Es la pregunta que me hago, a veces, cuando mis propios conatos-antítesis -del amor imperante ubicuo , anegados de dureza y altivez, decaen, flaquean, me abandonan; entonces, es ahí cuando yo ya no me creo mis propias teorías, mis propias filosofías de vida, mis propias intenciones reales, quedando así inmerso en la más profunda y confusa soledad.La vida, el destino, el azar, aún no sé que me azuzó a pensar como pienso, a creer como creo, a querer como quiero –de una forma demasiado egoísta-, a dictaminar, de manera perentoria, que yo no estoy capacitado para adentrarme en un idilio abnegado-desprendido-respetuoso-duradero, y no morir en el intento.
Es que no creo en las formalidades, en querer bajo presión, en las conminaciones amatorias, en las restricciones sociales, en estar atado a alguien. Aunque, para ser sincero, admiro –y, por qué no, dejémonos de hipocresías, también envidio- a esas parejas con las que me topo a veces, que, con todo y sus reyertas y escaramuzas, se ven bien, contentos, felices. ¿Raro no?
Lo sé, soy consciente y lo acepto, estoy condenado a esa hermosa y tremebunda posteridad: a ser libre y autónomo, a ser intemperante como soy y no sentirme mal por ello, a no estar atado a nadie, a hacer lo que me dé la gana y no negociar mis actos; pero, a la vez, a sufrir la soledad conspicua, esa que te causa la ausencia de un amor verdadero.
