de mi madre, y que lo vendimos por ahí en un puesto de baratijas, donde nos pagaron un buen billete por el trofeo, casi doscientos dólares.

Valeria y yo arrasamos con la pantagruélica merienda, y luego de pagar la cuenta y dejar propina al mozo tan afable que nos atendió, salimos del restorán y nos disponemos a vagar por el parque Kennedy (o como le gusta decir a Valeria, nos ponemos a remolonear.)

Minutos más tarde, a pesar del frio abrumador que nos apabulla, se me antoja endiabladamente una gaseosa bien helada. Es así que caminamos preguntando en los quioscos diseminados por el Kennedy a ver si venden gaseosa heladita. Buscamos y buscamos pero nada, nadie vende, y es que “con tanto friote nadies vende gaseosa helada ya, joven”, como me dijo uno de los comerciantes.

Irritado, no me resigno a comprar una gaseosa tibiona, no señor, “tengo plata en el bolsillo, no pocos dólares, joder, pago lo que sea por una gaseosa helada.” Así que, al verme obstinado (y es que para las veleidades soy único), Valeria me dice para latear a Wong, “porque allí de hecho venden gaseosas heladas, Marco”, añade. Yo celebro su idea y caminamos con entusiasmo al supermercado.

Una vez dentro, corro a elegir una gaseosa del congelador, me saco una cocacolita helada y luego avanzo hasta la fila de cajas. Allí me doy cuenta de que las colas para pagar están hacinadas de gente, gente que lleva mil cosas, mil productos, carritos llenos que me hacen presagiar que demoraré media hora antes de poder libar mi bebida. Detesto la situación. Me dan ganas de abrir la gaseosa e ir tomando mientras avanza la cola, pero luego declino, mucha cosa. Dejo a Valeria en la cola con la gaseosa y yo me voy a buscar una caja menos hacinada.

Recorro el jodido establecimiento pero nada, todo igual, todo lleno. Regreso al lado de Valeria y veo que ella (más decidida que yo), abrió la gaseosa y tomó un par de sorbos. La miro, me río, y luego le pido la botella y, a la mierda, me arranco a bajarme la gaseosa. En cuestión de segundos dejo seca la botella y luego Valeria, pizpireta, me quita el embase vacío y lo deja por ahí, tirado en un estante. Yo la encomio y celebro la palomillada, y me cago de risa y la tomo del brazo y le digo “vámonos nomás, la culpa la tiene Wong por tener cajeras tan lentas.”

Valeria y yo zafamos del supermercado, y yo incluso, antes de salir, hago una venia militar y me cago de la risa. Y así estamos, zafando harto conchudos y harto ganadores, cuando de pronto: “!Hey, hey, choches, alto allí!” Valeria y yo nos miramos y yo pienso “la cagada, nos descubrieron.” Volteo para ver quién nos llama y atisbo a dos morenos (uno chato y uno alto), con radios en las manos y pinta de pocos amigos. Ellos nos abordan y nos impiden el paso.

“Me muestras tu tiquez de compra, choches”, me dice uno. “El recibo de la gaseosita que han consumido”, replica el otro. “¿Recibo?, ¿gaseosa?, ¿de qué rayos me está hablando?”, digo, con el mayor cinismo que soy capaz. “No te hagas el tercio, pues, flaco, te hemos visto tomar una gaseosa e irte sin pagar”, dice el más chato. “¿qué gaseosa, oye, de qué me estás hablando?”, continua mi falacia. Estamos discutiendo en plena vía pública, no pocos transeúntes se han detenido a ver qué pasa, por qué tanto escándalo; Valeria me mira atónita, paralizada, medrosa. Yo, entre tanto, no estoy dispuesto a quedar como un ladrón, eso nunca.

Los vigilantes continúan insistiéndome que pague, que los acompañe de vuelta al supermercado y que cancele la gaseosa. Yo insisto en que no sé de qué me hablan y los ametrallo con un poco de floro circunspecto. Uno de los vigilantes me dice: “ya, pues, choches, tu creo que eres extranjero, ¿no?, paga, pues, tú debes tener plata.” Y yo le digo que no pagaré algo que no he consumido, pensando en el fondo que siempre es un halago que te digan extranjero siendo peruano.

La cosa se pone fea, hay un mar de gente rodeándonos y ganándose con el roche, y hay tanta gente que yo creo que ahora si las colas para pagar deben estar vacías, porque todos están acá sapeando y haciéndome sentir como un cómico ambulante en plena plaza Grau. El vigilante más alto me dice que si no pago me va a detener. Yo me río en su cara y le digo que ni en sus sueños podría hacerlo. Luego él saca una insignia de no sé qué y me dice: “oficial Esneider Huamán, oficial PNP.” Y yo le digo “bájame el tono, oye, ganapán.”

Luego los espectadores empiezan a gritar arengas, algunos de mi parte, algunos de parte de los oficiales, seguramente sin entender lo que pasa, sin tener noción del problema, pero bueno, con algo hay que distraerse, ¿no? Entonces yo decido ponerle fin al espectáculo y les aviento un par de soles a los sufridos vigilantes de Wong, y, envalentonado, les grito que los voy a demandar, que se acordarán de mí, que mi papá es juez en no sé dónde, y cojudeces por el estilo que siempre amilanan a la lumpen. La gente comenta musitando mis falsas amenazas.

Sujeto de la mano a Valeria, a Valeria que, sí, allí estaba viendo todo y guardando hermético silencio e incapaz de defenderme y con cara de ay, la cague por azuzar a Marco a tomar la gaseosa, ups. Entonces la agarro y zafamos altivos, dejando atrás un carnaval de la gran puta, mientras yo voy pensando que lo peor es que aún tengo sed… ¿por acá una bodega?