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viernes, 10 de octubre de 2008

Infieles innatos.

Durante un rato de buena vagancia, cuando dilapidaba mi tiempo viendo tele –y para colmo canales peruanos-, vi en un noticiero un informe estremecedor, alarmante y bastante reflexivo, donde hablaban de algo así como que ahora la infidelidad tiene causa y razón de ser.

Se trata de un gen descubierto por el Instituto Karolinska de Estocolmo al que llaman Alelo 334. Entre otras cosas la reportera del noticiero, que narraba feliz la noticia -parecía que había descubierto porque le sacaron la vuelta tantas veces-, dijo que los hombres que son portadores de este condenable gen son inevitablemente infieles por naturaleza y lo serán, quieran o no, toda la vida.

Lo curioso es que este dichoso gen sólo se aloja, vive, nace, crece, revolotea, azuza y solivianta a los hombres, entiéndase mejor: a los varones, por ello, aferrándonos a esta afirmación, la pregunta cae por su propio peso: ¿Y las mujeres entonces por qué son infieles?

Quizá todo es un cuento inventado por algún científico en apuros, sin embargo por ahí leí que acá en Perú ya se están haciendo despistajes del alelo 334 por algo más de 500 soles, para todos los caballeros que, animados por sus esposas o novias, se ven en la necesidad de descartar que posean dicho gen, ¡cuidado!

Entonces ahora resulta que ser infiel tiene un soporte científico y que, no es que uno sea un veleidoso endemoniado o un lascivo que pretende entrar donde lo dejen, ¡no!, la culpa de todo la tiene ese gen que te fue inoculado de manera hereditaria. Es una excusa un poco tonta y algo jalada de los pelos, pero, ante una emergencia y para evitar un poco creible: yo no fui, fue alguien que se parecía a mí, puede resultar valida, nunca digas nunca.

martes, 2 de septiembre de 2008

El amor de mis tiempos.

¿Cómo sé cuando estoy enamorado?, ¿a quién le tengo que decique estoy enamorado?, ¿Qué le debo decir a esa persona por la cual he perdido la cabeza?, como estas más, demasiadas, preguntas. Encuentro en el amor toda una ciencia ante la cual me declaran un ignaro, ¿o quizá mi error es ser una persona sin corazón?
No son pocas las veces que han llegado a mis oídos diversos conceptos sobre el amor. Teorías aparentemente diversas sobre cómo ser un buen amante y cómo tratar al que te ama. Afirmaciones varias sobre las diferencias –abismales- entre la forma de amar de un hombre y la de una mujer. Es decir, he escuchado todos los parámetros sentimentales que están escritos desde siempre y que son inviolables, solo que cada quien los cuenta con sus propias palabras.
Nunca faltan –a mí no me han faltado- indicaciones, tips, consejos hasta de un conejo, sobre el amor, sobre cómo debe ser mi desenvolvimiento frente al ser amado: regalos, detalles, besos cariñosos, abrazos interminables, paseos por el parque del amor (con fotito incluida frente al monumento del beso de los enamorados), asistencia a lugares de moda y todo me parece una estupidez –y una gastadera de plata terrible-.
No comparto la vehemencia, de tanta gente que conozco, por dedicar su vida a ese “amor” en el que se encuentran inmersos y que se desarrolla entre risas y llantos de la manera más melodramática –y ante mí: comiquísima-, con flores y cartitas sin sentido, con apodos como: osito o princesita, con esos sonsonetes odiosos al teléfono para decir fruslerías, o con peleas porque saliste otra vez con tus amigos: ¿eso es estar enamorado?
No acompaño a los enamorados incansables, yo creo que el amor es libre, que no es necesario repetir una y otra vez “te quiero”, “te amo”, “sin ti, me muero”, para hacer entender a alguien que en realidad sientes todo eso. Por ello hoy dejo de sonreírle bobamente a cupido y me declaro enemigo de los corazoncitos rojos que pululan como nubes en el cielo de los tortolitos para decir que soy peruano y me gusta escribir, no soy un actor mexicano capaz de desarrollar escenas romantiquísimas, dar largos besos delante de una multitud que se muestra enternecida por ese plausible ardid, de llegar a caballo a la casa de mi amada y entonar una serenata secundado por gorditos con bigote y guitarras a cuestas, en pocas palabras, hoy disuado de tener una vida de telenovela.
Los vaticinios protervos y los malos augurios departe de los enamorados mas encarnizados hacia mi falta de espíritu romántico –y mi corto historial como mexicano tierno- han desembocado, unánimemente, en mi inevitable fracaso sentimental. Sin cobrarme un centavo y leerme las palmas de las manos o echarme las cartas para indagar en mi futuro, los ositos enamorados y las princesas sentimentales, me advierten que he de morir solo si sigo como sigo, que nadie querrá estar a mi lado por ser tan insensible: ¿Qué te cuesta regalar una cajita de bombones, una rosita de rosatel?, ¿Acaso no te quieres casar?, ¿No quieres entrar a una iglesia majestuosa , ver a tu novia de blanco, intercambiar anillos de oro, besarse delante de todos los invitados mientras ellos aplauden con lágrimas en los ojos?, ¿no quieres?. No gracias.
Después de todo esto, ¿seré una persona sin corazón? No lo creo, así como no creo en el matrimonio y mucho menos en los romances de telenovela a los que aspiran protagonizar –o ya protagonizan- tantas parejas por ahí.