sábado, 7 de agosto de 2010

Los días contados.

Uno:
Acudo a cubrir un evento somnífero en un hotel cinco estrellas de Miraflores. El salón está lleno de plomazos, de gente aburrida que toma nota mientras escuchan sobre el gas de Camisea. No puedo más, me arranco a la sala de junto, al lobby, y me arrellano en un cómodo sofá de cuero.Minutos más tarde aparece en el mismo lobby una muchacha uniformada arrastrando estoicamente un carrito con comida (evidentemente para el coffe break de los plomazos). Yo la quedo mirando un rato, como quién no quiere la cosa, y luego siento que no pasa nada, que no es mi tipo la flaquita.De pronto, mientras veo las musarañas, siento que alguien me observa, que alguien me vigila, y entonces volteo de un respingo y ¡pum!, la chica de los bocaditos. Ella está a unos metros de mí y se me queda mirando fijamente, con milimétrica atención y con un rictus pícaro, “con roche” como dice la lumpen. Yo, al toque nomás, entiendo el coqueteo y me le acerco a hablarle, a decirle un par de boberías, y ni bien me presenté ante ella con la gran falacia que es decir: soy periodista, ella ya me estaba preguntando el nombre, la edad, el lugar donde vivo, el correo electrónico. Y entonces, asu, flaca, tú sí que eres de avance, pienso, contigo no hay medias tintas. Entonces, sabiéndome ganador, sabiendo que he tenido suerte, entendiendo que hoy debo estar bien peinado o oliendo rico o con jale simplemente; me apuro en darle mis datos a la chica que, para qué, ahora que la veo bien está buena la chola, y en eso: ¡Hey, Mercedes, al piso dos por favor, te necesitan en la sala de conferencias!, dice un sujeto que se apareció de pronto, su supervisor fácil. Así que la chica, Mercedes, se va lanzándome una última mirada, una mirada como diciendo yo soy un bocadillo más del coffe break, y luego se marchó rauda dejándome más que perturbado. No la volví a ver, el evento que fui a cubrir terminó quince minutos después y luego tuve que irme derrotado del hotel.

Dos:
Estoy en la biblioteca leyéndome las “memorias de una pulga”, estoy tranquilo, ensimismado, cuando en esas se me aparece en frente un tipo más bien joven y abrigado como para un otoño en parís. Le echo un vistazo como diciendo ¿sí, compadre?, ¿algún modelito? Y antes de yo decir algo él se arranca a decirme que el libro que estoy leyendo es muy bueno, que él ya lo ha leído. Le digo que qué bien, que lo felicito, pero él no se detiene.Como una ametralladora, me dice varias cosas sobre literatura, cosas banales realmente, hasta que por fin concluye y me dice que tengo pinta de escritor. Yo le digo que, en efecto, eso soy o eso quiero ser. Él me dice que también es escritor, que ya ha publicado un libro. Yo, con real entusiasmo, le digo que lo felicito, que qué chévere. Él me dice que somos escritores, que deberíamos juntarnos a hablar de literatura o política, a hacer tertulia, me dice.Intercambiamos números de celular y correos electrónicos. El joven, que se presentó como Francisco, me invita a tomar un café, a ir a tiendas de libros, a bajarnos un chocolate caliente en el Haití, yo invito, me dice, yo pago, no te preocupes, la cosa es ser amigos, añade él. Perfecto, le digo con una sonrisa (mi media sonrisa de conchudo), quedamos por correo. Días más tarde me encuentro a Francisco en el chat, lo saludo con entusiasmo porque, después de todo, es la única persona que conozco y que es escritor como yo, ese es un feeling fuerte en común. Lo saludo con entusiasmo y tras una conversa fruslera él me dice eres simpático, me gusta tu sonrisa, ¿cuál es tu opción?, yo soy pasivo.

Tres:
Estoy en un paradero, esperando un colectivo hacia mi casa. Es de noche y hace un frió terrible, traigo las manos en los bolsillos. Entre tanta gente, veo venir a una chica que, obviamente, no pasaría desapercibido en ningún lugar. Viene caminando cual modelo, luciendo un cuerpo delicioso resaltado en una vestimenta alucinante. Le clavo la mirada encima (como todos los demás presentes en aquel paradero) y para mi sorpresa la chica linda se detiene a mi lado, cerca de mí, se hace la despistada un rato y luego me mira a los ojos y me pregunta si sé cómo llegar al canal dos. Atónito, embobado, alunado, el canal dos es acá a unas cuadras, mamita, pienso, pero en cambio digo, tienes que tomar unos carros color verde, sabiendo que no existen carros color verde, sabiendo que sólo quiero que no se mueva de mi lado. La chica es lindísima, y mientras espera el carro verde que no existe, ella me hace el habla así, fluido, normal nomás, sin complejos, como diciendo estamos en épocas modernas, Darling, ahora nosotras tomamos la iniciativa. Yo le sigo el juego y conversamos harto ahí en medio de ese paradero desangelado y, entre tanto, inevitablemente, la alucino cabalgándome a horcajadas mientras me dice una vez más: te pareces a Luis Fonsi. Cuando pasa media hora, los pies ya duelen, ya se siente el tiempo parado, la chica (que se llama Silvia), me dice que tomará un taxi al bendito canal dos porque no pasan los carros verdes. Yo le digo para vernos otro día, para salir y hacer algo, le digo que me dé su teléfono. Ella acepta encantada y me pregunta si tengo dónde apuntar. Olvidé mi celular en casa, no tengo una libreta o un papel, entro en pánico. Ella saca un lapicero de su bolso y anota su nombre y su número en la palma de mi mano. Bonito gesto. La amé. Ella se marcha y yo hago lo propio, beso mi mano y celebro mi buena fortuna, ese acontecimiento prometedor. Ni bien llego a casa, extasiado por lo que acaba de pasar, excitado por el recuerdo prominente de Silvia, corro al baño y me hago una paja celestial, y en pleno ardid, mientras recuerdo de pies a cabeza a aquella chica, mientras alucino en todos los ángulos a Silvita-linda-apretadita… ¡putamadre, su número! Me veo la mano y de ella solo me quedaba un recuerdo borroso, unos números incompletos, un recordatorio de lo arrecho que soy.

sábado, 10 de julio de 2010

That it´s all in your head.

Hoy voy a caminar. Es un largo trayecto, kilómetros, si acaso, y la noche está fría y desangelada, pero qué más da, hoy no quiero subirme a un micro pulgoso del transporte público, tampoco quiero tomar un taxi y que un chofer trasnochado me hable del mundial, esta noche prefiero caminar y hacer el recorrido de la vida hasta mi casa y entre tanto pensar tranquilo.

Barranco es horrible, y peor un viernes. No sé, la gente pululando, la disque bohemia limeña, las discotecas venidas a menos, las callejuelas oscuras y llenas de pirañitas e indigentes tirados en el piso, un cuadro decadente.Paso por el puente de los suspiros y pienso en lo huachafo que suena decir “puente de los suspiros”, me río cavilando y luego veo de reojo el vacío, estoy a gran altura, a varios metros del suelo. Me gustaría tirarme, dejarme caer y morirme. Sin embargo, no tengo la valentía para hacerlo, ni pensarlo, nunca me atrevería.

Pienso una vez más en el suicidio, o dicho de una manera más bonita, pienso en que mi vida debe terminar porque no tengo nada que hacer aquí, en este lugar, en este tiempo. Si tuviese un arma en la mano me la pondría apuntando a la cabeza o quizá adentro de la boca para no fallar y luego quedar penosamente lisiado. Pondría mi dedo en el gatillo y pensaría muchas cosas, muchas, pero menos en disparar, ya lo dije, soy cobarde, no me atrevería.
Se me ocurre una genial idea para llevar a cabo un disparo con una pistola frisándome la lengua, meterme una orgía de marihuana y coca, y meterme tanto de todo hasta estar bien alunado y alucinado e idiotizado, que livianamente tomaría el arma y la dispararía risueño nomás, con la misma cara de tonto que tuve en mis mejores épocas.

No siempre pienso en matarme o cosas así, hoy he pensado en todo eso porque, no sé, algo vi o algo escuché que me frustró mal. Rumié angustias, que en este país es difícil ser talentoso y valer la pena, no importa cuanto escriba porque nadie me va a leer, no tengo el trabajo que me gustaría tener, no estoy ni cerca del camino hacia cumplir los sueños de toda mi vida. Carajo, quizá deba chuparle la pinga a alguien para lograr mis metas. La gente que triunfa es la que chupa las pingas adecuadas. Qué asco con este país.

Un detalle importante, si hay algo que cae sobre mis hombros cual roca inconmensurable, es que sé que nunca seré famoso, lo sé y para un narcisista saber eso es igual a saberse con sida, ¿me dejo entender? Sé que no lograré fama porque el circo que es el arte en Perú es un circo de asentamiento humano, donde los artistas son gente improvisada-chupa-pinga-correcta, que así como salen en la tele también pudieran estar vendiendo golosinas en los carros.

Voy llegando a Miraflores, el cariz cambia un poquito. Se me antojan unas chelas, un roncito con los amigos, un vodkita con mis carnales, pero, ¡coño!, sí pues, no puedo chupar hasta tiempo indefinido porque otra vez me estoy drogando con antidepresivos que me hacen mierda por dentro y que me dopan y me hacen soñar, cada noche, que es el fin del mundo. Maldito psiquiatra, en el fondo sé que me mientes, en el fondo sé que lo mío no tiene cura.

Camino como un zombie con pasos errantes, perdido entre la multitud, triste porque mis esperanzas ya han languidecido, triste porque ni la música ni la literatura pudieron salvarme, triste porque no quiero ver a nadie ni hablar con nadie, y menos con mi familia que no tienen idea de en qué estoy. Y de repente, ¡chucha, las once, hora de tomar el Clonazepam!

viernes, 11 de junio de 2010

No robarás.

En una tarde cualquiera, Valeria y yo estamos en un opulento restorán de Miraflores. Nos estamos bajando una fuente alucinante de cebiche y arroz con mariscos. Qué chucha que estén caros los platillos del menú, nosotros estamos con plata porque nos venimos de vender un trofeo de bronce que birlé de la casa de mi madre, y que lo vendimos por ahí en un puesto de baratijas, donde nos pagaron un buen billete por el trofeo, casi doscientos dólares.

Valeria y yo arrasamos con la pantagruélica merienda, y luego de pagar la cuenta y dejar propina al mozo tan afable que nos atendió, salimos del restorán y nos disponemos a vagar por el parque Kennedy (o como le gusta decir a Valeria, nos ponemos a remolonear.)

Minutos más tarde, a pesar del frio abrumador que nos apabulla, se me antoja endiabladamente una gaseosa bien helada. Es así que caminamos preguntando en los quioscos diseminados por el Kennedy a ver si venden gaseosa heladita. Buscamos y buscamos pero nada, nadie vende, y es que “con tanto friote nadies vende gaseosa helada ya, joven”, como me dijo uno de los comerciantes.

Irritado, no me resigno a comprar una gaseosa tibiona, no señor, “tengo plata en el bolsillo, no pocos dólares, joder, pago lo que sea por una gaseosa helada.” Así que, al verme obstinado (y es que para las veleidades soy único), Valeria me dice para latear a Wong, “porque allí de hecho venden gaseosas heladas, Marco”, añade. Yo celebro su idea y caminamos con entusiasmo al supermercado.

Una vez dentro, corro a elegir una gaseosa del congelador, me saco una cocacolita helada y luego avanzo hasta la fila de cajas. Allí me doy cuenta de que las colas para pagar están hacinadas de gente, gente que lleva mil cosas, mil productos, carritos llenos que me hacen presagiar que demoraré media hora antes de poder libar mi bebida. Detesto la situación. Me dan ganas de abrir la gaseosa e ir tomando mientras avanza la cola, pero luego declino, mucha cosa. Dejo a Valeria en la cola con la gaseosa y yo me voy a buscar una caja menos hacinada.

Recorro el jodido establecimiento pero nada, todo igual, todo lleno. Regreso al lado de Valeria y veo que ella (más decidida que yo), abrió la gaseosa y tomó un par de sorbos. La miro, me río, y luego le pido la botella y, a la mierda, me arranco a bajarme la gaseosa. En cuestión de segundos dejo seca la botella y luego Valeria, pizpireta, me quita el embase vacío y lo deja por ahí, tirado en un estante. Yo la encomio y celebro la palomillada, y me cago de risa y la tomo del brazo y le digo “vámonos nomás, la culpa la tiene Wong por tener cajeras tan lentas.”

Valeria y yo zafamos del supermercado, y yo incluso, antes de salir, hago una venia militar y me cago de la risa. Y así estamos, zafando harto conchudos y harto ganadores, cuando de pronto: “!Hey, hey, choches, alto allí!” Valeria y yo nos miramos y yo pienso “la cagada, nos descubrieron.” Volteo para ver quién nos llama y atisbo a dos morenos (uno chato y uno alto), con radios en las manos y pinta de pocos amigos. Ellos nos abordan y nos impiden el paso.

“Me muestras tu tiquez de compra, choches”, me dice uno. “El recibo de la gaseosita que han consumido”, replica el otro. “¿Recibo?, ¿gaseosa?, ¿de qué rayos me está hablando?”, digo, con el mayor cinismo que soy capaz. “No te hagas el tercio, pues, flaco, te hemos visto tomar una gaseosa e irte sin pagar”, dice el más chato. “¿qué gaseosa, oye, de qué me estás hablando?”, continua mi falacia. Estamos discutiendo en plena vía pública, no pocos transeúntes se han detenido a ver qué pasa, por qué tanto escándalo; Valeria me mira atónita, paralizada, medrosa. Yo, entre tanto, no estoy dispuesto a quedar como un ladrón, eso nunca.

Los vigilantes continúan insistiéndome que pague, que los acompañe de vuelta al supermercado y que cancele la gaseosa. Yo insisto en que no sé de qué me hablan y los ametrallo con un poco de floro circunspecto. Uno de los vigilantes me dice: “ya, pues, choches, tu creo que eres extranjero, ¿no?, paga, pues, tú debes tener plata.” Y yo le digo que no pagaré algo que no he consumido, pensando en el fondo que siempre es un halago que te digan extranjero siendo peruano.

La cosa se pone fea, hay un mar de gente rodeándonos y ganándose con el roche, y hay tanta gente que yo creo que ahora si las colas para pagar deben estar vacías, porque todos están acá sapeando y haciéndome sentir como un cómico ambulante en plena plaza Grau. El vigilante más alto me dice que si no pago me va a detener. Yo me río en su cara y le digo que ni en sus sueños podría hacerlo. Luego él saca una insignia de no sé qué y me dice: “oficial Esneider Huamán, oficial PNP.” Y yo le digo “bájame el tono, oye, ganapán.”

Luego los espectadores empiezan a gritar arengas, algunos de mi parte, algunos de parte de los oficiales, seguramente sin entender lo que pasa, sin tener noción del problema, pero bueno, con algo hay que distraerse, ¿no? Entonces yo decido ponerle fin al espectáculo y les aviento un par de soles a los sufridos vigilantes de Wong, y, envalentonado, les grito que los voy a demandar, que se acordarán de mí, que mi papá es juez en no sé dónde, y cojudeces por el estilo que siempre amilanan a la lumpen. La gente comenta musitando mis falsas amenazas.

Sujeto de la mano a Valeria, a Valeria que, sí, allí estaba viendo todo y guardando hermético silencio e incapaz de defenderme y con cara de ay, la cague por azuzar a Marco a tomar la gaseosa, ups. Entonces la agarro y zafamos altivos, dejando atrás un carnaval de la gran puta, mientras yo voy pensando que lo peor es que aún tengo sed… ¿por acá una bodega?

viernes, 21 de mayo de 2010

Alguna vez...

Ramiro extiende los brazos, como estirándose, aún recostado sobre la cama destendida de su habitación. Primero inhala un poco de aire evanescente y luego se las arregla para poner play en el equipo de música y arrancar a escuchar, una vez más, el cd de un grupo que le presentaron hace poco y que le encantó, 311.

Ramiro cierra los ojos y se ve caminando, andando por ahí, bigardeando nada más. Se ve feliz, se nota alegre, entusiasmado.

Pronto va reconociendo algunos lugares que él ha hecho suyos. Primero el parque donde suele jugar algunos partidos de fútbol con sus amigos del barrio, ese parque cómplice y añejo que tantas alegrías le ha procurado, porque Ramiro sabe meter sus buenos goles, e intuye que, a sus dieciséis años, aún puede llegar a ser jugador profesional, por qué no.

Ve en su devaneo a sus amigos del barrio, a los chicos que siempre lo acompañan y lo secundan y lo ven como un líder a pesar de que Ramiro no es precisamente un guerrillero digno de encomio. Él atribuye su rango a que es el único del grupo que ha ingresado ya a la universidad, y a que siempre se está haciendo el rebelde y el mundano, y a que es muy capaz para narrar acontecimientos alucinados, y gracias a ello convenció a todos de que ya tenía enamorada y que ya había tirado en más de una ocasión.

Se sabe hacer respetar Ramiro, sabe qué decir para ganarse el encomio popular.

Pero Ramiro aún es muy joven e iluso como para erigirse como un hombre taimado y ladino. Aún está descubriendo cosas y probando cosas, y tratando de convencerse de que el mundo es color de rosa, rosa, como su amor ciego y entregado por Amanda, la chica que le presentó a 311.

Ramiro recuerda que Amanda lo tiene loco, lo tiene perdidamente enamorado, pues ella es una chica linda, es una chica que cumple a la perfección las demandas de cualquier hombre en la tierra, y recuerda que él quiere casarse con ella y vivir juntos y tener hijos incluso. Entonces Ramiro, echado en su cama, recuerda a Amanda pero no se hace una paja o la alucina rico a la rica de Amanda, no señor, él la recuerda y musita socarrón “me gustas, Amanda, me gustas mucho. Amanda, ¿quieres ser mi enamorada?, ¿te gustaría estar conmigo?

Termina una canción y empieza a sonar una nueva. Ese sobresalto hace que Ramiro pierda el hilo y se ponga a pensar en otra cosa.

“Esa canción me gusta”, piensa Ramiro, “me encanta esa guitarra, me gustaría aprender a tocar guitarra algún día.”. La canción continúa, Ramiro sigue la letra, la canta con una pasión escondida; no tarda en notar que va desentonado, que su voz ronca y cero meliflua están menoscabando la refulgente canción. “odio no tener buena voz, detesto no servir para cantar.” Ramiro recordó apenado las palabras de su profesora de música en el colegio, cuando él postuló al coro y ella, tajante, lo rechazó a las palabras de: “no sirve para el canto, alumno.”

Ramiro ve una foto inmensa de Angelo Kriss, su cantante favorito, pegada en la pared frente a él. Ve a su ídolo y lo escudriña cavilando en que Angelo Kriss es un fumón mal, un drogadicto empedernido, y a pesar de eso (o por ello mismo) él es súper famoso y súper buen cantante y súper bueno con las chicas y súper buen líder de su banda. Entonces Ramiro se agarra la cabellera y lamenta haber arrugado cuando, días atrás, uno de sus compañeros de la universidad le ofreció droga. “la próxima avanzo con todo”, se promete.

Cuando el cd de 311 está a punto de culminar, la noche se hace más profunda y el cielo luce diáfano y estragado. Ramiro entiende que es tarde, se recuerda que mañana es su cumpleaños número diecisiete. Recuerda también que, como todos los años, su padre y su madre y su hermana irrumpirán en su habitación, temprano en la mañana, para cantarle el cumpleaños feliz, actividad que Ramiro ve con ojos desdeñosos, pues ya no es más un niño, y “eso es cosa de niños, son tonterías.”

El cd se termina, Ramiro apaga el equipo de música y luego se acuesta y se arrellana en la cama. Ramiro cierra los ojos recordando a sus amigos, esperando nunca separarse de ellos; recordando a Amanda, entusiasmándose con el deseo de volverla a ver, volverle a hablar, de decirle te quiero; recordando a Angelo Kriss y pretendiendo emularlo, parecerse a él; recordando que mañana es su cumpleaños y sonriendo en silencio, porque no se imagina un cumpleaños sin su familia cantándole temprano por la mañana.



Felice giorno!!!!

sábado, 10 de abril de 2010

Trovador de recamara.

Carla me llama al celular y me pregunta si estoy disponible para hacer algo. En un principio, la idea de verla me entusiasma demasiado, me emociona. De inmediato le digo que sí, que venga a buscarme para hacer lo que ella quiera –o lo que ella me deje hacerle. Ella me dice que vendrá a verme y, en efecto, a la tarde llega a casa y me sorprende con una botella de ron en la mano. “Para amenizar”, me dice.

El ron que trae Carla es de una marca considerablemente cara, sin embargo, poco me interesa que el suyo sea un trago caro, yo hace tiempo que le agarré alergia al ron: me da asco, me pone pensativo, me da resaca. Sin embargo, no le digo nada a Carla y finjo que disfruto cada vaso de ron con coca-cola que me sirve con hielo y cada cinco minutos.

El ambiente se va poniendo medio cagón: el ron me sabe horrible, siento que me empieza a doler la cabeza y que la libido se me está evaporando, y, además, Carla ha empezado a hablar como una lora, contándome cosas de su carrera y sus clases y sus compañeros y los cursos que está llevando en una casona mal pintada a la que alegremente llama universidad.

Como es predecible, el trago y la plática de Carla me bloquean y me embriagan y me dejan como un reverendo idiota, así, alunado, viendo a la nada. Luego mi acompañante deja de hablar y le sube el volumen al equipo de música y se arranca a bailar y a corear a Tego Calderón, mientras trata de besarme porque ya está borracha, y mientras me azuza a manosearla y desearla, y mientras yo pienso “oye, déjame en paz un toque, que el ron insípido y tu actitud fatua ya me llegaron al pincho”.

Me siento ofuscado, deprimido, ansioso, colérico, melancólico, pensativo, alunado, y todo lo resumo con una mirada perdida y con una postura silente. De pronto atisbo mi guitarra, que está a unos pasos nada más; la veo y siento ganas de tocar, siento ganas de cantar algo, lo que sea, de liberarme con ayuda de la música. Entonces le digo a Carla si quiere que le toque algo. Ella asiente y acepta entusiasmada, o fingiendo entusiasmo, y yo me arranco a tocar algunas de mis menos malas canciones.

Carla me escucha con creciente histrionismo y finge que le gustan mis canciones –ya saben que cuando uno chupa puede ser más hipócrita de lo esperado-, y luego me mete un agarre después de que yo le miento diciendo “esta canción la escribí para ti”, y mientras pienso ¡si las musas inspiradoras cobraran derechos de autor, mi deuda sería inenarrable!

Tras una retahíla importante de temas varios que le toqué a Carla, noto en ella un rictus inescrutable, un mohín algo exhausto, una mueca de “oye, ya cánsate, pues”, y notar eso me enfada y me frustra y me llega profundamente al pincho porque yo estoy tocando lo mejor que puedo y recitando mis letras lo más prolijo que soy capaz. Así que “te la comes”, pienso, y sigo tocando sin importarme sus gestos de chica coquera.

Me arranco a tocar una canción más, la cual tiene un coro que escribe la palabra “olvidar”, y eso fue el detonante de la noche, la oportunidad de Carla y mi declive como trovador de recamara. Carla se acerca a mí y, sin importarle que yo estoy desprevenido tocando mi cancioncita, arremete en mi contra propinándome una dolorosa bofetada, haciéndome, obviamente, dar un brinco y dejar de raspar las cuerdas.

¡¿Qué te pasa?!, le digo, ¡¿estás loca?!, añado. “Loco eres tú, por tocarme una canción del olvido, cuando yo estoy aquí, junto a ti”, alega ella. “¿Qué mierda hablas?, ¿qué tiene que ver la canción con nosotros?”, digo exaltado. “Eres de lo peor, un canalla, un hombre sin sentimientos”, dice ella, ebria, con marcado acento etílico. Y yo entiendo que todo ese espectáculo deplorable lo hace porque, en vez de tirármela, me puse a tocar guitarra y a cantar, y, claro, no encontró mejor manera de callarme que con su despecho.

Le digo a Carla que se largue y que se meta su botella de ron al culo. Ella me dice que soy una mierda, un cagón. Le digo que sí, que soy todo eso y más. Ella se va resentida, odiándome, prometiendo nunca más volver. Y yo regreso a seguir tocando mis canciones, cavilando y deseando encontrar a alguien diferente, alguien con sensibilidad, alguna chica más parecida a mí porque ya estoy harto de las chiquitas puteriles y pizpiretas y universitarias.
Algún día llegará. Lo sé. Una vez llegó y, en el peor acto de mi vida, la dejé ir.

jueves, 25 de marzo de 2010

Casí solo mía.

Alejado por mucho tiempo de los rigores de los horarios y las aulas, mi sensibilidad y predisposición a la vagancia se vieron interrumpidas por un impertinente sobresalto: de pronto, sentí una necesidad asfixiante por retomar clases, clases de lo que sea, sentía que quería estar en un salón lleno de gente más o menos tan desorientada como yo, y que buque más o menos lo mismo que yo, o sea, hacer vida social.

Qué mejor cosa para hacer vida social, que las livianas y remolonas aulas de algún instituto, de esos que abundan en nuestro alegórico régimen educativo, porque, déjenme decirles, uno se divierte igual viendo el chavo del ocho, que pasando cinco años en alguna pujante universidad o instituto. Así que no tenía mucho que pensar, me metí a una academia cagona por San Isidro.

Esta vez tuve la ocurrencia de estudiar italiano, Dios mío, yo y mis arranques. Cuando llega el primer día de clases veo que el salón es una ratonera infesta, llena de gente que balbucea el español pero que tiene todas las ganas de aprender italiano; y ya saben, están todas esas cosas que te hacen pensar: “el perú es el deshueve, la gente se pasa de pendeja”.

Cuando me siento un real idiota por haber gastado plata en dicho instituto del saber, cuando las clases me abruman de aburridas que son y dejo de asistir al curso y voy cuando quiero, o cuando no tengo nada mejor que hacer, o cuando quiero hacer hora dándomelas de ficho en un instituto de medio pelo, es en ese momento, en una clase más a la que fui por si las dudas, que la vi a ella, a Catalina, a la gran y linda Catalina.

Catalina es una chica suave, una chica mundana. Tiene el cabello largo, tan largo como me gusta, y castaño, tan castaño como me enloquece. Tiene la piel blanca, caray, si parece blancanieves. Tiene un cuerpo imperdible, una mirada perturbadora, una sonrisa que contagia, unos labios que te incitan, y tantas cosas que me gustan que casi la siento mía.

Obviamente, me arriesgué y le hablé a Catalina. Obviamente me acerqué a ella con una sonrisa ladina y la traté de envolver. Obviamente fui hacia ella con intenciones nada santas. Obviamente eso de pedirle libro fue una excusa baja y barata para hablarle. Obviamente fui una ladilla y le pedí celular y correo. Obviamente la llené de halagos como si solo viviese para ella. Obviamente ella me atrajo tanto que perdí la cabeza y empecé a ir a todas las clases de italiano habidas y por haber.

Catalina me gustó además, porque tenía mil cosas en común conmigo, como el gusto por la música de Jack Johnson, como La Vida es Bella por película favorita, como la alergia a la mediocridad plañidera, como los comentarios lascivos que van y vienen de vez en cuando, como el odio al pestífero humo del cigarro.

En poco tiempo ella y yo nos hicimos de confianza, de una confianza entrañable, urdidora, atípica.

Ese día, varios días después de habernos conocido, Catalina y yo estábamos sentados al fondo de la clase, ella estaba con un vestido rojo, con una vincha roja, con unas sandalias altas… ¡Por Dios, nunca vi algo tan comestible! Así que acelerado y excitado como estaba, mientras la profesora decía parole, ascolta, ragazzo… cosas así, y mientras uno pensaba: baja un poquito la voz que estoy afanando acá, ¿si? En ese momento, le susurré al oído a Catalina y le dije “¿quieres ir a mi casa terminando la clase?”

Ella sonrió pronta y me miró de soslayo y me clavó una mirada larga e inquisidora. Luego se acercó a mí y me dijo que le encantaría pero no puede. Naturalmente, le pregunté por qué, qué se lo impedía. Y ella me contó que a la tarde iba a verse con Mariana. “¿Quién es Mariana?”, le pregunté, como diciendo ¿qué meritos ha hecho ella para que prevalezca sobre mí? Y Catalina me dijo “Mariana es una amiga, una amiga especial”. “¿Especial en qué sentido?”, pregunté raudo. Y ella: Tú sabes, amigas especiales, amigas con privilegios. Y yo pensé ¡wooow!, ¡take it slow!, ¡qué rico!, ¡lo máximo de solo imaginar!, y luego le pregunté: ¿eres o no eres? Y ella me dice “soy lo que soy, me gustan las chicas, y también los chicos”.

Quedé perplejo, atónico, ya me entienden, ¡crispado! Cuando la clase finalizó, la gente se empezó a retirar y se formó un barullo del carajo y yo permanecía en mi asiento, cavilando, pensando mil cosas (mil cosas que incluían a Catalina). Y Catalina se puso de pie y ¡muak!, me metió un chape hermoso y me dijo que la invitación a mi casa quedaba pendiente, que tenía que irse, que algún día debería conocer a su amiga Mariana, que me caería chévere. Y yo sonreí y deje ir a Catalina, pensando que, a veces, la vida puede ser irresistiblemente prometedora.

lunes, 15 de marzo de 2010

Tú lo eres todo.

Doy un paso más sobre la autopista angustiosa, sobre el asfalto desolado, sobre esta madrugada incipiente. Miro en derredor y un vacio me angustia, y un vacio me conmueve. Cada paso es más profundo, más significativo, cada paso me aleja de ti y es por eso que cada uno es más intenso que el anterior, porque magnifica tu recuerdo, porque me hace recordar lo maravillosa que eres.

Tus calles, que voy dejando atrás, lucen vacías, no hay autos, no hay personas, no hay vida. Es tarde, lo sé, me lo dijiste antes de partir, por eso tuviste la generosidad de darme dinero para un taxi. ¿Otra prueba de amor?, ¿otra prueba de cariño?, no sé, dímelo tú, yo no tengo palabras para describirlo.

Sigo alejándome y las pinceladas de tu cariño se acentúan sobre el lienzo protervo que es mi alma egoísta; se acentúan y se enhiestan pronto, más y más, hasta impregnarme de tu candidez, dulzura y afecto, hasta erigir mi lienzo vacío en uno desbordante, en uno colorido, en uno que no puede ser el que yo logré por mis propios medios.

Tengo tu sonrisa rondando por mi memoria, tu sonrisa pueril, tu sonrisa que no es una sonrisa común, que es más bien un mohín único, un rictus sin igual que encanta, que me encanta, que te hace encantadora. Tengo esa sonrisa que aventuraste cuando nos despedimos, la que atrapé agazapado, cuidando que no me descubras, me la guardé cuando te inmortalicé con la mirada en un instante, en el instante preciso, cuando tú te reías.

Elevo la vista y atisbo nubes violáceas, cielos azules, rojos, púrpuras; creo estar viendo mi interior. En la mente trato de retrucar por tanta angustia, por tanto sin sabor, por tanta mierda que me conmina. Pero tú sabes, no eres tú, soy yo. Me detesto, me odio, me asqueo por equivaler decepciones, por significar incertidumbre, por sugerir acanallados sentimientos. Y luego la pregunta de siempre, ¿qué diablos hice para merecerte?

Trato de cerrar los ojos y no pensar en nada, estoy aturdido, camino a paso firme como un ciego que se guía por puro instinto y convicción. Cuando todo está oscuro es que algo melifluo me susurra, musita ante mí, es tu voz, la reconozco de inmediato. Me saludas, me pides un beso, te ríes conmigo. Luego me preguntas si te quiero. ¡Claro que te quiero!, te quiero de forma impensada, y sin embargo, no es lo suficiente, no es lo que merece alguien como tú, no lo es ni un poquito.

Un taxi dobla en la esquina y se acerca a mí apuntándome con las luces de sus faros. Lo siento, lo veo, me ciega la luz. A duras penas extiendo una mano y hago frenar al automóvil. Hablo un par de cosas con el conductor, negociamos un poco. Luego me encaramo en el carrito, cierro la puerta y me pego al cristal de la ventana. Veo tus calles pasar rápidamente ante mí y luego tú lo eres todo.