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domingo, 13 de julio de 2008

Sabados de gloria

Es sábado, está anocheciendo. Desperté tardísimo, leí con poco entusiasmo, no me provocó asistir al gimnasio. Me sentí desganado al ver que las horas pasaban y no tenía planes para la noche.
Reviso mis correos, no hay nada nuevo, veo el celular y no hay mensajes, siento una soledad abrumadora – la soledad no me molesta siempre y cuando yo la busque y no cuando me asalta sorpresivamente - . Intento tomar una siesta, ver algo en la televisión, pero nada logra mitigar el aciago día que estoy teniendo.
Me considero una persona itinerante, no me gusta permanecer en un lugar por demasiado tiempo y si es sábado menos aun. Pienso que el sábado es el día conspicuo de la semana creado para que la gente se entregue a la vida fatua. Por ello cuando llega ese sexto día crápula me veo incitado a maximizar mi lado bohemio y vivir al límite (ó sin límites).
La oscuridad se apoderó de las calles, se escucha bullicio en las mismas, sin embargo me asomo al balcón y no logro otear gente, todo está demasiado desierto, la idea de que soy el único abandonado al suplicio de un sábado infausto se apodera de mí.
Ahora estoy desesperado, pasan las once y sigo metido entre las cuatro paredes de mi habitación, iluminado por una tenue luz proveniente de una pequeña lámpara, estoy en silencio, entonces caen sobre mi los fantasmas de la melancolía, empiezo a rumiar eventos desafortunados, recuerdo viejos tiempos – que fueron buenos- de los que ya nada queda, entristezco, tengo que salir de aquí.
Salgo de mi casa, camino sin rumbo, quiero llegar a un lugar que no conozco, que no se si exista, quiero algo que me saque de este letargo. Paso por algunas casas donde hay gente reunida, se escucha música, risotadas, la están pasando bien pienso, los envidio.
Me siento infeliz - por alguna extraña razón, muy en el fondo de mí, a veces me gusta sentirme así: infeliz – he pensado en las cosas que hice mal, en las cosas que dejé de hacer por motivos que combatían el coraje, pensé en las personas que alguna vez me quisieron tanto y ahora no están a mi lado – Por que yo los alejé con acciones altivas, con mi carácter displicente- una ansiedad angustiosa recorre mi cuerpo, siento que con días como este es que mi juventud, los mejores años de mi vida, me abandonan, se van, y sin importar como me fue se escapan de mis manos, no perdonan.
Caminando veo a lo lejos unas cabinas de Internet al paso que atienden las veinticuatro horas, son pasadas las dos de la mañana, entro, me acomodo en uno de esos cubículos ingobernables y dejo que mi alma me dicte todo lo que quiere gritar estrepitosamente a las circunstancias que hoy anegaron mi vida de desconsuelo.