martes, 23 de febrero de 2010

De noche en el malecón.

Regreso a casa de mi madre después de mucho tiempo, vuelvo a hollar piso en las frías y desangeladas calles de Magdalena, un distrito más bien pacharaco y mustio, un ambiente silente y de otoño perpetuo. Es jodido regresar aquí después de haber vivido sólo en un depa inmerso en un distrito mucho más sosegado y mucho menos atrabiliario, en un lugar donde tenía de todo y sobre todo donde podía escribir como un orate durante horas, no como acá que escribo –con suerte- cada vez que puedo.

Entonces como no puedo escribir, y en resumidas cuentas, como no puedo hacer nada de lo que ya estaba acostumbrado a hacer en mi vida de independiente, me veo obligado a refugiarme en la siempre salvadora lectura y en las caminatas que me fueron costumbre alguna vez, hace muchos años, cuando soñaba con vivir solo y largarme de mi casa… qué paradójico.

Camino por algunos parques que me provocan nostalgia, camino por el peñasco que tanto me gusta, paseo por algunas viejas calles de magdalena, pero siempre teniendo cuidado de no pisar
–ni por casualidad- el mercado, ese antro de orates y rufianes de esquina y de gente que te quiere vender lo que sea a cada paso, el cual me produce nauseas y me hace cavilar febrilmente en lo jodido que esta nuestro sufrido país.

Un lugar que me gusta visitar, y al que de hecho acudo con regularidad, es al malecón de la virgen, así se llama o así le dicen, no lo sé y la verdad no me interesa. Lo cierto es que este malecón cagón y sucio y que tiene la figura de alguna virgen así, inmensa, es un lugar que me trae gratos recuerdos de lo que pudo ser un grato tiempo en mi vida, antes de irme de aquí.

Por aquellos días yo solía llegar a este descampado lugar por dos motivos: uno, porque aquí solía venir con algunas chicas avispadas y pródigas en cariños, que siempre tenían la afortunada consideración de dejarse arrastrar hasta aquí, un sitio oscuro y cómplice y desierto. Y dos, porque siempre llegaba hasta aquí a otear el mar y fumar un poco de marihuana, a sentir la brisa que venía de la playa y proyectar bocanadas de humo viciado que olían fuerte y me delataban como un pastrulo mal ante los transeúntes.

Debo confesar que no hay lugar más propicio, en el pujante distrito de Magdalena, para meterse un agarre bravo, unos chapes así, con todas las de la ley, que aquel viejo malecón de la virgen, ¡ah, carajo!, si no lo sabré yo. Y no se necesita ser un aventurero, un avezado o un exhibicionista para agarrar rico en el malecón, para nada; ese lugar es harto cómplice y tienes sus buenas sombras bienhechoras que facilitan las cosas y, por qué no, hasta las azuzan, las incitan, y las chicas que residen en Magdalena no me dejarán mentir (y menos las que estuvieron en mis brazos).

Así mismo, lo que me es inolvidable, son las interminables sesiones de bates que se daban lugar en el mustio malecón. Allí, entre las banquitas y los arbustos y la mirada contrita de la virgen gigante, se realizaban las mejores fumadas que he vivido. Los mejores tronchos me los he bajado allí, y esto quizá sea por la cercanía con La cueva, ¿no?, ese antro apestoso donde venden droga como si de hamburguesas se tratara. Resultaba un solaz abrigador acudir al malecón con el gran Tavo, mi gran amigo y dealer, y lanzar pensando en la nada, y mirando el cielo grisáceo, y haciendo bromas y riéndonos escandalosamente, y yo pensando que estaba cerca, muy cerca, de la chica loca y linda que me tenía como un orate y que vivía por ahí nomás, y Tavo contándome de su vida, de su cagona universidad, de que le robaba plata a su vieja, y yo: ya, tavito, lanza, lanza, no te pegues.

En esta noche fría y oscura, en esta noche en la que he vuelto al malecón, he regresado más viejo y más torturado y con mayores rémoras y con más vicios seguramente, ahora, ahora pienso que la vida entonces no era tan mala, que no era tan mierda, porque qué rico era bajar al malecón a chapar afiebradamente, a ganarme alguna buena chupada y a lanzar como un loco con el vago de Tavo. ¡Qué puta esta melancolía!, me fui de aquí creyendo que mi vida era lamentable y ahora regreso peor, avinagrado, lleno de cosas predecibles y con una vida que ha perdido la emoción, rodeado de gente que no es lo que parece o lo que te juran ser.

Tiro algunas piedras al mar y me resigno a llevar los días, a no tener el coraje o la valentía o los cojones o la idiotez necesaria para arrojarme yo mismo a ese mar indolente y sucio, indolente como yo, sucio como esta ciudad.

sábado, 16 de enero de 2010

Soy un imbécil

Estaba caminando por ahí, perdido en una noche bulliciosa y decadente, regresando de ver a mi ex enamorada, ex porque fue mi enamorada hasta esa noche, porque me venía de su casa donde peleamos y yo por fin me animé a decirle que me llegaba al pincho, que era una loca posesiva, y donde ella me dijo que yo era un imbécil, que sólo la quería para tirar y para que me preste plata de vez en cuando, y todas esa cojudeces que siempre te dicen y que, caramba, nunca dejan de ser verdad.

Entonces estoy caminando así, distraído y a la vez perturbado, perturbado porque no tengo plata como para divertirme en este sábado cagón, hasta que doy a parar a una callejuela atiborrada de discotecas de mala muerte, es una calle llena de bulla y de chicos y de chicas y de ganapanes que te tocan el hombro y te dicen “pasa por acá, flaquito, esta discoteca es la mejor, pasa, pasa”, y uno piensa “a tu mamá dile que pase”.

Camino recorriendo cada antro pobretón, cada seudo discoteca, y les voy tirando un vistazo de soslayo, pensando que, después de todo, no me vendría mal meterme a alguna, no sería tan descabellado pasar, chequear hembritas y por ahí, con algo de suerte, levantarme alguna. Y así estoy, cavilando malamente, hasta que, con pasos decididos, me sumerjo en una de las discotecas truculentas y le sonrió al pobre hombre que me hace una reverencia al entrar y me dice “adelante, flaco, adelante, la barra está al fondo”; y yo pienso “si supieras que sólo he venido a fisgonear no serías tan amable, cabrón”.

Entro a la discoteca, doy un pequeño paseo, como escudriñando el lugar, detecto a una que otra chiquilla agraciada, pero son muy pocas la verdad, la mayoría son chicas que, pienso yo, deberían cobrarle un sueldo a las cervecerías, porque para terminar agarrando con ellas uno debe de bajarse, por lo menos, medio jonca de chelas, así que ¡qué mejor estrategia de ventas!, a esas esforzadas muchachas alguien las tiene que remunerar, digo ¿no?

Luego saco a bailar a una chica que me resulta bastante atractiva y felizmente ella acepta encantada y zafamos a la pista de baile para ganarme un poquito con ella mientras nos movemos pegaditos soliviantados por el reggaetón. La chica me dice que se llama Pilar y que ha venido con un grupo de amigas, a celebrar el cumpleaños de una de ellas, y yo noto que Pilar ha estado celebrando desde hace rato porque huele a trago y porque me mira con fruición y se nota a kilómetros que ha tomado.

Después de bailar incansables minutos, Pilar me invita a su mesa, me dice que la acompañe para seguir conversando, que le he caído bien. Entonces vamos hasta donde están sus amigas y Pilar me presenta y yo noto dos cosas al instante: una, que las amigas de Pilar son de inferior belleza a la de ella; y dos, que tienen varias jarras de cerveza en su mesa, así que ¡a chupar gratis!

Efectivamente, me sirven vasos y vasos llenos de cerveza y yo muestro una sonrisa ladeada, mi cara de niño bueno e inofensivo, y les digo “gracias, chicas, se pasan”, y ellas se ríen y Pilar acerca su silla a la mía y nos acaramelamos un montón, nos tomamos de las manos y todo, y para redondear la noche de una buena vez le digo al oído “me gustas”, y ella me mira ladina y me mete un chape que ¡coño, si quieres puedes dejar algo para después, ah!

Cuando la noche ya menguaba, cuando ya todo lucía en muere, una de las amigas de Pilar se nos acerca –porque nosotros estábamos chapando en un rincón de la discoteca-, y le dice que ya se van, que se despida de mí. Entonces yo le susurro a Pilar diciéndole “quédate, deja que se quiten tus amigas”, y ella “pero luego cómo me voy, ellas me van a llevar a mi casa”, y yo “pero aún no quiero que te vayas”, y ella “entonces les digo que se vayan y tú me llevas a mi casa”, y yo “ya, perfecto, bótalas”. Así que Pilar se va a reunir con sus amigas y les dice un par de cosas y luego regresa y me dice que ya está, que se quedará conmigo, y luego me mete otro agarre endiablado.

El problema fue que Pilar supuso que yo la llevaría a su casa, costeando los respectivos pasajes en taxi, mientras que yo pensé que mi función sería la de un acompañante, no la de un auspiciador, así que, enterada de este disenso de ideas, Pilar se molestó conmigo y me dijo que yo era un imbécil, que ahora no tenía como irse a su casa, a lo que yo respondí “tomamos un taxi y lo pagas en tu casa, pues”. Pero a ella no pareció gustarle mi idea, o que mi compañía esté incluida en ella, así que zafó de la discoteca y me dejó ahí, sentado, pasmado, obnubilado, dándole vueltas a la palabra “imbécil”, que había recaído sobre mí varias veces esa noche.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Lo que sé de él.

Sé muchas cosas sobre él, ahora estoy convencido de ello, y en el fondo me da gusto porque no fue una tarea fácil entenderlo y comprenderlo, ambas cosas a la vez, pues Ramiro es un tipo complejo, más de lo que aparenta, mucho más de lo que cualquiera creería. En esta madrugada fría te recuerdo, Ramiro, y te recuerdo porque tengo tus palabras en la mente, tus ideas en mis ideas, tus convicciones en las mías.

Ramiro es un tipo ladino, es un avivado camuflado en el rostro pueril de un tontuelo, un sujeto que advierte las cosas con presteza. Siempre me pareció que vivías en el futuro, que existías minutos adelantado en el tiempo, pues siempre reconocías cada situación que te tocaba y cuando llegaba a ti tenías varias soluciones a la mano. No tardabas nunca en afrontar las cosas como un perito; tu maldita inteligencia, eres más listo de lo que das a entender.

A propósito de la inteligencia, malvado narcisista, siempre te ufanas porque sabes que los demás no te entienden, que los comunes mortales no captamos tu ironía al hablar, que no notamos que nos estás ninguneando con tu sarcasmo agudo y viperino; y tú sólo te ríes cuando los demás te guardan cariño por tu perspicacia, la misma que te sirve para dejarlos despanzurrados en el lodo del oscurantismo.

Hey, Ramiro, querido, Ramiro el hipócrita, Ramiro el mitómano, Ramiro el de los cuentos alucinados; te soy sincero, nunca conocí a un mentiroso tan encomiable, a un urdidor de fabulas tan pero tan perfecto que a uno lo hacías dudar hasta de su propia existencia. Ramiro, no me dejarás mentir, eres un falso de cuidado, pues cada paso que das es una movida de maestro ajedrecista, todo tiene un fin, todo busca algo, y perdona la analogía, se que odias el juego del tablero bicolor.

Recuerdo cuando hablábamos un par de cosas entrada la madrugada, mejor dicho, recuerdo que tú hablabas y yo te escuchaba atónito, maravillado porque se notaba –como tú siempre decías- que habías leído El Príncipe de Maquiavelo varias veces. Conspirador, maquiavélico. Recuerdo que me dijiste que no crees en el amor, pero que a tu enamorada le dices que la amas todos los días. Recuerdo que me contaste que temes publicar tu novela y que nadie te lea. Recuerdo que admitiste que extrañas endiabladamente a tu alma gemela, y lo bien que la pasaban juntos. Recuerdo que dijiste que te causaban gracia las facciones étnicas de los amigos de tu banda cuando tocaban sudorosos. Recuerdo que, conmovido, prometiste cambiar cuando te canté Slumdog, la canción que te escribí.

Ramiro, lascivo, te duele el no encontrar amor en tu alma, te jode no enamorarte de una vez por todas de alguna chica bien parecida, como cualquiera lo haría, como las parejas de telenovela. Pero eso no puede ser para ti, lo sabes, y no hallas enamorarte porque el amor lo tienes racionado en pasiones que duran una noche o un par; o, si acaso, en largos meses si es que el sexo es bueno.

¿Sabes que eres vengativo?, lo eres, tú no perdonas, tú no sabes pasar por alto las felonías, no señor, y sé que no tendrás la frescura de negármelo, ¡a mí no! Y si no recuerda la vez que fuiste con tu chica a aquella discoteca apestosa y, tras varios vasos de cerveza, notaste que ella estaba flirteando agazapada en tus brazos, llena de mohines y miradas. ¿Por qué no la perdonaste, Ramiro?, ¿por qué la engañaste una vez más sacándole la vuelta, haciéndola pagar algo que, quizá, sólo ocurrió en tu imaginación de borracho?

Ramiro, chico listo, chico que escucha Cuando nadie me ve de Alejandro Sanz y la canta a voz en cuello porque también eres otra persona cuando nadie te está viendo, eres todas las personas con las que estás, eres todos y nadie, eres tú pero a veces también eres alguien que no reconocería jamás. Hoy te recuerdo, Ramiro, recuerdo tu prontuario y te saludo con estas líneas que seguramente odiaras cuando estés sobrio y las leas, porque te he desnudado, porque he dicho lo que tú nunca podrás decir.

martes, 8 de diciembre de 2009

Salsa del recuerdo.

He regresado por algunos días a Lima, vuelvo a una ciudad atrabiliaria, convulsionada, llena de humo, una ciudad deprimente salvo por las consolaciones que te da el tener un Mc Donalds a la mano -tú sabes, uno sólo anda en Lima porque se disfruta de la globalización-, fuera de eso, extraño la lejanía del pueblo donde me desintoxiqué la mente, aquella colina a la que volveré pronto capeando el soroche y escuchando a los reds.

Unos amigos de la universidad me invitan a una fiesta, al cumpleaños de alguna anónima que no me interesa conocer, porque cuando pregunté por ella me dijeron que no pasaba nada, que ni con tragos te convence; pero accedí acudir al tono porque también me dijeron que la susodicha tiene buenas amigas, amigas de la Católica, de la Pacifico, flaquitas bien ricas, Marco, me dijeron, por eso acepté sin titubear.

Al día siguiente me encuentro con mis amigos, nos saludamos con cariño, pues no nos vemos hace mucho. De inmediato nos encaminamos a la fiesta y tomamos un taxi hasta Surco, que es donde queda la casa. La dueña del santo se llama Pilar, y al verla compruebo lo que mis amigos ya me habían adelantado: es fea. Pilar nos invita a pasar a su casa, a disfrutar de la fiesta. Nosotros entramos y veo entonces que la reunión ya ha empezado, que hay chicos y chicas bailando y libando; veo que hay bastante trago en la mesa, trago que no podre probar porque estoy con pastillas para controlar la ansiedad; y veo que hay varias chicas encomiables a las que me gustaría poseer desde ya, porque esas mismas pastillas lejos de quitarme la libido, me la han aumentado a proporciones de cuidado.

Mis amigos no pierden tiempo y empiezan a absorber con alborozo vasos y más vasos de ron y vodka. Yo, a un lado, ensimismado y abstemio, me bajo una cocacolita helada nomás, situación que con los minutos se hace pesada, pues la gente se va emborrachando y acelerando y alocando, todos juntos, todos en ese orden, y yo sigo en el primer nivel, o sea: tranqui, con mi gaseosita negra y jodidamente sobrio.

En esas estoy, cuando de pronto, no puede ser, ¿Carla?, me sobo los ojos como incrédulo, pero sí, es ella, es Carla, una chica con la que salí hace algún tiempo, una “ex” como dicen por ahí las noveleras. Veo a Carla con un grupito de gente, están chupando y riéndose de sabe Dios qué, ella está linda, le sienta bien el color azul, está vestida en escala de azules, siempre le quedó bien ese color.

Me hago el tonto conversando con los tontos de mis amigos, los cuales, a propósito, están ya borrachos y tramando planes para el año nuevo, y espero a que sea Carla quien me reconozca y se acerque. Maldito orgullo, siempre me haces esto. Espero parado un buen rato y ella no parece detectar mi presencia, no nota que la espero, no nota –o finge no notar- que otra vez estoy babeando por ella.

La música empieza a expeler una serie de Salsas cubanas, y yo muevo los pies incitado por esos ritmos que ya me gustaría dominar en la pista de baile. Al mismo tiempo veo de soslayo otra vez a Carla, pues recuerdo que a ella le encanta la Salsa y que a mí me encantaba como la bailaba porque lo hacía con una maestría y una sensualidad que siempre nos hacía terminar en unas clases intensivas en mi cuarto, en el depa.

Carla sale a bailar con un idiota de por ahí, un pavo que la abordó. Veo eso y me llega, veo eso y quiero meterme un trago, veo el trago y recuerdo que no puedo tomar, y eso me encoleriza más aún.

Rato después, Carla regresa con su grupo de amigas, y yo sé que ya me ha visto, que ya advirtió mi presencia en la fiesta, pues ella y sus amigas cuchichean ladinas y me miran agazapadas, y yo me doy cuenta de todo eso porque soy bueno para notar las indirectas, y sólo me hago el loco y tomo mi cocacola flexionando el brazo duramente, resaltando mis bíceps, dándoles algo más que ver a las flaquitas esas, después de todo uno no hace ejercicios por las puras.

De pronto suena una canción que me resulta muy familiar, una canción que exacerba el cariz del momento, una salsa que Carla me dedicó cuando estábamos. Yo la miro y ella me ve, y ambos nos reímos cómplices, entonces me acerco y la saco a bailar, ella acepta con una sonrisa y entonces la noche empieza a cobrar sentido.

Carla y yo hablamos un par de cosas, un cómo has estado, un qué ha sido de ti, mientras tanto, yo disfruto verla bailar, moverse tan rico, tan suave, menear su cuerpo magro y agraciado mientras me canta al oído Ricki ricon, mientras yo le digo con fruición lo que le solía decir cuando estábamos, que puedo ser su Ricki ricon, o el perro Dollar si prefiere.

Carla sonríe divertida y luego pasa sus manos por mi cuello, acerca sus labios a los míos, me besa lentamente, moviendo su lengua por la comisura de mis labios, como sabe que me gusta; yo la acaricio y le pregunto si la puedo acompañar a su casa, ella me dice que sí. Entonces le pregunto si primero ella me puede acompañar a la mía, ella se ríe y me dice que no cambiaré jamás, pero acepta y me toma de la mano, lista para revivir escenas de capítulos anteriores.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La búsqueda de la tranquilidad

Cuando llegué hace un par de días, lo hice con temor y dudas, temor porque a un diagnosticado de ansiedad generalizada todo le causa miedo, y con dudas porque yo siempre dudo y porque esa playa era casi un desierto en medio de una provincia silente, un lugar alejado y con menos gente de la que veía en el ostracismo de el bunker en San Borja, del encierro que me causó el mal, de la soledad que me enfermó.

La playa es preciosa y la casa donde estoy queda a unos pasos de la orilla. Duermo escuchando el mar y me levanto aún oyéndolo, aún sintiéndolo, aún susurrándome una calma que pensé no existía más. A propósito del mar, este mar es de aguas impecables, diáfano, de una pulcritud extraña para ser una playa peruana (tipo esas playas sufridas de la Costa Verde, donde hay más basura que gente y donde la gente prácticamente nada en basura, pero bueno, playa es playa y como no hay plata para ir al sur bajemos a la pujante Costa Verde, aunque sea un nido de ratas).

En la casa (que está cerca al mar y a la que me gusta llamar La Jato de la Beach) tengo de todo, tengo una laptop donde puedo escribir y tengo una guitarra con la que puedo tocar, fuera de el resto de cosas, esas dos significan todo para mí: la vida es bella si puedo escribir y tocar. Además, tengo el mar como una sombra bienhechora que me secunda en mis quehaceres amados, lo cual le da a todo un cariz inspirador, tú me entiendes, las ideas fluyen sin rémoras, salen pías, sin las contaminaciones de una vida premurosa.

Entrada la tarde, cojo la guitarra y camino unos pasos cerca al mar, luego me arrellano en la arena y me arranco a tocar y tocar por horas, cerrando los ojos, escuchando que todo fluye, sintiéndome brioso, sintiendo las olas formarse y estallar, sintiendo las gaviotas pululando, sintiendo la guitarra recordando mis canciones, sintiendo que puedo estar fuera de Lima, sintiendo que puedo vivir aquí sin ningún problema, y todo es una experiencia que jamás pensé vivir y que le da sentido a mi existir, es como que el destino urdió las cosas que me pasaron para terminar aquí.

En los conciertos diarios que le ofrezco al mar, me es imposible no interpretar una canción que escribí tiempo atrás y a la que acertadamente titulé Adusto Mohín, la cual habla de los sueños que se nos van, de las ilusiones que se nos desmoronan, es como cantarle a la melancolía, la melancolía de lo que quedó en el hubiera. Entonces todo es un desfogue insigne y liberador, y cuando la canción termina las melodías se van y se llevan mis penas y luego todo está bien, extrañamente bien.

En las noches el cielo es oscuro y estrellado en la playa, el mar sigue cantando para mí y sólo para mí, lo puedo escuchar desde la alcoba, lo escucho con claridad mientras escribo como un orate una novela más, una novela que me sale del alma porque no me interesa publicarla, no me preocupa si alguien la lee o si alguna editorial se fija en ella, sólo me preocupa que refleje lo que quiero contar, lo que quiero decir, por eso me encanta, por eso será mejor que las dos anteriores.

Las cosas aquí son inmejorables, me encantan, no las quiero cambiar. Por eso recomiendo redobladamente la búsqueda de la tranquilidad, sea donde sea, siempre habrá algún rincón destinado para esa noble tarea, la de procurarnos solaz. No te aflijas por no ser famoso, eso nunca trae nada bueno. No pierdas tu tiempo formando una mal llamada banda de rock, tú sabes que esa empresa no pasara de tocar para tus amiguitos, de vender entradas para que te vean tocar, de creerte músico porque tocas en los pujantes pubs de nuestra Lima querida. No te frustres tratando de vender libros y de ser el siguiente Gabo, no te castigues así, no escribas para la fortuna, el truco es escribir sobre lo que la fortuna te propinó alguna vez. Por eso tómalo con calma, anda tranquilo nomás, experimenta hacer música de tu vida para la vida, trata de escribir lo que te plazca sin medirte, sin censurarte, y haz esas cosas que te gustan por ti y para ti que no hay nada mejor que eso.

martes, 10 de noviembre de 2009

Visita al psiquiatra.

Cuando me arrastraba cual reptil herido por los suelos del depa, supe que debía aceptar que necesitaba ayuda, que no era normal verme reducido a escombros tan a menudo, tan seguido y de manera gratuita; porque sin chupar o drogarme, me sentía como si lo hubiera hecho y en exceso, entonces fue por eso que le hice caso a papá y a Valeria y a la psicóloga que me atendió la última vez: debía visitar al psiquiatra.

Como soy un esquilmado convicto y confeso, tuve que dejar que Valeria me preste dinero para costear una consulta en una clínica; ella me llevó a un nosocomio decente y sacó una cita para la tarde y pagó una escandalosa suma de dinero por esa empresa, y la pagó billete tras billete, en one, sin reparos ni tacañerías, la pagó porque me quiere y por ayudarme, y la pagó a pesar de que, yo sé, ella sabe que quizá nunca yo le pague a ella.

En la sala de espera había mucha gente, muchos pacientes esperando impacientes por ser atendidos, ¡cuánto loco, caray, quién lo diría! Todos esperamos a que nos llame el doctor o su enfermera que, a propósito, está bien rica y bien provocativa esa chata, y yo la miro con ganas y luego, cuando miro a otro lado, recuerdo toda la mierda que tengo en la cabeza y entonces sólo encuentro ganas de morir.

La enfermera me llama y yo doy un respingo y camino hasta el cuartito donde está el doctor. Valeria me mira con una sonrisa y me dice “suerte”, y yo la miro con gratitud mientras camino ensombrecido. Una vez adentro, veo al honorable psiquiatra, que es un chino como casi todo en esa clínica, es un hombre pequeño y viejo y parece más alunado que yo, parece un paciente más el muy asiático. Tomo asiento frente a su buró y arrancamos a hablar.

Qué te trae por acá, me pegunta y no me lo pregunta con complicidad, sino más bien como aburrido, como cansado de atender a tanto confundido. Yo le hago un resumen de mi vida, un compendio de mis principales problemas (que no son pocos), y trato de no obviar detalles, confieso todas mis abyecciones como cuando era niño e hice la primera comunión, y contrito le confesé al padre que me gustaba masturbarme.

El psiquiatra no me hace mucho caso, apunta algunos firuletes en una hoja de papel, luego espera a que termine de hablar (y debo resaltar que no se sorprendió de nada de lo que le conté, bien open mind el doc) y me dice: vas a estar bien, los males físicos que sientes son producto de tu mente, de tus nervios. Yo me alegro de saberlo, le digo que es un alivio enterarme de eso. Él me dice que este tema debe tratarse con pastillas, entonces va y rebusca en una vitrina que tiene por ahí y me alcanza dos cajas de medicamentos.

El psiquiatra me dice que debo tomar pastillas en la mañana y en la noche, religiosamente, me explica que son para la depresión y para el sistema nervioso. No me gusta la idea, pero acepto nomás, no me queda de otra, no quiero seguir padeciendo. Mientras el doctor me escribe su diagnostico, yo escudriño en las indicaciones de las tabletas que me ha dado, veo los efectos secundarios, y entre tantos, uno me escandaliza: perdida de la libido.

Entonces imagino lo peor y siento que esas pastillas van a ser un error, porque yo prefiero mil veces estar cagado pero con la pinga enhiesta y ansiosa, que sano pero con la zona urogenital en reposo y a dieta. Entonces, no señor, así no es; le pregunto al doctor si esas pastillas me van a mutilar, y él me dice que no me preocupe, que todos los medicamentos tienen efectos secundarios y que la mayoría son sólo una mínima probabilidad.

Sin que termine de convencerme su respuesta, el doctor sigue arremetiendo contra mí y me dice que el tratamiento durará seis o siete meses, que debo tomar las pastillas todo ese tiempo y que, por siaca, joven, no puede usted tomar licor ni fumar ni drogarse. Yo me rió ladino, como diciendo “buena esa, doc”, pero el doctor no se ríe, sigue serio con su cara de antiguo samurái y yo pienso: putamadre sólo falta que este tío me mande a buscar chamba.

El psiquiatra y yo nos despedimos, me dice que debo verlo mensualmente y me dice una vez más que voy a estar bien. Yo le doy la mano y trato de convencerme de que puedo ser felíz sin todo lo que tengo prohibido, porque mi estragada salud me pide una mano, porque no me quiero extinguir en el corto plazo. Y entonces salgo con las pastillas que deberé tomar cual flaca con sus prudentes anticonceptivos, y pienso “para qué me habré reído y disfrutado de no ser mujer, cuando veía flacas tomando sus pastillitas para no quedar encinta. Es el karma, es el karma”

domingo, 25 de octubre de 2009

Las noches y los cambios.

Leonardo, Diego y yo llegamos a Miraflores entrada la madrugada, pasaban de las tres, los pubs y discotecas ya estaban en muere, había mucha gente por ahí haciendo hora en el parque Kennedy o por la mal llamada calle de las pizzas (que más parece la calle de las putas); parecía que las juventudes que pululaban por esos sitios desolados no querían que la fiesta se termine. Y bien por ellos, mis amigos y yo estábamos en las mismas.

Nosotros nos veníamos de una reunión más o menos nomás, una reu que terminó temprano y de la cual nosotros nos afanamos un ron con coca cola, fieles a nuestro estilo, pero es que el trago no se desperdicia, chicos, y mientras hay trago la noche es joven. Así que le dije a Leonardo que se guardé el trago y él, tan diligente, lo hizo con maestría y concha y por eso ahora estábamos en el Kennedy con un trago y con ganas de seguirla.

Yo, porque me creo enfermo o porque soy un hipocondriaco mal, hace mil años que ya no tomo, trato de no ingerir licores, pienso que si sigo chupando como solía hacerlo terminaré incinerado muy pronto (porque a mí me incineran, ¿ya?, no me entierren), entonces no bebo, pero eso no quiere decir que no me guste parrandear o flirtear o estar con mis amigos; por ello, estoico, salgo de noche y pongo plata para el trago y opino sobre qué trago se debe comprar, pero no tomo, sólo lo hago en un afán de contribuir con la gente y mi juventud.

Leo, Diego y yo nos arrellanamos una de las bancas del Kennedy y ellos se ponen a chupar en vasos descartables, y los tres nos ponemos a atisbar a las hembritas ricas y putonas que salen caminando en vilo de las discotecas de la calle de las pizzas; hembritas que estarán borrachas hasta las manos, pero que están harto comestibles y que nosotros miramos con fruición, porque las muy pendejas se ponen a hueviar por el parque moviendo el culo bien apretadito en sus jeans, listas para los trajines de una aventurilla de una noche, de un choque y fuga como dice por ahí la lumpen.

Vemos desfilar, con creciente atención, a no pocas flacas muy cerca de nosotros; los tres nos animamos a abarcar a algunas o a todas o a las que atraquen o a cualquiera porque la cosa es chupar, agarrar y manosear, siempre y cuando no sean chicas feas, y cuando digo feas me refiero a féminas realmente cero agraciadas, porque para que un pervertido como yo y un par de borrachos como mis amigos digamos que una chica es fea, pues, es porque es realmente un arácnido grotesco, una retropatada en la zona urogenital.

Los chicos urden planes prometedores para abarcar flacas, para florearlas, para decirles que tenemos un trago y que nos acompañen a chuparlo, para decirles para ir a tu depa pues, Marquito, en tu depa la hacemos. Y yo les digo que bacán, que sale. El problema es que mis amigos, en todos los planes que tienen, quieren que sea yo el que les hable a las chicas, el que les haga la invitación, el que pase el roche se podría decir. Yo les digo que no, que lo hagan ellos. Ellos me dicen que si algo bueno tengo es que puedo florear (o sea hablar mierda de manera convincente) y que siempre he sido yo el que abarcaba a las flacas en los tonos, me recomiendan que no olvide esa costumbre. Yo les digo que eso era antes, hace meses, cuando salíamos más seguido. Entonces ellos toman mi actitud con asombro, creen que arrugué, no ven en mí a su amigo de antes y Diego me dice lo más sensato y coherente y cierto y desahuevador que me han dicho en mucho tiempo: Has cambiado, antes eras más avezado.

Mientras mis amigos babeaban viendo a las flacas a las que no se atrevían a hablarles, yo sólo podía pensar en que realmente he cambiado, ya no tomo, ya no lanzo, ya no voy a fiestas, ya no gileo hembritas, ya no hago ninguna de esas cosas a las que extraño en hermético silencio y que me han mudado a ser un pata tranqui nomás, un patín con un historial execrable que ahora se la pasa escribiendo y filosofando de la vida con royos existenciales, y entonces estoy así, pensando y repensando en esa banca del Kennedy, hasta que tres chibolas, ricas para qué, se sientas en la banca continua, y yo les paso la voz a mis amigos y, a la mierda, me paro y les voy a hacer el habla para demostrarme que soy el mismo, que todo sigue igual.