lunes, 25 de junio de 2012
Equivocada
viernes, 11 de mayo de 2012
El Loco Barrios.
lunes, 23 de abril de 2012
No Debes Extrañarme

Llegué a la academia y antes de entrar al salón peiné un poco mi cabello, el cual cada vez estaba más largo, cada vez me tapaba más los ojos, y siempre tenía que estar peinándolo hacia un lado, y entonces entré en cuenta de que Melanie tenía razón, en verdad parecía un Beatle.
martes, 28 de febrero de 2012
Si supieras lo que crees

Ella se quejó conmigo porque nunca la invité a alguna de mis presentaciones, en los antrillos en los que suelo pararme a crear la ilusión de que canto, acompañado siempre por dos o tres pillarajos como yo, que también crean la ilusión de ser músicos distinguidos y disforzados. En fin. Ella se quejó porque no tuve nunca la delicadeza de invitarla a uno de esos jueguillos llamados shows.
jueves, 2 de febrero de 2012
miércoles, 11 de enero de 2012
No culpes a la playa
Solo en el mar, en el océano. Varado en pleno manto de cristales viendo el sol, el poderoso sol, calentándome la piel y coloreando mis hombros de un rojo ardiente, cual cangrejo, como los cangrejos que maté por diversión y desestrés en los peñascos de Asia.Pero voy algo más atrás, al menguante diciembre que me arañaba los sesos con la idea de que se venía el nuevo año y yo ni enterado, bah, mejor dicho, sin ningún plan a la vista, con propuestas terribles alrededor, con la displicencia de los tres o cuatro amigos que poseo por querer pasar un año nuevo tranqui, sin excesos, sin chicas lindas y dispuestas a todo al lado… y yo pensando que, después de todo, no era tan mala la idea de pasar el año nuevo escribiendo con una pizza al lado.
Recuerdo aquél peñasco inmerso en el océano, desafiante, amenazante, ostentoso, y sonrío recordando como lo trepé la primera vez, sintiendo el dolor de las rocas filudas entre mis pies, los erizos endiablados, mis manos sobre las rocas, y luego, al final, desde lo alto, la laguna brava que se extendía metros hacia abajo, intimidando mi corazón por la incertidumbre de la feroz naturaleza, chocando contra las rocas y a la vez recordándome su profundidad y, obvio, mi ineptitud para el nado…
A veces me aparecía por la concurrida piscina. Después de andar en el mar, la piscina era aburrida, sin embargo, era menester relajarse en una tumbona y disfrutar de la explícita sensualidad que se desbordaba por el lugar. Era magnifico tener miles de sueños con cada una de las siluetas a mi alrededor y luego correr a las aguas de la piscina y reírme como un “loco” de todo y de lo azul de mi entorno…
Antes de que caiga la tarde, como haciendo hora para el sunset, me perdía en un extremo de la playa hasta llegar a un malecón inmenso y tenebroso. Aquella edificación debe ser la más extraña y de cuidado que haya visto. Al caminar por aquella pasarela de concreto, el mar se veía muy a lo lejos allá abajo, y yo andaba por ahí, hasta el final, y luego me echaba sobre el asfalto y le arrojaba piedras a los cangrejos grandes y gordos que se paseaban por ahí. Primero por diversión, luego por inquina. Aventaba rocas descomunales a los cangrejos y me encantaba verlos atontados por mi amenazante poder…
Fue un lindo tiempo arrellanado en la arena, solo, bajo una sombrilla blanca, como las casas, como todo; y escuchar música y pensar en la nada que termina siendo mi todo. Recordar a ese grupo de féminas que me preguntaron si les podía tomar una foto en la playa, y a las que les terminé tomando mil y cobrando favores por mi chapucero trabajo. Escuchar a Florence por los audífonos, viendo el manto de diamantes, y sus olas, y la arena.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Amistades peligrosas.
Caminando alunado en la madrugada incipiente. Avancé lejos, hasta el apartado paradero de autobuses de San Isidro, para verte, para responder con mi presencia a tu llamado. Tú sabías que iría, después todo, sabes lo fácil que soy, sobre todo para ti.
Esperé no más de quince minutos, luego pasó la cochambra esa, inmensa y faro-fundida. Me subí, mejor dicho, me trepé, y fue lindo: no había casi nadie, tres o cuatro pasajeros nada más, adormitados y bajo las luces blancas del colectivo; me senté al fondo, pegado a la ventana (como sabes que me gusta) y me sentí tan, cómo decirlo, como en una escena de los noventas, como en un film lumpen y noventero (como sabes que me gusta).
Algo de música me acompañó. Algunos sonidos improbables que reconfortaban al señor chofer y que a mí, por el contrario, me azuzaban la indigesta vista a la gente fea en las calles, a las casas sin gracia, a la melancolía de la ciudad que dormía o trataba de dormir. Así que yo, de pronto indiferente al tercer mundo, de pronto divertido, me tapaba los oídos y trataba de imaginar mi lengua dibujando los contornos de tu cuerpo.
Llegué a tu barrio y “¡bajo, profe, bajo!”, le dije a la carrera al chofer, le aventé unas monedas y me lancé del vehículo apurado por verte, por tocarte, por olerte, por reconocerte de la manera en que a ti y mi nos hacía tanto bien.
La luna seguía intacta, redonda y refulgente; la cosa más bella del cielo, la hermosura del firmamento. Ninguna estrella podría hacerle competencia. Era tan rotunda su belleza, como rotundo era el hecho de que ambos debíamos estar juntos, como dos media luna que se abrazan y hacen una luna llena, que sólo tienen sentido juntas, pues al lado de cualquier estrella, por más bonita que sea, nunca podrá brillar más feliz que desdichadamente.
Tu calle me sembró dudas. Tu calle hizo que mi vehemencia se tome un break y me detenga a pensar en tu vida llena de momentos sin mí. También, desde luego, me hizo pensar en la mía, y en los momentos en que tú ya no estabas. Por eso, respiré una bocanada de aire con olor a mar y, cual droga, como si estuviese aspirando algo de coca, algo de coquirri, me sacudí y tiré hacia atrás los pensamientos del mundo, para solo darle cabida a los del espíritu.
Toqué tu timbre, pensando que me moría por tocarte a ti. Sonó y sonó y mi corazón también lo hizo, agitado, como un redoble protervo de batería. Y luego, antes de que contestases, traté de hallar en mis recuerdos tu voz, y acariciarla y sentirla, para avivar en mí la flama que me consumía de la ansiedad y de la angustia.
De pronto se abrió la puerta, y tú sólo me dijiste “pasa”. Y no lo digo como algo que me decepcionó, sino más bien como algo lindo, algo prudente de tu parte. Porque, seguramente, también pensabas lo mismo que yo, y me necesitabas completo a tu lado, como yo a ti, y por eso evitaste cosas anodinas por el intercomunicador y apresuraste todo para vernos alma con alma.
Te amé. Otra vez te sentí igual a mí, otra vez te sentí tan distinta al resto del mundo, y a sus cosas, y a sus prejuicios, y por todas esas razones te adoré en silencio mientras me pasaba las manos por la cabellera, peinándome, adecentándome para ti… qué va, peinándome para que seas tú la que me despeine. Luego entré, levanté la mirada y todo el fuego de tu infierno se apoderó de mí.


