viernes, 21 de mayo de 2010

Alguna vez...

Ramiro extiende los brazos, como estirándose, aún recostado sobre la cama destendida de su habitación. Primero inhala un poco de aire evanescente y luego se las arregla para poner play en el equipo de música y arrancar a escuchar, una vez más, el cd de un grupo que le presentaron hace poco y que le encantó, 311.

Ramiro cierra los ojos y se ve caminando, andando por ahí, bigardeando nada más. Se ve feliz, se nota alegre, entusiasmado.

Pronto va reconociendo algunos lugares que él ha hecho suyos. Primero el parque donde suele jugar algunos partidos de fútbol con sus amigos del barrio, ese parque cómplice y añejo que tantas alegrías le ha procurado, porque Ramiro sabe meter sus buenos goles, e intuye que, a sus dieciséis años, aún puede llegar a ser jugador profesional, por qué no.

Ve en su devaneo a sus amigos del barrio, a los chicos que siempre lo acompañan y lo secundan y lo ven como un líder a pesar de que Ramiro no es precisamente un guerrillero digno de encomio. Él atribuye su rango a que es el único del grupo que ha ingresado ya a la universidad, y a que siempre se está haciendo el rebelde y el mundano, y a que es muy capaz para narrar acontecimientos alucinados, y gracias a ello convenció a todos de que ya tenía enamorada y que ya había tirado en más de una ocasión.

Se sabe hacer respetar Ramiro, sabe qué decir para ganarse el encomio popular.

Pero Ramiro aún es muy joven e iluso como para erigirse como un hombre taimado y ladino. Aún está descubriendo cosas y probando cosas, y tratando de convencerse de que el mundo es color de rosa, rosa, como su amor ciego y entregado por Amanda, la chica que le presentó a 311.

Ramiro recuerda que Amanda lo tiene loco, lo tiene perdidamente enamorado, pues ella es una chica linda, es una chica que cumple a la perfección las demandas de cualquier hombre en la tierra, y recuerda que él quiere casarse con ella y vivir juntos y tener hijos incluso. Entonces Ramiro, echado en su cama, recuerda a Amanda pero no se hace una paja o la alucina rico a la rica de Amanda, no señor, él la recuerda y musita socarrón “me gustas, Amanda, me gustas mucho. Amanda, ¿quieres ser mi enamorada?, ¿te gustaría estar conmigo?

Termina una canción y empieza a sonar una nueva. Ese sobresalto hace que Ramiro pierda el hilo y se ponga a pensar en otra cosa.

“Esa canción me gusta”, piensa Ramiro, “me encanta esa guitarra, me gustaría aprender a tocar guitarra algún día.”. La canción continúa, Ramiro sigue la letra, la canta con una pasión escondida; no tarda en notar que va desentonado, que su voz ronca y cero meliflua están menoscabando la refulgente canción. “odio no tener buena voz, detesto no servir para cantar.” Ramiro recordó apenado las palabras de su profesora de música en el colegio, cuando él postuló al coro y ella, tajante, lo rechazó a las palabras de: “no sirve para el canto, alumno.”

Ramiro ve una foto inmensa de Angelo Kriss, su cantante favorito, pegada en la pared frente a él. Ve a su ídolo y lo escudriña cavilando en que Angelo Kriss es un fumón mal, un drogadicto empedernido, y a pesar de eso (o por ello mismo) él es súper famoso y súper buen cantante y súper bueno con las chicas y súper buen líder de su banda. Entonces Ramiro se agarra la cabellera y lamenta haber arrugado cuando, días atrás, uno de sus compañeros de la universidad le ofreció droga. “la próxima avanzo con todo”, se promete.

Cuando el cd de 311 está a punto de culminar, la noche se hace más profunda y el cielo luce diáfano y estragado. Ramiro entiende que es tarde, se recuerda que mañana es su cumpleaños número diecisiete. Recuerda también que, como todos los años, su padre y su madre y su hermana irrumpirán en su habitación, temprano en la mañana, para cantarle el cumpleaños feliz, actividad que Ramiro ve con ojos desdeñosos, pues ya no es más un niño, y “eso es cosa de niños, son tonterías.”

El cd se termina, Ramiro apaga el equipo de música y luego se acuesta y se arrellana en la cama. Ramiro cierra los ojos recordando a sus amigos, esperando nunca separarse de ellos; recordando a Amanda, entusiasmándose con el deseo de volverla a ver, volverle a hablar, de decirle te quiero; recordando a Angelo Kriss y pretendiendo emularlo, parecerse a él; recordando que mañana es su cumpleaños y sonriendo en silencio, porque no se imagina un cumpleaños sin su familia cantándole temprano por la mañana.



Felice giorno!!!!

sábado, 10 de abril de 2010

Trovador de recamara.

Carla me llama al celular y me pregunta si estoy disponible para hacer algo. En un principio, la idea de verla me entusiasma demasiado, me emociona. De inmediato le digo que sí, que venga a buscarme para hacer lo que ella quiera –o lo que ella me deje hacerle. Ella me dice que vendrá a verme y, en efecto, a la tarde llega a casa y me sorprende con una botella de ron en la mano. “Para amenizar”, me dice.

El ron que trae Carla es de una marca considerablemente cara, sin embargo, poco me interesa que el suyo sea un trago caro, yo hace tiempo que le agarré alergia al ron: me da asco, me pone pensativo, me da resaca. Sin embargo, no le digo nada a Carla y finjo que disfruto cada vaso de ron con coca-cola que me sirve con hielo y cada cinco minutos.

El ambiente se va poniendo medio cagón: el ron me sabe horrible, siento que me empieza a doler la cabeza y que la libido se me está evaporando, y, además, Carla ha empezado a hablar como una lora, contándome cosas de su carrera y sus clases y sus compañeros y los cursos que está llevando en una casona mal pintada a la que alegremente llama universidad.

Como es predecible, el trago y la plática de Carla me bloquean y me embriagan y me dejan como un reverendo idiota, así, alunado, viendo a la nada. Luego mi acompañante deja de hablar y le sube el volumen al equipo de música y se arranca a bailar y a corear a Tego Calderón, mientras trata de besarme porque ya está borracha, y mientras me azuza a manosearla y desearla, y mientras yo pienso “oye, déjame en paz un toque, que el ron insípido y tu actitud fatua ya me llegaron al pincho”.

Me siento ofuscado, deprimido, ansioso, colérico, melancólico, pensativo, alunado, y todo lo resumo con una mirada perdida y con una postura silente. De pronto atisbo mi guitarra, que está a unos pasos nada más; la veo y siento ganas de tocar, siento ganas de cantar algo, lo que sea, de liberarme con ayuda de la música. Entonces le digo a Carla si quiere que le toque algo. Ella asiente y acepta entusiasmada, o fingiendo entusiasmo, y yo me arranco a tocar algunas de mis menos malas canciones.

Carla me escucha con creciente histrionismo y finge que le gustan mis canciones –ya saben que cuando uno chupa puede ser más hipócrita de lo esperado-, y luego me mete un agarre después de que yo le miento diciendo “esta canción la escribí para ti”, y mientras pienso ¡si las musas inspiradoras cobraran derechos de autor, mi deuda sería inenarrable!

Tras una retahíla importante de temas varios que le toqué a Carla, noto en ella un rictus inescrutable, un mohín algo exhausto, una mueca de “oye, ya cánsate, pues”, y notar eso me enfada y me frustra y me llega profundamente al pincho porque yo estoy tocando lo mejor que puedo y recitando mis letras lo más prolijo que soy capaz. Así que “te la comes”, pienso, y sigo tocando sin importarme sus gestos de chica coquera.

Me arranco a tocar una canción más, la cual tiene un coro que escribe la palabra “olvidar”, y eso fue el detonante de la noche, la oportunidad de Carla y mi declive como trovador de recamara. Carla se acerca a mí y, sin importarle que yo estoy desprevenido tocando mi cancioncita, arremete en mi contra propinándome una dolorosa bofetada, haciéndome, obviamente, dar un brinco y dejar de raspar las cuerdas.

¡¿Qué te pasa?!, le digo, ¡¿estás loca?!, añado. “Loco eres tú, por tocarme una canción del olvido, cuando yo estoy aquí, junto a ti”, alega ella. “¿Qué mierda hablas?, ¿qué tiene que ver la canción con nosotros?”, digo exaltado. “Eres de lo peor, un canalla, un hombre sin sentimientos”, dice ella, ebria, con marcado acento etílico. Y yo entiendo que todo ese espectáculo deplorable lo hace porque, en vez de tirármela, me puse a tocar guitarra y a cantar, y, claro, no encontró mejor manera de callarme que con su despecho.

Le digo a Carla que se largue y que se meta su botella de ron al culo. Ella me dice que soy una mierda, un cagón. Le digo que sí, que soy todo eso y más. Ella se va resentida, odiándome, prometiendo nunca más volver. Y yo regreso a seguir tocando mis canciones, cavilando y deseando encontrar a alguien diferente, alguien con sensibilidad, alguna chica más parecida a mí porque ya estoy harto de las chiquitas puteriles y pizpiretas y universitarias.
Algún día llegará. Lo sé. Una vez llegó y, en el peor acto de mi vida, la dejé ir.

jueves, 25 de marzo de 2010

Casí solo mía.

Alejado por mucho tiempo de los rigores de los horarios y las aulas, mi sensibilidad y predisposición a la vagancia se vieron interrumpidas por un impertinente sobresalto: de pronto, sentí una necesidad asfixiante por retomar clases, clases de lo que sea, sentía que quería estar en un salón lleno de gente más o menos tan desorientada como yo, y que buque más o menos lo mismo que yo, o sea, hacer vida social.

Qué mejor cosa para hacer vida social, que las livianas y remolonas aulas de algún instituto, de esos que abundan en nuestro alegórico régimen educativo, porque, déjenme decirles, uno se divierte igual viendo el chavo del ocho, que pasando cinco años en alguna pujante universidad o instituto. Así que no tenía mucho que pensar, me metí a una academia cagona por San Isidro.

Esta vez tuve la ocurrencia de estudiar italiano, Dios mío, yo y mis arranques. Cuando llega el primer día de clases veo que el salón es una ratonera infesta, llena de gente que balbucea el español pero que tiene todas las ganas de aprender italiano; y ya saben, están todas esas cosas que te hacen pensar: “el perú es el deshueve, la gente se pasa de pendeja”.

Cuando me siento un real idiota por haber gastado plata en dicho instituto del saber, cuando las clases me abruman de aburridas que son y dejo de asistir al curso y voy cuando quiero, o cuando no tengo nada mejor que hacer, o cuando quiero hacer hora dándomelas de ficho en un instituto de medio pelo, es en ese momento, en una clase más a la que fui por si las dudas, que la vi a ella, a Catalina, a la gran y linda Catalina.

Catalina es una chica suave, una chica mundana. Tiene el cabello largo, tan largo como me gusta, y castaño, tan castaño como me enloquece. Tiene la piel blanca, caray, si parece blancanieves. Tiene un cuerpo imperdible, una mirada perturbadora, una sonrisa que contagia, unos labios que te incitan, y tantas cosas que me gustan que casi la siento mía.

Obviamente, me arriesgué y le hablé a Catalina. Obviamente me acerqué a ella con una sonrisa ladina y la traté de envolver. Obviamente fui hacia ella con intenciones nada santas. Obviamente eso de pedirle libro fue una excusa baja y barata para hablarle. Obviamente fui una ladilla y le pedí celular y correo. Obviamente la llené de halagos como si solo viviese para ella. Obviamente ella me atrajo tanto que perdí la cabeza y empecé a ir a todas las clases de italiano habidas y por haber.

Catalina me gustó además, porque tenía mil cosas en común conmigo, como el gusto por la música de Jack Johnson, como La Vida es Bella por película favorita, como la alergia a la mediocridad plañidera, como los comentarios lascivos que van y vienen de vez en cuando, como el odio al pestífero humo del cigarro.

En poco tiempo ella y yo nos hicimos de confianza, de una confianza entrañable, urdidora, atípica.

Ese día, varios días después de habernos conocido, Catalina y yo estábamos sentados al fondo de la clase, ella estaba con un vestido rojo, con una vincha roja, con unas sandalias altas… ¡Por Dios, nunca vi algo tan comestible! Así que acelerado y excitado como estaba, mientras la profesora decía parole, ascolta, ragazzo… cosas así, y mientras uno pensaba: baja un poquito la voz que estoy afanando acá, ¿si? En ese momento, le susurré al oído a Catalina y le dije “¿quieres ir a mi casa terminando la clase?”

Ella sonrió pronta y me miró de soslayo y me clavó una mirada larga e inquisidora. Luego se acercó a mí y me dijo que le encantaría pero no puede. Naturalmente, le pregunté por qué, qué se lo impedía. Y ella me contó que a la tarde iba a verse con Mariana. “¿Quién es Mariana?”, le pregunté, como diciendo ¿qué meritos ha hecho ella para que prevalezca sobre mí? Y Catalina me dijo “Mariana es una amiga, una amiga especial”. “¿Especial en qué sentido?”, pregunté raudo. Y ella: Tú sabes, amigas especiales, amigas con privilegios. Y yo pensé ¡wooow!, ¡take it slow!, ¡qué rico!, ¡lo máximo de solo imaginar!, y luego le pregunté: ¿eres o no eres? Y ella me dice “soy lo que soy, me gustan las chicas, y también los chicos”.

Quedé perplejo, atónico, ya me entienden, ¡crispado! Cuando la clase finalizó, la gente se empezó a retirar y se formó un barullo del carajo y yo permanecía en mi asiento, cavilando, pensando mil cosas (mil cosas que incluían a Catalina). Y Catalina se puso de pie y ¡muak!, me metió un chape hermoso y me dijo que la invitación a mi casa quedaba pendiente, que tenía que irse, que algún día debería conocer a su amiga Mariana, que me caería chévere. Y yo sonreí y deje ir a Catalina, pensando que, a veces, la vida puede ser irresistiblemente prometedora.

lunes, 15 de marzo de 2010

Tú lo eres todo.

Doy un paso más sobre la autopista angustiosa, sobre el asfalto desolado, sobre esta madrugada incipiente. Miro en derredor y un vacio me angustia, y un vacio me conmueve. Cada paso es más profundo, más significativo, cada paso me aleja de ti y es por eso que cada uno es más intenso que el anterior, porque magnifica tu recuerdo, porque me hace recordar lo maravillosa que eres.

Tus calles, que voy dejando atrás, lucen vacías, no hay autos, no hay personas, no hay vida. Es tarde, lo sé, me lo dijiste antes de partir, por eso tuviste la generosidad de darme dinero para un taxi. ¿Otra prueba de amor?, ¿otra prueba de cariño?, no sé, dímelo tú, yo no tengo palabras para describirlo.

Sigo alejándome y las pinceladas de tu cariño se acentúan sobre el lienzo protervo que es mi alma egoísta; se acentúan y se enhiestan pronto, más y más, hasta impregnarme de tu candidez, dulzura y afecto, hasta erigir mi lienzo vacío en uno desbordante, en uno colorido, en uno que no puede ser el que yo logré por mis propios medios.

Tengo tu sonrisa rondando por mi memoria, tu sonrisa pueril, tu sonrisa que no es una sonrisa común, que es más bien un mohín único, un rictus sin igual que encanta, que me encanta, que te hace encantadora. Tengo esa sonrisa que aventuraste cuando nos despedimos, la que atrapé agazapado, cuidando que no me descubras, me la guardé cuando te inmortalicé con la mirada en un instante, en el instante preciso, cuando tú te reías.

Elevo la vista y atisbo nubes violáceas, cielos azules, rojos, púrpuras; creo estar viendo mi interior. En la mente trato de retrucar por tanta angustia, por tanto sin sabor, por tanta mierda que me conmina. Pero tú sabes, no eres tú, soy yo. Me detesto, me odio, me asqueo por equivaler decepciones, por significar incertidumbre, por sugerir acanallados sentimientos. Y luego la pregunta de siempre, ¿qué diablos hice para merecerte?

Trato de cerrar los ojos y no pensar en nada, estoy aturdido, camino a paso firme como un ciego que se guía por puro instinto y convicción. Cuando todo está oscuro es que algo melifluo me susurra, musita ante mí, es tu voz, la reconozco de inmediato. Me saludas, me pides un beso, te ríes conmigo. Luego me preguntas si te quiero. ¡Claro que te quiero!, te quiero de forma impensada, y sin embargo, no es lo suficiente, no es lo que merece alguien como tú, no lo es ni un poquito.

Un taxi dobla en la esquina y se acerca a mí apuntándome con las luces de sus faros. Lo siento, lo veo, me ciega la luz. A duras penas extiendo una mano y hago frenar al automóvil. Hablo un par de cosas con el conductor, negociamos un poco. Luego me encaramo en el carrito, cierro la puerta y me pego al cristal de la ventana. Veo tus calles pasar rápidamente ante mí y luego tú lo eres todo.

martes, 23 de febrero de 2010

De noche en el malecón.

Regreso a casa de mi madre después de mucho tiempo, vuelvo a hollar piso en las frías y desangeladas calles de Magdalena, un distrito más bien pacharaco y mustio, un ambiente silente y de otoño perpetuo. Es jodido regresar aquí después de haber vivido sólo en un depa inmerso en un distrito mucho más sosegado y mucho menos atrabiliario, en un lugar donde tenía de todo y sobre todo donde podía escribir como un orate durante horas, no como acá que escribo –con suerte- cada vez que puedo.

Entonces como no puedo escribir, y en resumidas cuentas, como no puedo hacer nada de lo que ya estaba acostumbrado a hacer en mi vida de independiente, me veo obligado a refugiarme en la siempre salvadora lectura y en las caminatas que me fueron costumbre alguna vez, hace muchos años, cuando soñaba con vivir solo y largarme de mi casa… qué paradójico.

Camino por algunos parques que me provocan nostalgia, camino por el peñasco que tanto me gusta, paseo por algunas viejas calles de magdalena, pero siempre teniendo cuidado de no pisar
–ni por casualidad- el mercado, ese antro de orates y rufianes de esquina y de gente que te quiere vender lo que sea a cada paso, el cual me produce nauseas y me hace cavilar febrilmente en lo jodido que esta nuestro sufrido país.

Un lugar que me gusta visitar, y al que de hecho acudo con regularidad, es al malecón de la virgen, así se llama o así le dicen, no lo sé y la verdad no me interesa. Lo cierto es que este malecón cagón y sucio y que tiene la figura de alguna virgen así, inmensa, es un lugar que me trae gratos recuerdos de lo que pudo ser un grato tiempo en mi vida, antes de irme de aquí.

Por aquellos días yo solía llegar a este descampado lugar por dos motivos: uno, porque aquí solía venir con algunas chicas avispadas y pródigas en cariños, que siempre tenían la afortunada consideración de dejarse arrastrar hasta aquí, un sitio oscuro y cómplice y desierto. Y dos, porque siempre llegaba hasta aquí a otear el mar y fumar un poco de marihuana, a sentir la brisa que venía de la playa y proyectar bocanadas de humo viciado que olían fuerte y me delataban como un pastrulo mal ante los transeúntes.

Debo confesar que no hay lugar más propicio, en el pujante distrito de Magdalena, para meterse un agarre bravo, unos chapes así, con todas las de la ley, que aquel viejo malecón de la virgen, ¡ah, carajo!, si no lo sabré yo. Y no se necesita ser un aventurero, un avezado o un exhibicionista para agarrar rico en el malecón, para nada; ese lugar es harto cómplice y tienes sus buenas sombras bienhechoras que facilitan las cosas y, por qué no, hasta las azuzan, las incitan, y las chicas que residen en Magdalena no me dejarán mentir (y menos las que estuvieron en mis brazos).

Así mismo, lo que me es inolvidable, son las interminables sesiones de bates que se daban lugar en el mustio malecón. Allí, entre las banquitas y los arbustos y la mirada contrita de la virgen gigante, se realizaban las mejores fumadas que he vivido. Los mejores tronchos me los he bajado allí, y esto quizá sea por la cercanía con La cueva, ¿no?, ese antro apestoso donde venden droga como si de hamburguesas se tratara. Resultaba un solaz abrigador acudir al malecón con el gran Tavo, mi gran amigo y dealer, y lanzar pensando en la nada, y mirando el cielo grisáceo, y haciendo bromas y riéndonos escandalosamente, y yo pensando que estaba cerca, muy cerca, de la chica loca y linda que me tenía como un orate y que vivía por ahí nomás, y Tavo contándome de su vida, de su cagona universidad, de que le robaba plata a su vieja, y yo: ya, tavito, lanza, lanza, no te pegues.

En esta noche fría y oscura, en esta noche en la que he vuelto al malecón, he regresado más viejo y más torturado y con mayores rémoras y con más vicios seguramente, ahora, ahora pienso que la vida entonces no era tan mala, que no era tan mierda, porque qué rico era bajar al malecón a chapar afiebradamente, a ganarme alguna buena chupada y a lanzar como un loco con el vago de Tavo. ¡Qué puta esta melancolía!, me fui de aquí creyendo que mi vida era lamentable y ahora regreso peor, avinagrado, lleno de cosas predecibles y con una vida que ha perdido la emoción, rodeado de gente que no es lo que parece o lo que te juran ser.

Tiro algunas piedras al mar y me resigno a llevar los días, a no tener el coraje o la valentía o los cojones o la idiotez necesaria para arrojarme yo mismo a ese mar indolente y sucio, indolente como yo, sucio como esta ciudad.

sábado, 16 de enero de 2010

Soy un imbécil

Estaba caminando por ahí, perdido en una noche bulliciosa y decadente, regresando de ver a mi ex enamorada, ex porque fue mi enamorada hasta esa noche, porque me venía de su casa donde peleamos y yo por fin me animé a decirle que me llegaba al pincho, que era una loca posesiva, y donde ella me dijo que yo era un imbécil, que sólo la quería para tirar y para que me preste plata de vez en cuando, y todas esa cojudeces que siempre te dicen y que, caramba, nunca dejan de ser verdad.

Entonces estoy caminando así, distraído y a la vez perturbado, perturbado porque no tengo plata como para divertirme en este sábado cagón, hasta que doy a parar a una callejuela atiborrada de discotecas de mala muerte, es una calle llena de bulla y de chicos y de chicas y de ganapanes que te tocan el hombro y te dicen “pasa por acá, flaquito, esta discoteca es la mejor, pasa, pasa”, y uno piensa “a tu mamá dile que pase”.

Camino recorriendo cada antro pobretón, cada seudo discoteca, y les voy tirando un vistazo de soslayo, pensando que, después de todo, no me vendría mal meterme a alguna, no sería tan descabellado pasar, chequear hembritas y por ahí, con algo de suerte, levantarme alguna. Y así estoy, cavilando malamente, hasta que, con pasos decididos, me sumerjo en una de las discotecas truculentas y le sonrió al pobre hombre que me hace una reverencia al entrar y me dice “adelante, flaco, adelante, la barra está al fondo”; y yo pienso “si supieras que sólo he venido a fisgonear no serías tan amable, cabrón”.

Entro a la discoteca, doy un pequeño paseo, como escudriñando el lugar, detecto a una que otra chiquilla agraciada, pero son muy pocas la verdad, la mayoría son chicas que, pienso yo, deberían cobrarle un sueldo a las cervecerías, porque para terminar agarrando con ellas uno debe de bajarse, por lo menos, medio jonca de chelas, así que ¡qué mejor estrategia de ventas!, a esas esforzadas muchachas alguien las tiene que remunerar, digo ¿no?

Luego saco a bailar a una chica que me resulta bastante atractiva y felizmente ella acepta encantada y zafamos a la pista de baile para ganarme un poquito con ella mientras nos movemos pegaditos soliviantados por el reggaetón. La chica me dice que se llama Pilar y que ha venido con un grupo de amigas, a celebrar el cumpleaños de una de ellas, y yo noto que Pilar ha estado celebrando desde hace rato porque huele a trago y porque me mira con fruición y se nota a kilómetros que ha tomado.

Después de bailar incansables minutos, Pilar me invita a su mesa, me dice que la acompañe para seguir conversando, que le he caído bien. Entonces vamos hasta donde están sus amigas y Pilar me presenta y yo noto dos cosas al instante: una, que las amigas de Pilar son de inferior belleza a la de ella; y dos, que tienen varias jarras de cerveza en su mesa, así que ¡a chupar gratis!

Efectivamente, me sirven vasos y vasos llenos de cerveza y yo muestro una sonrisa ladeada, mi cara de niño bueno e inofensivo, y les digo “gracias, chicas, se pasan”, y ellas se ríen y Pilar acerca su silla a la mía y nos acaramelamos un montón, nos tomamos de las manos y todo, y para redondear la noche de una buena vez le digo al oído “me gustas”, y ella me mira ladina y me mete un chape que ¡coño, si quieres puedes dejar algo para después, ah!

Cuando la noche ya menguaba, cuando ya todo lucía en muere, una de las amigas de Pilar se nos acerca –porque nosotros estábamos chapando en un rincón de la discoteca-, y le dice que ya se van, que se despida de mí. Entonces yo le susurro a Pilar diciéndole “quédate, deja que se quiten tus amigas”, y ella “pero luego cómo me voy, ellas me van a llevar a mi casa”, y yo “pero aún no quiero que te vayas”, y ella “entonces les digo que se vayan y tú me llevas a mi casa”, y yo “ya, perfecto, bótalas”. Así que Pilar se va a reunir con sus amigas y les dice un par de cosas y luego regresa y me dice que ya está, que se quedará conmigo, y luego me mete otro agarre endiablado.

El problema fue que Pilar supuso que yo la llevaría a su casa, costeando los respectivos pasajes en taxi, mientras que yo pensé que mi función sería la de un acompañante, no la de un auspiciador, así que, enterada de este disenso de ideas, Pilar se molestó conmigo y me dijo que yo era un imbécil, que ahora no tenía como irse a su casa, a lo que yo respondí “tomamos un taxi y lo pagas en tu casa, pues”. Pero a ella no pareció gustarle mi idea, o que mi compañía esté incluida en ella, así que zafó de la discoteca y me dejó ahí, sentado, pasmado, obnubilado, dándole vueltas a la palabra “imbécil”, que había recaído sobre mí varias veces esa noche.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Lo que sé de él.

Sé muchas cosas sobre él, ahora estoy convencido de ello, y en el fondo me da gusto porque no fue una tarea fácil entenderlo y comprenderlo, ambas cosas a la vez, pues Ramiro es un tipo complejo, más de lo que aparenta, mucho más de lo que cualquiera creería. En esta madrugada fría te recuerdo, Ramiro, y te recuerdo porque tengo tus palabras en la mente, tus ideas en mis ideas, tus convicciones en las mías.

Ramiro es un tipo ladino, es un avivado camuflado en el rostro pueril de un tontuelo, un sujeto que advierte las cosas con presteza. Siempre me pareció que vivías en el futuro, que existías minutos adelantado en el tiempo, pues siempre reconocías cada situación que te tocaba y cuando llegaba a ti tenías varias soluciones a la mano. No tardabas nunca en afrontar las cosas como un perito; tu maldita inteligencia, eres más listo de lo que das a entender.

A propósito de la inteligencia, malvado narcisista, siempre te ufanas porque sabes que los demás no te entienden, que los comunes mortales no captamos tu ironía al hablar, que no notamos que nos estás ninguneando con tu sarcasmo agudo y viperino; y tú sólo te ríes cuando los demás te guardan cariño por tu perspicacia, la misma que te sirve para dejarlos despanzurrados en el lodo del oscurantismo.

Hey, Ramiro, querido, Ramiro el hipócrita, Ramiro el mitómano, Ramiro el de los cuentos alucinados; te soy sincero, nunca conocí a un mentiroso tan encomiable, a un urdidor de fabulas tan pero tan perfecto que a uno lo hacías dudar hasta de su propia existencia. Ramiro, no me dejarás mentir, eres un falso de cuidado, pues cada paso que das es una movida de maestro ajedrecista, todo tiene un fin, todo busca algo, y perdona la analogía, se que odias el juego del tablero bicolor.

Recuerdo cuando hablábamos un par de cosas entrada la madrugada, mejor dicho, recuerdo que tú hablabas y yo te escuchaba atónito, maravillado porque se notaba –como tú siempre decías- que habías leído El Príncipe de Maquiavelo varias veces. Conspirador, maquiavélico. Recuerdo que me dijiste que no crees en el amor, pero que a tu enamorada le dices que la amas todos los días. Recuerdo que me contaste que temes publicar tu novela y que nadie te lea. Recuerdo que admitiste que extrañas endiabladamente a tu alma gemela, y lo bien que la pasaban juntos. Recuerdo que dijiste que te causaban gracia las facciones étnicas de los amigos de tu banda cuando tocaban sudorosos. Recuerdo que, conmovido, prometiste cambiar cuando te canté Slumdog, la canción que te escribí.

Ramiro, lascivo, te duele el no encontrar amor en tu alma, te jode no enamorarte de una vez por todas de alguna chica bien parecida, como cualquiera lo haría, como las parejas de telenovela. Pero eso no puede ser para ti, lo sabes, y no hallas enamorarte porque el amor lo tienes racionado en pasiones que duran una noche o un par; o, si acaso, en largos meses si es que el sexo es bueno.

¿Sabes que eres vengativo?, lo eres, tú no perdonas, tú no sabes pasar por alto las felonías, no señor, y sé que no tendrás la frescura de negármelo, ¡a mí no! Y si no recuerda la vez que fuiste con tu chica a aquella discoteca apestosa y, tras varios vasos de cerveza, notaste que ella estaba flirteando agazapada en tus brazos, llena de mohines y miradas. ¿Por qué no la perdonaste, Ramiro?, ¿por qué la engañaste una vez más sacándole la vuelta, haciéndola pagar algo que, quizá, sólo ocurrió en tu imaginación de borracho?

Ramiro, chico listo, chico que escucha Cuando nadie me ve de Alejandro Sanz y la canta a voz en cuello porque también eres otra persona cuando nadie te está viendo, eres todas las personas con las que estás, eres todos y nadie, eres tú pero a veces también eres alguien que no reconocería jamás. Hoy te recuerdo, Ramiro, recuerdo tu prontuario y te saludo con estas líneas que seguramente odiaras cuando estés sobrio y las leas, porque te he desnudado, porque he dicho lo que tú nunca podrás decir.