Aveces, en mis momentos más desdichados, más pesimistas, cuando los fantasmas más protervos me sujetan y aprisionan, y la vida se eclipsa malamente recordándome, angustiosa, que mi existencia es desdichada, sólo hay algo, tan magnánimo y suntuoso, que puede hacerle frente a tan infausto cariz y alzarse finalmente con la victoria, la victoria de darle paz –y amor- a mi vida.Lejos o cerca, eso no importa, nunca me fue necesario verte para saber que me miras, tenerte cerca para saber que estás conmigo, abrazarte para saber que jamas dudarías en darme tu calor.
Empero, no sé que me haría sin ti, sin tu risa iluminada, sin tus ojos tan comprensivos, sin tu voz tan afable, sin tus palabras y tu alma –las únicas capaces de ayudarme a entender la vida -.
Jugué a ser muchas cosas: intemperante, sibilino, crápula, remolón, cosillas algo abyectas, qué va: fui un miserable; sin embargo, aún conociendo mis peores arrebatos, no te fuiste, no me dejaste, no dejaste que termine de caer.
Aciagas circunstancias nos acompañaron, tú lo sabes.
Nunca me diste la espalda, lo sé y lo recordaré incansablemente.
Déjame entonces permitirme esta insignificancia, esta infinitesimal retribución por todo tu cariño, por todo ese afecto suí géneris que tienes para dar y que, yo sé, no conoce de escisiones.
Recuerda que yo siempre estaré presto para que seamos, una y otra vez, esos cómplices itinerantes, burlones y llenos de remoquetes, que ya tienen en su haber tantas aventuras, incapaces de colapsar en el tiempo.
Ahora sólo me queda recordarte que te quiero.
