Llegar al décimo ciclo de universidad puede significar para muchos una gran nostalgia por verse próximos a abandonar las aulas, los amigos y a los entrañables profesores. Significa para muchos, realizar los preparativos para la fiesta de graduación, tomarse fotos con toda la gente posible –incluidos personal de limpieza y vendedores de los quioscos- y preparar discursos de despedida para los amigos. Para mí estar en décimo no significa gran cosa.En la universidad donde yo estudio, al llegar al último ciclo de la carrera de comunicaciones, ya no existen cursos ni exámenes, es decir, te olvidas de lengua 1, 2 y 3, seminario de investigación, antropología filosófica y demás fruslerías. Ya no tienes que estudiar para dar examen parcial ni final, suena bonito ¿no?, pero a cambio tienes que asistir todos los días vestido formalmente –terno o sastre- porque lo de ahora es un ejercicio, un ensayo, un simulacro de lo que harás cuando egreses.
Supuestamente tu comportamiento debe ser ahora el de un trabajador que asiste a su centro de labores, la universidad crea en uno de sus ambientes un cariz laboral, lleno de oficinas, donde los estudiantes se desenvuelven empleando todo lo aprendido en los años previos, distribuidos en grupos a los que llaman empresas.
Entonces, todo bonito, vas bien vestidito y peinadito –te conminan a cortarte el cabello si eres varón y lo llevas largo-, firmas tu entrada y tu salida, y te forman en equipos para trabajar. Es así que tus amigos se vuelven tus enemigos –porque ahora sus “empresas” compiten- y gente que nunca en tus 5 años de vida universitaria viste, se vuelven tu familia, porque los ves día y noche 5 días a la semana, por lo que finalmente terminan siendo tus enemigos también.
Nuestra querida universidad logra contagiar, rápidamente, a sus futuros egresados del espíritu empresarial, lo que implica sustituir los nombres por los apellidos a la hora de llamar a alguien, cambiar la gaseosa por un buen capuccino, llamar al break: Coffe break, emplear palabras técnicas y pensar, día y noche, cual robot, en el trabajo, el trabajo y el trabajo, claro que en el fondo los pobres alumnos saben poco o nada de cómo hacer el bendito trabajo.
Llegar al décimo de ciclo de universidad significa para mí una tortura del carajo –y un aburrimiento aún mayor- , mi carácter ufano y mi actitud bigarda quedan en pleno manifiesto y son ahora inocultables, por lo que solo me queda reír cínicamente y preguntar a cada rato: ¿Ya es coffe break?
